Deporte, Desaparecidos y Dictadura auspiciado por el Instituto Espacio para la Memoria (IEM)

“Vi Argentina-Perú con Astiz al lado”

 re-edición del libro Deporte, Desaparecidos y Dictadura auspiciado por el Instituto Espacio para la Memoria (IEM)

 Por Gustavo Veiga

La frase resuena en la ex ESMA 34 años después. Miriam Lewin la dice con naturalidad, aunque hoy parezca asombroso. “Recuerdo haber visto el partido de Argentina-Perú con Astiz al lado.” Esa experiencia (el 6-0 televisado) compartida entre un torturador y un detenido en un centro clandestino como el de la Marina nos remite al Mundial ‘78. La periodista –por entonces una joven de 20 años que militaba en la JUP– había sido secuestrada el 17 de mayo de 1977. Aquella experiencia la acaba de contar en el auditorio Mabel Gutiérrez del edificio Cuatro Columnas, un sector de la ex ESMA donde se presentó la reedición del libro Deporte, Desaparecidos y Dictadura auspiciado por el Instituto Espacio para la Memoria (IEM). Los asistentes la escuchaban con atención. Hasta que llegó a la frase que da título a esta nota, una frase que Lewin coloca en contexto y de la que ahora Página/12 da cuenta en sus tramos más salientes. Su exposición es una invalorable clase práctica sobre cómo la política y el deporte son engranajes de una sola pieza, un hecho que la última dictadura cívico-militar ratificó con crudeza.

– “Por vivir el Mundial entre estas cuatro paredes de la ESMA, en el Casino de Oficiales, me quedó tan claro que el Mundial fue la más descomunal y genial campaña de propaganda del gobierno militar y la única exitosa, porque la otra fue la de Malvinas. Si ustedes comparan lo que fueron estas dos campañas, lo que sostenían, eran dos sentimientos muy arraigados en la población: por un lado, la pasión del fútbol y, por el otro, el sentimiento legítimo por una porción del territorio que desde chicos nos han venido diciendo que nos pertenece. Que es un enclave colonial en el Hemisferio Sur.”

– “Yo creo que los militares de la ESMA tenían muy en claro esto, que prácticamente nos imponían ver los partidos por televisión. Recuerdo haber visto el de Argentina-Perú con Astiz al lado. Astiz no era un tipo especialmente futbolero, porque tenía unas características bastante elitistas y, sin embargo, se manifestaba apasionado. Y todo el resto de ellos eufóricos. Cada victoria de la Argentina a partir de que nos acercábamos a la final, nosotros la vivíamos mirando por las ventanas desde las habitaciones que dan a Libertador, una de ellas de las embarazadas. Veíamos cómo el pueblo salía a festejar, tocando bocinas, embanderando los autos, gritando, abrazándose, embanderando los edificios, tirando papelitos.”

– “Cuando se jugaban partidos acá en River, depende de cómo viniera el viento, nosotros escuchábamos cuando se gritaban los goles. Esto se mezclaba con lo que pasaba acá adentro, porque acá adentro hubo un parate por la presencia de la prensa extranjera.”

– “Yo no lo recuerdo del todo bien, pero sí Ricardo Coquet, a quien llamamos Serafo, se acuerda de haber visto a un compañero acribillado tirado en el pasillo del sótano de la ESMA en ese momento. Y él dice que soñó en esos días que tenía puesta la camiseta de River, pero que la franja roja de la camiseta estaba hecha con una ráfaga de ametralladora y toda sangrada, una pesadilla tremenda.”

– “Para nosotros fue una tortura refinada y adicional que nos sacaran a festejar en autos con el pueblo por Avenida del Libertador porque los argentinos éramos derechos y humanos. Ellos le habían pagado a una empresa norteamericana, Burson and Masteller, para que mejorara la deteriorada imagen argentina en el exterior. Decían que era la campaña anti argentina  que eran todas mentiras y de una manera muy perversa nos llevaban a mezclarnos con el pueblo que unido demostraba que los argentinos éramos derechos y humanos.”

– “… Los desaparecidos esclavizados y torturados, en los autos donde ellos nos llevaban armados, por supuesto –no sea cosa que algunos de nosotros se fuera a escapar–, teníamos que mostrar la misma alegría y la misma satisfacción porque la Argentina había conseguido la Copa del Mundo. Tan era así que abrieron los techos de los autos y algunos de nosotros, no recuerdo quiénes, sacamos la cabeza, yo creo que no, y nos dejamos arrastrar por esa euforia.”

