Los años felices. Testimonio de los 60-70

Los años felices.
Testimonio de los 60-70
Luis Rodríguez1
Llegamos a Santiago de Chile un mes de enero de 1968, Liliana Sánchez de Bustamante, mi futura esposa y yo. Veníamos de Buenos Aires a respirar « aire fresco », luego de haber pasado un año y medio bajo la dictadura de Onganía, que, entre otras cosas, había cerrado las universidades, en particular la UBA (Universidad de Buenos Aires) donde ambos estudiábamos ciencias exactas; ella Matemáticas y yo Física. Éramos compañeros, porque en el primer año todos los cursos eran comunes.
En 1967, con la UBA aún cerrada, esta organizó un sistema clandestino para continuar los estudios: Cada cátedra organizaba sus clases magistrales, dictadas por el profesor correspondiente, en la sala de reuniones de una iglesia; los trabajos prácticos que se organizaban en pequeños grupos en casa de estudiantes, con la asistencia de los ayudantes de cátedra, al mismo tiempo que se discutía la situación nacional y otros temas de política mundial, para hacernos más conscientes de lo que estábamos viviendo.
Así pasamos un año entero, estudiando pero sin obtener un certificado debidamente oficializado al terminar cada curso. Lo hacíamos por puro amor al arte y, me imagino, a la ciencia; pero la situación nos decía que teníamos que salir de ahí a estudiar a algún otro país. Finalmente conseguimos becas para ir el año siguiente a Francia; pero eran becas para pobres, de esas que solo daban alojamiento en la ciudad universitaria (en nuestro caso en Nancy, al este de Paris, cerca de Alemania) y nada más.
Con todas esas perspectivas en mano, el verano del 67-68, invité a Liliana a visitar Chile, país en el cual -y esto a pesar de la creencia popular- yo había nacido. En efecto, yo era chileno, pero mi familia emigró a la Argentina en 1962 y, luego de algunos años y gracias a las favorables políticas de emigración, obtuvimos la nacionalidad argentina, convirtiéndome así en uno de los primeros ciudadanos con doble nacionalidad, cosa que con el paso del tiempo y las circunstancias, se ha convertido en una práctica generalizada. Yo me adapté rápidamente a la cultura local y así fue que, llegando de vuelta a Chile, todo el mundo me consideró argentino dándome el apodo de « Che » Rodríguez.
En una de esas calurosas tarde de Enero, fuimos a visitar la recientemente creada Facultad de Ciencias, solo para conocer que estaban haciendo. Ahí, mientras recorríamos el edificio, nos « encontró » Sergio Aburto, entonces Director del Departamento de Física, quien no solo nos mostró con orgullo su Facultad (Ciencias antes era parte de la Facultad de Ingeniería) sino que de sopetón nos dijo: »Y porque no se vienen a estudiar a Chile? Yo les consigo una beca del lote de becas Fulbright que esa fundación puso a disposición de esta Facultad ! ». Ese era el espíritu y la acogida que Chile le brindaba a los extranjeros en el año 1968. Y si, un Chile difícil de reconocer ahora, me imagino.

Nos instalamos en Santiago, en una pensión de estudiantes, como correspondía en esos tiempos, y estudiamos en la Facultad de Ciencias durante dos años, yo con el compromiso de trabajar en el acelerador de partículas o Ciclotrón, que la facultad había heredado de la fundación Ford en los EE.UU. Esa era una de las condiciones de la beca. Fueron dos años de nuevas experiencias en un país lleno de cosas buenas: gente amable y acogedora, vida tranquila y fácil, ricos mariscos y buen vino…Argentino.
Ya en los años 68 y 69, y como preámbulo a esto que vendría posteriormente, comenzamos a conocer, en tanto estudiantes universitarios, los problemas reales que vivía el país en ese momento: la pobreza, la desigualdad y la terrible hegemonía que las clases poderosas ejercían sobre el resto del pueblo. En este proceso, nuestra « conciencia política » se fue desarrollando, en la medida que fuimos sacados del aislamiento de nuestra vida de estudiantes de Ciencias para involucrarnos en actividades tales como llevar asistencia a poblaciones marginales o « callampas » localizadas alrededor de la facultad. Recuerdo un invierno particularmente lluvioso en el cual, dando asistencia a una población de estas (cuyo nombre no me acuerdo), vi morir a un niño de hambre y de frío, acontecimiento que cambió definitivamente mi pensamiento acerca de lo que tendría que hacer profesionalmente en mi vida.
