La importancia del testimonio. “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”

La importancia del testimonio

Juan Fredes 
Publicado el 14 de Diciembre, 2012

Chile es un país de escasa memoria. El olvido es quizás una de las mejores herramientas para administrar el poder.

Por eso, recién con su muerte, muchos chilenos pudieron conocer al Padre Pierre Dubois. Entre esos miles que asistieron a su velorio, el traslado de su cuerpo hacia la Catedral y su misa de funeral, habían miles de jóvenes que impactados conocían a ese cura de pueblo, que la enfermedad había martirizado al extremo. La imagen que más impactó al país y a esos jóvenes fue ver a un sacerdote que vestido con su estola, revestimiento que indica su condición de presbítero, se ponía frente a Carabineros que lanzaba bombas lacrimógenas y trataba de avanzar para reprimir a los habitantes de la Victoria allá por el año 1985, en plena dictadura. Ese cura se enfrentaba, sin medir riesgos, a una represión feroz, es  respuesta a su discernimiento personal sobre la preguntaba que otro cura –Alberto Hurtado- se había hecho unas décadas antes “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”. Dubois entendió que debía poner su humanidad como escudo ante las fuerzas represivas, como testimonio de consecuencia ante su Dios y su pueblo.  Ese esfuerzo por hacer patente su radical opción por las almas encargadas a su cuidado fue tan literal que su compañero – el cura Pierre Jarlan- fue asesinado un par de meses después por una bala de Carabineros en otra protesta.

Ese testimonio de consecuencia, de entrega gratuita, de amor genuino, es lo que destaca en una personalidad sin duda controversial, que fue siempre una espina clavada en el costado de los poderosos.

Pero ¿por qué destacamos a Dubois?. Lo hacemos porque son testimonios como los suyos los que salvan a la humanidad.

La humanidad siempre está al borde de caer en las peores abominaciones y en los renuncios más criminales y abyectos. Pareciera que el fuego que Prometeo robó a los dioses era un presente envenenado, que cada cierto tiempo, oscurece la razón y hace que el alma humana haga salir las peores pasiones. El fuego de la razón y del conocimiento deviene en el de la pasión y el fanatismo.

Nos impactamos con los crímenes cometidos en la dictadura, nos escandalizamos con los silencios de los que tenían que guardar la ley y proteger a los ciudadanos. No faltan los que dicen que la violencia es una constante en nuestra historia. Quizás tengan razón.

No obstante, cuando recorremos la historia de las naciones a  las cuales admiramos por su cultura y su aporte al conocimiento y al avance  científico y social, podemos advertir que el riesgo a caer en la irracionalidad y el fanatismo es patrimonio de cualquier sociedad. La misma Alemania que  fue campo fructífero para que el pensamiento de Hegel, Kant, Goethe, Nietzche, Einstein, Heiddeger y tantos más se desarrollara, fue el centro de una de las barbaries más atroces que la historia del Siglo XX nos dejó. Y nos espanta que fue precisamente en Alemania donde se orquestó el exterminio metódico y consciente de pueblos enteros, basado en una supuesta superioridad que justificaba el asesinato de personas inocentes bajo el sólo expediente de la voluntad del gobernante por una característica personal de la víctima:  era judío, gitano, comunista, homosexual, sindicalista o deficiente mental.

Impresiona que toda una sociedad asintiera con su silencio cómplice, con su conducta condescendiente, a los abusos.

Cuando uno recorre los archivos del Yad Vashem (www.yadvashem.org) , que recuerda el holocausto del pueblo judío bajo el régimen nazi, puede percibir la magnitud del crimen cometido. En ese mismo recorrido uno puede conocer que hubo personas que fueron capaces de dejar un testimonio de humanidad impresionante. Ciertamente son justos.

Porque si hubo muchos criminales y muchos millones más que guardaron silencio, también es cierto que hubo otros miles que hicieron lo contrario a la mayoría: optaron por el caído y el perseguido.

Hubo obispos, diplomáticos, sacerdotes, príncipes, empresarios, obreros oficinistas, Jefes de Policía, pastores, simples obreros, periodistas, futbolistas, enfermeras, médicos, y gente de la más disímil condición que optó libre y voluntariamente, venciendo el miedo y la opinión de los que siempre optan por lo conveniente, que decidieron  salvar judíos ocultándolos en sus casas, dándoles pasaportes,  organizando redes para su fuga, cambiándoles su identidad, adoptándolos como familiares, protegiéndolos en embajadas y consulados, rescatándolos de su exterminio.

Hay historias increíbles como las de Oskar Schindler que logró salvar cerca de 1.000 judíos en Polonia, de la chilena María Edwards Mc Clure torturada por la GESTAPO lo que no le impidió seguir refugiando niños judíos franceses,  del diplomático español Ángel Sanz-Briz  que salvó sobre 5.000 judíos húngaros, o del norteamericano Varian  Fry que logró evacuar sobre 15.000 personas (la mayoría judíos) de la Francia colaboracionista de Vichy.

No podemos formular un perfil sobre estas personas que arriesgaron su vida por salvar a los inocentemente condenados. Los hay creyentes fervorosos, como ateos declarados, desde profesionales y gente con la mejor educación hasta ignorantes y analfabetos pastores albaneses, desde católicos hasta musulmanes, los hay de todas las nacionalidades y pueblos.

Lo que los distingue es que hicieron lo que su conciencia les dictaminó como correcto en un momento dramático. Y lo hicieron sin medir  las consecuencias, como un acto de pura humanidad. Nunca esperaron un reconocimiento, es más, se les reconoció su acto heroico muchos años después, cuando la mayoría de ellos ya no estaba con vida. En algunos casos, ese acto de consecuencia les significó el fin de sus carreras profesionales o su muerte como en el caso del diplomático sueco Raoul Wallenberg, curiosamente asesinado por el Ejército Rojo luego de la liberación de Hungría.

Pero su testimonio tiene el valor de la denuncia: demuestran con sus actos que siempre es posible hacer algo cuando reina la justicia y la infamia.

Nadie puede afirmar hoy que no sabía de la violación de los derechos humanos en la dictadura, como tampoco ningún alemán puede negar que se sabían los crímenes que cometían los nazis. Estos valientes demuestran que si se sabía, y que era posible rebelarse contra el criminal ayudando a las víctimas.

Ese testimonio de humanidad, adquiere su importancia para la sanidad ética de las sociedades.

El valor de la vida humana y su defensa, la lucha por dignificar la condición humana son siempre la medida del avance y del progreso de la humanidad.

Por eso es importante el testimonio de los valientes que no miden las consecuencias de sus actos en defensa de la vida. Como bien lo reza el Talmud “El que salva una vida, salva a la humanidad”. Ciertamente el cura Pierre Dubois es uno de nuestros salvadores.

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