Otro 21 de mayo en Chile . Sobre Héroes y Tumbas. las cuentas de la Armada.

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En el puerto de Valparaíso las embarcaciones “Lebu“, “Esmeralda” y “Maipo” fueron utilizados como barcos-prisiones por al Armada de Chile. Torturas, violaciones y malos tratos se aplicaron en forma rutinaria a los presos político que se encontraban recluidos en estas naves. El buque “Lebu”, que pertenecía a la compañía de transporte marítimo Cía. Sudamericana de Vapores, fue expropiado por la Armada el 15 de Septiembre de 1973, para remplazar al buque “Maipo”, el cual había zarpado con rumbo al campo de concentración “Pisagua”, trasportando presos políticos. El buque “Lebu” fue utilizado como centro de detención y tortura desde Septiembre de 1973 hasta 1974. De acuerdo con la información otorgada por la Cruz Roja Internacional, en noviembre de 1973, habían alrededor de 324 presos políticos en el “Lebu“. La Comisión Rettig informa que : “en estos barcos, algunos prisioneros estuvieron en camarotes, aunque la gran mayoría permaneció en sus bodegas, en condiciones de gran hacinamiento y total falta de higiene y servicios mínimos. Respecto del “Lebu“, la Cruz Roja Internacional, después de su visita del 1º de octubre de 1973, confirmó estos hechos señalando: el aislamiento del exterior en que se encontraban los detenidos por ignorar su familia su permanencia allí; la regular calidad e insuficiencia de la comida; y, en general, las pésimas condiciones de detención. En dicha motonave se practicaron torturas y malos tratos a los prisioneros.

Testimonios de hombres y mujeres que permanecieron detenidos en el buque “Lebu” dan cuenta, en detalle, de los malos tratos y torturas padecidos, destacándose la agresión y vejación sexual a las mujeres. Los testimonios corresponden a personas que presenta, hasta el presente, secuelas físicas, algunas de extrema gravedad derivadas de las torturas recibidas durante su detención. Entre estas declaraciones se encuentra la de Dagoberto. Su detención se produjo el día 8 de octubre de 1973 cuando se encontraba en la calle Esmeralda, de Valparaíso, en su lugar de trabajo de ese entonces, la Optica Hammersley. A la misma hora de ser detenido había sido allanado su domicilio particular. Fue detenido por un grupo de uniformados, conformado por un oficial y cuatro soldados con la cara pintada, (Infantes de Marina) los que se movilizaban en un vehículo fiscal. Testigos de su detención fueron todos sus compañeros de trabajo. Al ser detenido fue esposado y vendado junto a otras dos personas que también fueron detenidas, siendo conducidos a la Academia de Guerra de Playa Ancha en Valparaíso, donde le llevaron a una sala grande, tirándolo al suelo junto a otras 50 personas allí detenidas. Un militar caminaba corriendo sobre sus cuerpos, para ser después interrogados y sometidos a las más crueles torturas. Desde ese recinto de torturas le trasladaron al barco Lebu, que se encontraba junto al molo de abrigo, a su llegada ya había unas 260 personas aproximadamente. En dicho barco se procedió a nuevas torturas consistentes en golpes en todo el cuerpo, aplicación de corriente eléctrica, especialmente, en la lengua y los oídos, siendo también sometido, junto a un grupo de detenidos, a falsos fusilamientos y amenazas de ser lanzados al mar. Desde el barco le sacaban, junto a otros detenidos, a hacer trabajos forzados en lo que después se transformarían en campos de concentración y torturas. Una vez en libertad estuvo firmando cada domingo, durante un año, en la Comisaría de Valparaíso.