Eso se transformó en una « crisis vocacional » que discutí con Liliana, quien me dijo: « si quieres puedes buscar lo que quieres hacer, pero como eso significaría perder la beca, solo te pido que estés absolutamente seguro de lo que quieres hacer en el futuro ». Entonces me puse seriamente a « buscar mi verdadera vocación »: En el campus Pedagógico, que en ese entonces había incorporado varias otras carreras, tomé cursos de economía, historia, geografía, filosofía y biología (al mismo tiempo que seguía con mis cursos en Ciencias), pero sin encontrar una real vocación. Solo sabía que lo que buscaba era una relación más estrecha con la sociedad y la capacidad de hacer de esta un lugar mejor, sin necesariamente entrar en política.
Hasta que un día, en medio de las protestas de otoño, donde el Pedagógico se movilizaba y salía a la calle a pelear contra la policía, los « pacos », durante el descanso de mediodía, le pregunto al compañero que estaba a mi lado y con quien habíamos combatido toda la mañana contra los pacos : « Y tú quién eres y qué estudias? ». Era Fernando (Nano) Plaza y me dijo que estudiaba Arqueología. Ante su asombro le pregunté qué era eso y él me dijo que era una parte de la Antropología y que estudiaba al Hombre de manera integral. Solo el oír eso me dijo algo y le pedí más información.
Como producto de esa conversación, me inscribí en un par de cursos: uno de Antropología Física con Juan Munizaga y otro de Arqueología no me acuerdo con quién. Al final de ese ciclo, de lidiar con huesos de verdad y lograr saber todo lo que se puede saber de un montón de huesos viejos (edad, sexo, número de hijos y qué pensaba sobre la vida), me di cuenta que era eso lo que me llamaba; no específicamente la Antropología Física sino una ciencia que me diera una noción « holística » del ser humano. Tal vez sería esa disciplina la que me permitiría hacer algo más por la humanidad, más que solamente lo que me indicaban las teorías políticas de la época.
Hablé con mi esposa, quien no solamente comprendió, sino que me dio todo su apoyo para cambiar de carrera, a pesar de haber perdido la beca y tener que buscar nuevas formas para vivir en esos tiempos de estudiante.
Y así fue como comencé con gran entusiasmo a estudiar arqueología, o como diría mi padre, cuando se enteró: »arqueolo, qué?!!»
Fueron años de gran provecho. Fue con un grupo de compañeros como Nano Plaza, Vicky Castro, Carlos Urrejola, Pepe (José) Berenguer, Ángela Jeria, Iván Solimano, Julia Monleón, Sergio Martinic y muchos más, cuyos nombres ya se perdieron en la noche de los recuerdos, con quienes encontramos un entusiasmo por desarrollar una ciencia que en Chile era prácticamente desconocida. Más aun, en esos tiempos de cambios parecía tal vez un poco como un ejercicio fútil y superficial, frente a los problemas « reales » que vivía el país. Y, sin embargo, nosotros queríamos
creer que estábamos contribuyendo al tiempo presente para dar respuestas más certeras a lo debería
ser nuestro futuro como pueblo y nación.
Nunca me olvidaré de una conversación, en el transcurso de una clase con Mario Orellana, aun
solamente un profesor, quien, con gran vehemencia nos explicó el porqué investigar el pasado podía
tener tal relevancia para conocer mejor nuestro presente y así poder modelar lo que podría ser nuestro
futuro. Nunca un argumento me llamó más la atención que ese…porque eso era precisamente lo
que deseábamos conseguir: modelar el futuro como un continuum de lo que hubiese sido nuestro
pasado. De alguna manera eso respondía al concepto de historia que pregonaba el marxismo de
aquella época, pero que se perdía en una práctica muchas veces apresurada e irracional.
Esos fueron los « años felices » para mí, porque, no estando aún totalmente sumergido en el
marasmo político-ideológico creado luego por la ascensión al poder de un gobierno socialista
democráticamente elegido, podíamos discutir posiciones y teorías sin que eso significara tomar
partido alguno en algún movimiento político. Éramos intelectuales y científicos sociales de verdad !!