– “La gente lloraba, se trepaba a los autos, caminaba envuelta en banderas. Y ellos estaban sumamente satisfechos. Porque además de que ganaron la Copa, robaron durante su organización –como lo demostró la investigación del EAM 78– y obtuvieron un poco fraudulentamente la Copa, porque ese partido con Perú no queda muy claro cómo se ganó. Yo creo que ellos pensaron que iban a gobernar por siempre y de hecho nosotros en ese momento estábamos convencidos de que la dictadura iba a durar 40 años más. Porque veíamos a la gente tan enceguecida, tan borracha de victoria.”

– “Nos llevaron a una pizzería en la calle Maipú. La gente no paraba de saltar arriba de las sillas, de subirse a las mesas, de abrazarse y de tocar bocina. La euforia era tan enceguecedora, que nadie percibía que nosotros estábamos ahí, que estábamos pálidos, que temblábamos, que llevábamos la marca de la desaparición en la frente, nadie se daba cuenta de lo que nos estaba pasando. Y nosotros volvimos a la ESMA después de ese paseo triunfal, y volvimos absolutamente convencidos de que nunca más nos íbamos a sacar de encima el yugo de los torturadores. Felizmente esto no fue así.”

– “Toda la campaña mundialista, si ustedes analizan las publicidades, si ustedes analizan el rol que la mayor parte de los periodistas deportivos liderados por José María Muñoz llevaban adelante como propagandistas de la dictadura… aunque hay gente que dice que Muñoz no estaba a favor de los militares, sino que siempre había sido oficialista. Eso no lo disculpa. Yo mientras estuve en Fuerza Aérea, en el centro de detención previo, el dial de la radio de los torturadores estaba clavado en Radio Rivadavia y todos los días, triunfalmente, el Gordo anunciaba ‘faltan 200 días para el Mundial, faltan 199’. Claro, evidentemente para ellos era una prueba de fuego, y la ganaron.”

– “No voy a entrar a analizar el rol que tuvo el equipo mundialista. Hubo algunas actitudes dignas entre ellos, lo sé…, pero yo no puedo disculpar a Menotti, un tipo que tenía militancia, que tenía conciencia, porque era demasiado grave lo que estaba pasando en la Argentina para que uno se prestara a semejante maniobra.”

– “Hay compañeros que piensan distinto, hay compañeros que incluso estando en libertad, y que después fueron secuestrados, festejaron en el Obelisco la victoria argentina. Me acuerdo de que había sido una forma de unirse y de manifestarse del pueblo argentino, por encima de los militares, incluso burlando el control y la censura militar. Una compañera me dijo que habían recortado una ‘V’ de la victoria y habían dibujado un Clemente y los habían llevado al Obelisco. Y que la gente se abrazaba y lloraba emocionada porque había logrado juntarse libremente una vez más.”

– “Esa no fue mi experiencia, todo lo contrario. Mi experiencia fue ver la inmensa satisfacción de los militares porque habían podido seguir adelante con el engaño. Y eso siguió cuando vino la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y atendía a los familiares de desaparecidos en la Avenida de Mayo y se jugaba el Mundial Juvenil en Japón y ante la victoria se les dio asueto a los chicos del secundario para que les gritaran en la cara a las Madres de Plaza de Mayo que los argentinos éramos derechos y humanos y que los desaparecidos no existían. O sea que la instrumentación del deporte y más concretamente del fútbol por parte de la dictadura es absolutamente indiscutible y fue mucho más allá del Mundial.”

– “Hace un par de años, cuando hice un informe sobre el Mundial, descubrí que varios de los militares del Cemida habían trabajado en el EAM 78. Tres de ellos: Ballester, García y Rattenbach hijo. Unos estaban en el área de Inteligencia y otro en Logística y se suponía que esa área de Inteligencia era para proteger a las delegaciones extranjeras que iban a venir de supuestos ataques. Y contaban que les pusieron un jefe, que nombraron a un tal coronel Roualdes. El tipo, famoso represor, estaba absolutamente paranoico, y era imposible trabajar con él, de manera que al poco tiempo los hicieron renunciar porque no se avenían a llevar adelante todas las operaciones y tareas delirantes que este hombre pretendía obligarlos a hacer.”

gveiga12@gmail.com

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