A Humberto, sindicalista, lo detuvieron en Octubre de 1973 y luego de una interminable noche de tormentos en el Cuartel Silva Palma, fue trasladado al buque “Lebu”. ” Parecía un barco pirata, con hombres hacinados en las bodegas del barco. Estaban barbones, algunos con el pelo cortado a cuchillo, con abrigos, frazadas, sucios y hambrientos. A veces nos tiraban pedazos de pan y lo compartíamos entre todos. Lo mismo hacíamos cuando, por milagro, aparecía una naranja. La comíamos entre seis, hasta la cáscara nos comíamos. Más adelante nos daban fideos, masas de fideos más bien. También porotos llenos de gorgojos. Cada comida era vigilada por marinos armados. No todos comían sí, había un compañero de apellido Villarroel a quien mantenían en una jaula desnudo y nunca le daban de comer. Los marinos nos obligaban a levantarnos a las seis o siete de la mañana. Subíamos a la plataforma del buque y nos manguereaban desnudos en el frío de la mañana. Está claro que no teníamos dónde hacer nuestras necesidades y, en algún momento, pusieron mitades de tambores de aceite -que llamaban ‘chutes’- donde comenzamos a orinar y defecar“.

Otro caso es el de María Eliana, estudiante de castellano, la cual relata lo ocurrido en el buque “Lebu” y otros centros de tortura: “ellos estaban pegados en todas las paredes, yo conté ocho infantes de marina, algunos encapuchados y otros con las caras pintadas de negro. Me dicen que me desnude. Yo empecé a desnudarme y me dejé puesta mi parte de abajo, porque tenía puesto el apósito de la menstruación. Entonces, cuando me obligaron incluso a sacarme el calzón yo dije que no podía, porque estaba indispuesta. Me obligaron a hacerlo y ahí ya viene toda la rebeldía femenina, la rebeldía del luchador, por mucho que nos quisieran hacer sentir como animales llegaba el momento en que la dignidad del ser humano se rebelaba contra todo eso. Y fue tal mi ira, la indignación, que me saqué los calzones, tomé el apósito con sangre y se lo puse en el rostro al teniente que estaba dirigiendo el grupo. Luego de eso, todavía desnuda, por orden del teniente, dos infantes de marina por detrás, me tomaron los glúteos y se agacharon para mirar por el ano”. En la Esmeralda, recuerda María Eliana, ” había violencia las 24 horas del día, sacaban a los compañeros, los golpeaban, los torturaban, volvían morados y vomitando sangre. Cuando me trasladaron al Lebu estábamos separados de los compañeros quienes se encontraban en las bodegas. Nosotras estábamos en los camarotes y éramos tantas que no podíamos respirar, teníamos que dormir sentadas en el suelo. Nos daban de comer una sola vez al día, a las 9 de la mañana. Eran unos porotos que hasta gusanos tenían, una vez que reclamamos nos dijeron burlándose que para qué nos quejábamos si nos daban ‘carne‘”.

Pero la alimentación no era lo que más preocupaba a las prisioneras políticas, sino que el trato inhumano y cruel por parte de sus aprehensores, la mayoría jóvenes marinos. Aunque también las torturaban civiles y, como en el caso de María Eliana, carabineros. Ella había tenido el infortunio de haber sido detenida con ocasión de la retoma de la Universidad Católica en el puerto en los meses previos al golpe. Fue agredida por carabineros al mando de un teniente de apellido Pérez, sin embargo, logró defenderse y golpear a sus agresores. Obviamente jamás pensó que el devenir político le enfrentaría una vez más al sádico teniente, esta vez a bordo de la motonave Lebu. Pero así fue, en una oportunidad -relata María Eliana– ” me llevaron a un camarote que había sido habilitado como sala de interrogatorios y allí estaba este teniente que me comienza a manosear y a gritar diciendo: ¡defiéndete ahora, pos, huevona! Me corrió mano de una manera espantosa, fue más de una hora de sólo eso. Estaba vendada y humillada por lo que estaban haciendo, impotente ante lo que estaba pasando, ante los gritos espantosos que se escuchaban“.