El advenimiento del gobierno de la Unidad Popular tuvo un gran impacto en todos nosotros.
No solo fue para los de « izquierda » la consagración de las ideas avanzadas por esa ideología, sino
también fue, de alguna manera, una « revancha » de todos aquellos que, luego de haber pasado años
en la oposición, finalmente eran gobierno, eran « los dueños de la situación ». Solo nos llevó tres
años entender cuán equivocados estábamos.
En nuestro modesto universo, eso se transformó inicialmente en una muy interesante y positiva
actitud: los estudiantes de « izquierda » tomaron tan seriamente la misión de « evangelizar » al
resto de la comunidad científica, que comenzamos a reunirnos a estudiar, no solo lo que habíamos
recibido en cursos magistrales, sino que a avanzar en los temas tratados con el fin de poder discutir
y eventualmente « convencer » al profesor(a) sobre lo bien fundado de nuestra posición, basada en
teorías marxistas. Increíblemente, estudiábamos como locos…día y noche, en casa de Ángela Jeria,
hasta que llegaba el General Alberto Bachelet y con la presencia alternativa de Michelle, la hija
adolescente. También nos reuníamos en mi casa (ya que en ese tiempo habíamos comprado un
parcela en La Reina alta) y en la de otros compañeros de cuyos nombres no logro acordarme.
Estudiábamos poseídos por esa pasión durante el año académico y luego, en el verano, salíamos
a terreno o, en nuestro caso, íbamos a Buenos Aires a trabajar para ganar el dinero que nos permitía
sobrevivir durante el año académico siguiente.
Y así fue como me convertí en « Arqueólogo/Antropólogo », con viajes a terreno de los
cuales solo me acuerdo de unos pocos. Uno de ellos, y me perdonaran el orden, pero creo que
fue el primer viaje, a la región de Turi, con Mario Orellana como Jefe de Misión (excúsenme el
vocabulario, tomado del mundo del desarrollo). Fue una experiencia increíble, ver como todas
esas teorías estudiadas en clase, se materializaban en esas vegas, en esas chozas, en esos campos,
en esas montañas de donde extraíamos « evidencia », sin saber siquiera si todo eso nos permitiría
construir una teoría válida. Fue ahí donde entendí que las ciencias sociales y las ciencias llamadas
exactas, coincidían totalmente en sus métodos, procesos y conclusiones. Ahí me sentí realmente un
científico.
Viajes memorable:
– Viaje a la zona de Turi y al valle del alto Loa con Nano Plaza y Pepe Berenguer en la citroneta
de este último; 2.000 km a 80 km/hora casi sin parar. Y luego, interminables excursiones a
pie por ese valle para documentar sitios que luego fueron presentados en nuestra primera
publicación.
– Viaje a Turi y Ayquina con el Departamento (no me acuerdo quién era el Jefe de Misión, tal
vez Carlos Urrejola) y unos amigos de Brasil que vinieron a buscarme y me « secuestraron »
para regresar con ellos a Santiago en un VW con una hermosa música de Mozart durante todo el trayecto.

Un viaje a Toconce (a 3.500 msnm), donde una tormenta eléctrica nos encontró subiendo al pueblo y de la cual nos salvamos por milagro.

Un viaje al valle de Copiapó, del cual regresamos en el Land Rover de Iván Solimano, al que se le había caído la caja de cambios, tocándonos a nosotros sostener la dichosa caja con cuerdas, hasta llegar a Santiago.

El viaje con Hans Niemeyer al valle de Copiapó, donde Hans, al atardecer, miraba al cielo para ver la primera estrella que haría la diferencia entre el día y la noche, ya que le había prometido a su mujer no tomar de día sino solamente de noche.

Mi único viaje al sur de Chile, al interior de Temuco, con Julia Monleón, nuestra compañera Española y creo que con Bernardo Berdichewsky como Jefe de Misión, a conocer la cultura Araucana desde un punto de vista arqueológico y antropológico; y las interminables charlas con Julia sobre la Guerra Civil Española y el rol de su familia en ella.
El terreno era maravilloso, no solo por las aventuras sino por las vivencias, o más bien, por la convivencia con los herederos de esas culturas, de cuyos antepasados estábamos excavando las tumbas, las viviendas y tratando de conocer sus « modos de producción », para ser coherentes con las teorías que nos animaban en esa época.