Pero no era sólo en el barco “Lebu” que se torturaba y degradaba a centenares de porteños. También sucedía en otros centros de tortura de la Armada. Por la Academia de Guerra Naval, en el cerro Playa Ancha, pasó también María Eliana. “Allí estuve como cuatro semanas, me sacaban todas las noches para interrogarme, me golpeaban los oídos con las manos, me ponían corriente en la lengua, en la vagina. Nos sacaban para divertirse con nosotros, para abusar sexualmente. Fueron violaciones masivas. Al final una se desconecta, trata de subliminar lo que está pasando, pero es imposible de olvidar, de hecho, cuando ya me encontraba en la cárcel, hice una seria infección, con vómitos y fiebre. Me enviaron al Hospital Naval y ahí dijeron que era sólo un ataque de vesícula y me enviaron de vuelta a la cárcel. No obstante, era algo mucho más serio. Era gonorrea, y era imposible saber cómo y dónde la había contraído, ¿en la “Esmeralda”, en el “Lebu“, en la Academia de Guerra? Lo único claro es que quedé con el endometrio total y absolutamente destruido“.

Por los antecedentes recogidos puede concluirse que por el buqueLebu” debieron pasar unos 1.000 detenidos, con permanencia variable en el buque que iban desde unos días hasta varios meses.

Hasta hoy, nadie ha sido inculpado por estos hechos, los cuales la Armada de Chile continúa negando.
Criminales y Cómplices:
Teniente Luis Rebolledo (Infantería de Marina; Motonave Lebu); Teniente Guillermo Morera (Infantería de Marina; Motonave Lebu); Teniente Rafael Yussef (Infantería de Marina; Motonave Lebu); Doctor Muñoz (urólogo, ex Hospital Deformes); Sacerdote de apellido García (Sagrados Corazones). un teniente de apellido Pérez (Carabineros); Ricardo Claro Valdes (propietario de Cia Sudamericana de Vapores; ex-agente DINA y finaciador de la DINA)

Fuentes de Información: Informe Rettig; Libro: “Testimonios de Tortura en Chile”; Cruz Roja Internacional; Revista Punto Final; Archivo Memoriaviva;

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Revista PuntoFinal

29 de octubre de 1999

Las Cuentas de la Armada

El almirante sigue mintiendo. Sus palabras se pierden entre los cerros y el viento de Valparaíso. Pero la memoria de los porteños víctimas de la represión de la Armada es obstinada y certera. Nadie ni nada podrán borrar jamás el horror entronizado a las orillas del Pacífico, entre la garúa nocturna, los arreboles del atardecer y los sempiternos pelícanos de la bahía. Es que el 11 de septiembre de 1973, junto a los barcos de guerra estadounidenses participantes en los denominados ejercicios UNITAS, la escuadra retornó a puerto a fin de vincularse a las unidades en tierra para dar comienzo al golpe militar contra el gobierno de Salvador Allende. El temprano copamiento de la ciudad transformó a ésta en un gigantesco campo de concentración donde se enseñorearon el miedo, la tortura y la crueldad. La Armada, con inusitada ira y profundo desprecio clasista, reprimió a los porteños y, para tal efecto, desplegó todos sus efectivos, incluidos cadetes de la Escuela Naval. Habilitó, también, varios lugares de reclusión como la Academia de Guerra Naval, el cuartel Silva Palma, y los buques Maipo, Lebu y Esmeralda donde se torturó a miles de aterrorizados habitantes de Valparaíso.

Sin embargo, el almirante Jorge Arancibia, jefe de la Armada, continúa sosteniendo que en aquellos lugares de detención “jamás se torturó a nadie”, que tan sólo constituyeron instancias de tránsito para albergar a prisioneros producto de las circunstancias extraordinarias que se vivían. Pero, miente el almirante y miente conscientemente, pues es imposible que no haya estado en conocimiento de lo sucedido en los recintos de la Armada. Son millares los testimonios de víctimas que experimentaron en carne viva la violencia y el odio de oficiales y clases de la aparentemente flemática marina chilena. Tal es el caso de María Eliana Comené, estudiante de castellano de la hacia adentro. Ellos estaban pegados en todas las paredes, yo conté ocho infantes de marina, algunos encapuchados y otros con las caras pintadas de negro. Me dicen que me desnude. Yo empecé a desnudarme y me dejé puesta mi parte de abajo, porque tenía puesto el apósito de la menstruación. Entonces, cuando me obligaron incluso a sacarme el calzón yo dije que no podía, porque estaba indispuesta. Me obligaron a hacerlo y ahí ya viene toda la rebeldía femenina, la rebeldía del luchador, por mucho que nos quisieran hacer sentir como animales llegaba el momento en que la dignidad del ser humano se rebelaba contra todo eso. Y fue tal mi ira, la indignación, que me saqué los calzones, tomé el apósito con sangre y se lo puse en el rostro al teniente que estaba dirigiendo el grupo. Luego de eso, todavía desnuda, por orden del teniente, dos infantes de marina por detrás, me tomaron los glúteos y se agacharon para mirar por el ano”. Tal era la calidad moral de los marinos del almirante, los mismos que no trepidaron en violar mujeres para demostrar su poder y su lastimosa hombría, cubriendo sus rostros con pasamontañas y ocultando sus grados. En la Esmeralda, recuerda María Eliana, “había violencia las 24 horas del día, sacaban a los compañeros, los golpeaban, los torturaban, volvían morados y vomitando sangre. Cuando me trasladaron al Lebu estábamos separados de los compañeros quienes se encontraban en las bodegas. Nosotras estábamos en los camarotes y éramos tantas que no podíamos respirar, teníamos que dormir sentadas en el suelo. Nos daban de comer una sola vez al día, a las 9 de la mañana. Eran unos porotos que hasta gusanos tenían, una vez que reclamamos nos dijeron burlándose que para qué nos quejábamos si nos daban ‘carne'”. Pero la alimentación no era lo que más preocupaba a las prisioneras políticas, sino que el trato inhumano y cruel por parte de sus aprehensores, la mayoría jóvenes marinos. Aunque también las torturaban civiles y, como en el caso de María Eliana, carabineros. Ella había tenido el infortunio de haber sido detenida con ocasión de la retoma de la Universidad Católica en el puerto en los meses previos al golpe. Fue agredida por carabineros al mando de un teniente de apellido Pérez, sin embargo, logró defenderse y golpear a sus agresores.

Obviamente jamás pensó que el devenir político le enfrentaría una vez más al sádico teniente, esta vez a bordo de la motonave Lebu. Pero así fue, en una oportunidad -relata María Eliana- “me llevaron a un camarote que había sido habilitado como sala de interrogatorios y allí estaba este teniente que me comienza a manosear y a gritar diciendo: ¡defiéndete ahora, pos, huevona! Me corrió mano de una manera espantosa, fue más de una hora de sólo eso. Estaba vendada y humillada por lo que estaban haciendo, impotente ante lo que estaba pasando, ante los gritos espantosos que se escuchaban”. Pero no era sólo en el barco que se torturaba y degradaba a centenares de porteños. También sucedía en otros centros de tortura de la Armada. Por la Academia de Guerra Naval, en el cerro Playa Ancha, pasó también María Eliana. “Allí estuve como cuatro semanas, me sacaban todas las noches para interrogarme, me golpeaban los oídos con las manos, me ponían corriente en la lengua, en la vagina. Nos sacaban para divertirse con nosotros, para abusar sexualmente. Fueron violaciones masivas. Al final una se desconecta, trata de subliminar lo que está pasando, pero es imposible de olvidar, de hecho, cuando ya me encontraba en la cárcel, hice una seria infección, con vómitos y fiebre. Me enviaron al Hospital Naval y ahí dijeron que era sólo un ataque de vesícula y me enviaron de vuelta a la cárcel. No obstante, era algo mucho más serio. Era gonorrea, y era imposible saber cómo y dónde la había contraído, ¿en la Esmeralda, en el Lebu, en la Academia? Lo único claro es que quedé con el endometrio total y absolutamente destruido”.