Otra experiencia memorable para mí fue el Primer Congreso del Hombre Andino, congreso que se llevó a cabo en tres sedes consecutivas: Antofagasta, Iquique y Arica, con todos los participantes desplazándose de una a otra sede para seguir participando en el evento. Si la memoria no me falla, ahí fue donde Pepe, Nano y yo dimos nuestra primera ponencia sobre el trabajo que hiciéramos en el valle del rio Loa Superior (1972-73). La presentación fue buena gracias a los « tacos » de pisco tomados para darnos coraje y enfrentar a la audiencia.
Pero entonces llegó el golpe y todo cambió. Afortunadamente, nosotros no estábamos en Chile para el 11 de Septiembre de 1973. Estábamos en Buenos Aires porque habíamos ido a participar y celebrar el nacimiento de nuestro primer sobrino, el hijo primogénito de la hermana de Liliana quien nació el 7 de Septiembre. Y eso fue lo que nos salvó, ya que a los tres días del golpe recibí una llamada de una amiga en Santiago diciendo que no regresásemos ya que el ejército había estado ya en la parcela preguntando por nosotros. Y de alguna manera tenían razón; en esa época yo era secretario del Centro de Alumnos de nuestro Departamento, representado al partido socialista. Pero en realidad la denuncia fue hecha por nuestros vecinos, ya que éramos extranjeros, y por lo tanto, sospechosos de ser « comunistas ».
Esa llamada telefónica no solo nos salvó la vida sino que el golpe cambió radicalmente nuestra vida, hasta el día de hoy.
Era claro que no podíamos regresar, pero a lo que sí me negaba era a perder todo lo que había conseguido hasta ese momento. Antes de partir a Buenos Aires, yo había terminado de aprobar todos los cursos de mi Licenciatura en Arqueología, pero no tenía un solo certificado en mi poder. O sea, que en ese momento yo no era nada.
Me armé de paciencia y esperé a que la situación se estabilizara. Sabía que el nuevo régimen había nombrado a un capitán de la Armada como decano del Pedagógico y que este había dado un plazo muy corto para que los alumnos se reintegraran. Los que no lo hicieron, pasaron inmediatamente a ser parte de la lista de « gente sospechosa », ya que se suponía que, por alguna razón no se habían presentado.
Luego de algunos meses, y decidido a no perder lo conseguido con tanto esfuerzo, me armé de coraje, me corté el pelo, me vestí como un ejecutivo, con maletín « James Bond » incluido, y con una carta de la empresa de mi padre diciendo que había estado trabajando para él y por eso no me
había presentado, me fui a Chile y pedí audiencia directamente con el decano.
Curiosamente, al verme tan bien vestido y con la carta de mi padre en la mano, me dijo
textualmente: »Usted se ve que es una persona decente, así que no se haga problema». Acto
seguido escribió una nota al Director del Departamento de Ciencias Antropológicas y Arqueología
pidiendo que me reintegrara, cosa que Mario Orellana, su recientemente nombrado director, hizo
sin comentar nada.
Aproveché esa « ventana de oportunidad » para obtener todos mis certificados de cursos y así
pasar al estatus de graduado, identificar un tema para mi tesis de licenciatura y conseguir un profesor
que me quisiera apadrinar. El tema fue Pepe Berenguer quien me lo sugirió: »Por qué no haces algo
sobre metalurgia precolombina. Es un tema poco estudiado y fácil de hacer ya que con tu pasado
estudiando física, te será más fácil abordar los elementos técnicos del tema ». Y así fue como mi
querido amigo y compañero definió lo que sería una importante parte de mi vida futura.
Conseguir profesor fue otro tema. Nadie se quería involucrar, ya que se sabía que yo estaba ahí
de milagro, aunque nadie quería averiguar cuál había sido el santo. Yo había venido preparado con
una estrategia para esa situación: En Buenos Aires llegué a un acuerdo con Alberto Rex González,
reconocido arqueólogo, que si la U de Chile me autorizaba a hacer un trabajo en Argentina, él sería
mi director de tesis, pero que si no, podría usar su nombre como garantía que haría un trabajo con
su supervisión mientras estuviera en Argentina. Con ese argumento conseguí convencer a Hans
Niemeyer, catedrático fuera de toda sospecha ideológica, para que fuera mi director oficial de tesis.