ACADEMIA DE GUERRA NAVAL: CASA DEL HORROR

Y fueron millares las vidas destruidas física y sicológicamente en las casas del horror de la Armada en Valparaíso, El Belloto, Colliguay, Puchuncaví y Talcahuano. Por tales centros de detención y tortura pasó Humberto Arancibia, presidente del sindicato de trabajadores de Enadi, ex Compañía de Gas de Valparaíso. Fue detenido en Villa Alemana el 3 de octubre de 1973 en la noche. Fue trasladado por los infantes de marina que le detuvieron al cuartel Silva Palma en el puerto. Llegamos, recuerda Humberto, ” a una sala grande repleta de gente, hombres y mujeres tirados en el suelo, muchos con el pelo cortado a bayonetazos. Un infante me preguntó por qué me encontraba ahí. Le respondí que no sabía, que simplemente era dirigente sindical. Exactamente, me dijo para preguntarme por otros dirigentes, para ver si habían robado o no”. Los marinos, los militares, sabían perfectamente bien que nadie había robado nada, del mismo modo que sabían que nadie iba a atentar contra la integridad física de los miembros de las Fuerzas Armadas y sus familias como pretendieron hacer creer a través de la difusión de un absurdo Plan Zeta. Simplemente intentaban justificar lo injustificable: la represión, las masacres, la tortura, las violaciones.

Por ello, “alrededor de una hora después de haber llegado, continúa Humberto, me vendan, me ponen sobre la cabeza una capucha negra, me amarran las manos a la espalda y me sacan de la pieza. ¡Así que tú eres Carlos Nicolás! (administrador de la Compañía de Gas), me dicen mientras me dan un golpe en la boca del estómago. Perdí la respiración, me dan palos en la espalda, en las costillas, todo esto camino al interrogatorio. Siento que llegamos a una pieza, tomo aire: no, yo me llamo Humberto Arancibia alcanzo a decir. ¡Por qué no dijiste eso antes conche tu madre! Me gritan. Ahí me di cuenta lo que me esperaba, como iba a ser el tratamiento. En la sala de torturas me pegan con las manos abiertas en los oídos (teléfono), combos en el estómago, palos en las costillas. Todo el tiempo tenía las manos y los pies amarrados con alambre. En un momento pensé que me iban a colgar, pero en realidad lo que hicieron fue ponerme corriente. Esto se repitió muchas veces en medio de todo tipo de insultos”.

Luego de una interminable noche de tormentos Arancibia fue trasladado al buque Lebu. “Parecía un barco pirata -señala Humberto- con hombres hacinados en las bodegas del barco. Estaban barbones, algunos con el pelo cortado a cuchillo, con abrigos, frazadas, sucios y hambrientos. A veces nos tiraban pedazos de pan y lo compartíamos entre todos. Lo mismo hacíamos cuando, por milagro, aparecía una naranja. La comíamos entre seis, hasta la cáscara nos comíamos. Más adelante nos daban fideos, masas de fideos más bien. También porotos llenos de gorgojos. Cada comida era vigilada por marinos armados. No todos comían sí, había un compañero de apellido Villarroel a quien mantenían en una jaula desnudo y nunca le daban de comer.

Los marinos nos obligaban a levantarnos a las seis o siete de la mañana. Subíamos a la plataforma del buque y nos manguereaban desnudos en el frío de la mañana. Está claro que no teníamos dónde hacer nuestras necesidades y, en algún momento, pusieron mitades de tambores de aceite -que llamaban ‘chutes’- donde comenzamos a orinar y defecar”.

En el Lebu se denigraba a la gente, se intentaba deshumanizar al supuesto enemigo, hombres y mujeres, sin importar la edad. También se interrogaba y torturaba. Los interrogatorios selectivos y más brutales se llevaban a efecto en la Academia de Guerra Naval. Allí fue llevado nuevamente Humberto. “Me dijeron que me había reído de ellos la primera vez, me pusieron un paño en la boca y me tiraron contra la muralla y comenzaron a golpearme. Perdí la noción del tiempo, del espacio, pensé que me iban a matar. El estar ahí, aunque no te torturan era igual, porque se sentían gritos, golpes, lamentos desgarradores de gente que se moría. Siempre se estaba en un estado emocional tenso, sabías que después te iba a tocar a ti, ibas a pasar por el mismo proceso. No se tenía ninguna esperanza, no sabías si ibas a salir vivo. Eran varios los que se habían intentado suicidar lanzándose por alguna de las ventanas del cuarto piso de la Academia o golpeándose contra unos pilares que había en la sala grande”.