El accedió bajo la condición de no escribir nada sobre marxismo ni utilizar la palabra dialéctica en
mi trabajo de investigación.
Con todos esos compromisos logrados, partí de regreso a la Argentina y me instalé en Cachi,
Salta, pequeña ciudad en los Valles Calchaquíes, a trabajar con Heather Lechtman, reconocida
experta en metalurgia precolombina del MIT, a quien había conocido a través de John Murra, el
prestigiado arqueólogo Americanista, en una de sus visitas a Chile. Con Heather excavamos varios
sitios de producción metalúrgica en la zona. La parte chilena la hice en viajes a la región de San
Pedro de Atacama y Ayquina, para también trabajar algunos sitios, aunque sin contactar a nadie, salvo
al padre Le Paige y a su colega George Serracino, no fuera que mi suerte hubiese cambiado, y me
estuvieran buscando.
Pasaron dos años hasta que terminé mi tesis, la que fue leída y revisada con la minuciosidad que
caracterizaba al trabajo de don Hans, quien finalmente me aprobó y me dio fecha para la defensa de
la misma en Santiago. La ceremonia fue muy formal, con un panel presidido por Mario Orellana,
con muchas preguntas y una deliberación final del panel examinador. Al regresar de su deliberación,
don Mario me anuncia que mi tesis había sido aprobada y que tenía el placer de acogerme como el
primer Licenciado en Arqueología del Departamento. Sin embargo, a reglón seguido, me dice : »Lo
que sí debo decirle es que ni se le ocurra quedarse a trabajar en Chile ». Mi respuesta fue clara y
breve : »No se preocupe don Mario, mi avión para Buenos Aires sale en tres horas ».
Así fue que el 29 de agosto de 1975, salí con mi título de arqueólogo, el primero recibido en
ese Departamento, a recorrer el mundo. Hubo festejo por parte de mis camaradas, pero en tres
« citronetas » que me acompañaron al aeropuerto abriendo botellas de champaña con Pepe, Nano,
Julia Monleón, Vicky Castro (a quien le vendería posteriormente mi parcela de La Reina) y más
compañeros de cuyos nombres no me acuerdo.
Ahí terminó mi historia chilena. Mi nombre fue rápidamente olvidado, tal vez borrado, y mi
tesis se perdió en la noche de los tiempos. Yo seguí adelante con mi carrera. Parte de mi tesis fue
presentada en un Simposio Europeo de Antropología en Bonn (1984), las excavaciones con Heather
Lechtman en un Congreso de Metalurgia Andina en Dumbarton Oaks (la sede de la Universidad
de Harvard en Washington DC) en 1982 y mi tesis de doctorado realizada en la Ecole Pratique
de Hautes Etudes en Sciences Sociales, de la Universidad de París, bajo los auspicios de Nathan
Wachtel y Maurice Godelier, cumplió mi sueño: Sobre todo lo trabajado en esa zona andina entre el norte de Chile y el Noroeste Argentino, conseguí realizar un estudio longitudinal sobre cómo la producción metalúrgica, en pequeña escala, había conseguido preservar sus patrones productivos desde la época precolombina hasta el día de hoy, conservando una « racionalidad económica » propia de la zona andina, en la cual el altiplano era la gran carretera de circulación, de la cual se desprendían rutas que iban hacia ambos lados (Chile y Argentina actuales). De esta manera, de arqueólogo puro me transformé en antropólogo social y economista, que fue la otra maestría que obtuve en París. Nada de eso es conocido en Chile, ya que nunca ni uno de mis trabajos en metalurgia precolombina llegó por allá.
A Chile nunca más regresé, salvo pequeñas visitas para enterrar a mi abuela, a una tía y finalmente a mi madre. Sin embargo, hoy en día, 40 años después, con mis nacionalidades actuales -americano y francés- y con 30 años como experto en desarrollo, todavía recuerdo esos tiempos como « los años felices », donde sólidamente armados con entusiasmo, coraje, tenacidad, esperanza e ilusiones, estábamos dispuestos a conquistar el mundo y, tal vez, nuestra felicidad.
Lusaka, Zambia, Junio 2014

1 Consultor Independiente Experto en Desarrollo Educativo. E-mail: Lrodri948@aol.com
Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología
Número 43/44, 2014, páginas 73-78

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