Llegaba a tal punto el pánico, la desesperación, la violencia contra gente indefensa, que no fueron pocos los que prefirieron morir a continuar soportando el horror de la tortura. Sin embargo, el almirante Arancibia insiste en que en los recintos navales jamás se torturó. Incluso en aquellos lugares donde no se interrogaba, imperaba un régimen de represión permanente y de castigos humillantes para los presos políticos. Tal es el caso del campo de concentración de Isla Riesco o Melinka, ubicado en Colligüay al interior de Valparaíso. Allí, cada vez que llegaba un nuevo grupo, se organizaba en la noche, cuando los prisioneros se encontraban encerrados en sus cabañas, un montaje de amedrentamiento. Se oían ráfagas de ametralladoras y fusiles automáticos, se explotaban minas del sector que rodeaba el campo, amén de gritos y carreras. Al día siguiente se informaba a los prisioneros que un grupo de “extremistas” había intentado rescatarlos durante la noche y que habían sido eliminados por la guardia del campo. Si sucedía nuevamente -advertían- lo primero a eliminar era el peligro interno, es decir, los presos.

TORTURAS A MARINOS DEMOCRÁTICOS

Además, se castigaba a muchos sumergiéndolos en pozos de excrementos y orina, a culatazos, hundiéndoseles en la basura u obligándoles a correr a latigazos. Eran los infantes de marina los que torturaban de esta manera. Y tenían experiencia, pues fueron los que iniciaron la práctica masiva y sistemática de la tortura en agosto de 1973 al detener y flagelar a un grupo de marinos constitucionalistas que denunciaron los intentos golpistas de la Armada. Antonio Ruiz, cabo segundo, mecánico electrónico con mención en control de fuego, fue uno de ellos. Antonio Ruiz recuerda vívidamente el día en que fue detenido, “fue el 7 de agosto de 1973 en Talcahuano. Oficiales de inteligencia me sacaron de la unidad para trasladarme al Fuerte Borgoño. Allí había un escuadrón de al menos doce cosacos esperándonos. Me obligaron a sacarme la ropa y comenzaron los golpes, comenzó el tratamiento de guerra. Pasamos a ser el enemigo. Para los infantes de marina era una práctica en vivo, fuimos sus conejillos de indias. El oficial que nos interrogaba, para que no se notaran los golpes, usaba guantes mojados. Nos metían en tambores de excrementos y orina; dos cosacos nos sujetaban de las piernas y nos hundían en los tambores hasta que no podíamos respirar. Era tal la desesperación ante la tortura y las amenazas que al final uno se rebelaba y encaraba al oficial gritándole: ¡mátame conche tu madre! A ellos no les importaba lo que uno decía o sentía; al contrario, perfeccionaban las técnicas de tortura día a día. Al poco tiempo ya no te sujetaban por las piernas, sino que habían instalado una roldana desde donde te lanzaban al tambor con excrementos. Nos tenían amarrados de pies y manos, nos amenazaban de muerte y hubo muchos simulacros de fusilamiento. Eramos como 50 los detenidos, pero finalmente quedamos menos de la mitad. Había gente de filiación azul (Asmar) y de filiación blanca, tanto de la dotación Escuela como de la Escuadra. Posteriormente fuimos derivados a la cárcel de Talcahuano en tránsito y, finalmente, a la cárcel de Concepción. Allí nos pilló el golpe, nos despertamos con los disparos, presentimos la muerte, Carabineros se hizo cargo del presidio y nos amenazó con que tendríamos que pagar. Se hizo un simulacro de fusilamiento y toda mi vida pasó delante de mí, muy rápido. Esperaba con los ojos cerrados la muerte. Afortunadamente no sucedió nada y, eventualmente, fuimos traslados a Valparaíso, pasando por el campo de concentración de Isla Riesco o Melinka, cuartel Silva Palma y la cárcel pública del puerto. Otros marinos democráticos fueron detenidos y torturados en el Fuerte Miller de la Infantería de Marina en Las Salinas, y en la Escuela de Ingeniería de Viña del Mar.

A 26 años del golpe de Estado iniciado en Valparaíso, el almirante Jorge Arancibia sigue negando que la Armada violó masivamente los derechos humanos. Entonces ¿por qué habría que creer en sus supuestas buenas intenciones al impulsar junto al gobierno una “mesa de diálogo” destinada -también supuestamente- a poner término al problema de los derechos humanos?

Ningún aparente gesto conciliatorio puede ocultar el hecho irrefutable de que el sacerdote obrero Michael Woodward fue asesinado en la Esmeralda, su Esmeralda, señor almirante

RESPONSABLES DE TORTURAS DE LA ARMADA

Vicealmirante. Adolfo Walbaum Wieber, Cdte. I Zona Naval

Vicealmirante. Pablo Weber Munnich, Cdte. en Jefe de la Escuadra

Contraalmirante Hugo Cabezas Videla, Jefe E.M. de la Armada

Capitán de Navío (CN) Sergio Huidobro Justiniano,

Cdte. Cuerpo Infantería de Marina (IM) C.N. Guillermo Aldoney Hansen, Jefe EM. I Zona Naval

C.N. Marcos Ortiz Guttmann, subjefe EM.Armada

C.N. Carlos Borrowman Sanhueza, director Escuela Naval Arturo Prat

C.N. Raúl López Silva, director Academia de Guerra Naval

C.N. Homero Salinas Núñez, director Escuela de Ingeniería Naval

C.N. Arnt Arentsen Pettersen director Escuela del Cuerpo de IM

C.N. Jorge Sabugo Silva, Cdte. Buque Escuela Esmeralda

C.N. Hernán Sepúlveda Gore, Cdte. Destacamento IM “Miller” de Viña del Mar

C.N. Cristián Sloraker Pozo, Jefe EM de la Escuadra

C.N. Oscar Horlscher, Director Hospital Naval Almirante

Capitán de Fragata (CF) Jorge Davanzo Cintolesi, Director Escuela de Armamentos

CF.Víctor Valverde Steinlen, director Escuela de Operaciones Navales

CF. Hernán Soto-Aguilar Cornejo, subdirector Escuela Cuerpo IM

CF. Jorge Valdés Romo, subdirector Escuela Naval Arturo Prat

CF. Patricio Villalobos, Cdte. Base Aeronaval de El Belloto

CF. Ernesto Huber Von Appen, Cdte.Aviación Naval

CF. Julio Vergara, Jefe Servicio de Inteligencia Naval, I Zona Naval

Cte. Santa Cruz IM, Cuartel Silva Palma, Valparaíso

Cap. Bunster, IM Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Cap. Jaeger, IM Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Cap. Koeller, IM Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Cap. Acuña IM, Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Tte. Federico Stigman Servicio Inteligencia Naval

Tte. Luna, IM Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Tte. Tapia, IM Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Tte. Maldonado, IM Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Tte. Alarcón, IM Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Tte. Letelier, IM Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Tte. Boetsch, IM Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Tte. Schuster, IM Fuerte Borgoño, Base Naval de Talcahuano,

Tte. Luis Rebolledo IM, Motonave Lebu

Tte. Guillermo Morera IM (r) Motonave Lebu

Tte. Rafael Yussef ( r) Motonave Lebu

Tte. Rodriguez IM, Buque Escuela Esmeralda

Tte. Juan Gonzalez IM, Campo de Concentración de Isla Riesco

Suboficial Aguayo IM, Campo de Concentración de Isla Riesco

Cabo Soto IM, Campo de Concentración de Isla Riesco

Cabo Bustos IM, Campo de Concentración de Isla Riesco

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Revista PuntoFinal.cl

Nº 581

26 de noviembre, 2004

TORTURADA en la “Esmeralda”

La furia la estremece y desgarra, cada vez que María Eliana rememora el dolor y la humillación de la tortura, aquí, en el Valparaíso de los vientos, en el hermoso caos del puerto de todos, a pasos de la bahía donde, hace treinta años, estuvo anclado un velero que le cambió la vida para siempre. La furia estremece los sentidos y desgarra la piel, porque la Armada continúa negando lo evidente: que detuvieron y torturaron a millares de chilenos y chilenas. Y está claramente establecido que el buque escuela Esmeralda fue utilizado como centro de detención, tortura y asesinato, tal como sucedió con otras dependencias de la Armada, el buque Lebu, la Academia de Guerra Naval, el cuartel Silva Palma, entre otros. En todos ellos estuvo María Eliana Comené. Hoy, tres décadas después, la joven estudiante universitaria de esa época, recuerda el doloroso periplo que compartió con miles de víctimas de la represión militar que, en el puerto, vistió por sobre todo uniforme de marino.

En la “Esmeralda” fue asesinado el sacerdote Miguel Woodward y, además, se torturó a mucha gente. Usted estuvo también ahí…
“Sí, a mí me detuvo Carabineros el 13 de septiembre, al mediodía, en mi casa. En un bus me llevaron a la 4º Comisaría en Viña. Luego me trajeron a la intendencia de esa época, hoy Primera Zona Naval. En la noche, alrededor de las once, los marinos nos llevaron a la Esmeralda. Al llegar al barco nos bajaron a empujones por las escaleras. Estaba a oscuras, pero no iba vendada y por eso me di cuenta que era la Esmeralda. Nos tiraron hacia donde estaban los camarotes de los oficiales, no eran de los marinos, porque eran salas grandes con tres camarotes en fila. Me pasaron inmediatamente al baño, un baño enorme donde me hicieron desvestirme y dejar la ropa en una banca de madera. Y me empezaron a revisar, a ver si tenía alguna cosa escondida en el cuerpo, por lo tanto a meterme los dedos en la vagina, en el ano, mirarme los oídos, la nariz. Era un grupo de muchachos, todos con caras pintadas de negro, no sé si eran oficiales, porque todos vestían iguales”.

El tratamiento violento y humillante fue desde un comienzo, entonces…
“Sí, claro. Luego me pasaron a la ducha, y ese fue quizás para mí el momento más difícil, aunque después lo pasé peor. Ahí me sentí tremendamente vejada, humillada por ser obligada a estar desnuda, por las tocaciones sexuales, los comentarios que hacían, las burlas de todos los marinos. Hasta ahora tengo una pesadilla: estoy en un baño y en el baño pasa mucha gente y no puedo estar tranquila. Entonces, me despierto llorando.
Después los marinos me tiraron a la última litera en un camarote. Me tocó la tercera litera de arriba. Me di cuenta que estábamos separados: los hombres estaban tras una cortina hecha con frazadas. Los hombres estaban muy mal, a ellos los torturaban de manera brutal. Yo los veía cuando llegaban, por ejemplo Sergio Vuscovic, alcalde de Valparaíso durante la Unidad Popular, tuvo un ataque de vómito, de sangre. Los compañeros, muchos de ellos ex autoridades y dirigentes de la zona, llegaban arrastrándose, pero no se quejaban.
Me hicieron dos interrogatorios en la Esmeralda, todos violentos, humillantes, con golpes y abusos sexuales. Les causaba placer torturarnos, disfrutaban tocando para saber tu reacción, esperaban que gritáramos, pero gritar, para mí, era peor. A veces era mejor dejar que hicieran lo que quisieran para que te dejaran tranquila. También, si nos movíamos o pedíamos permiso para ir al baño, nos pegaban con las culatas, no nos dejaban dormir. Estábamos en un camarote rodeadas de armarios metálicos. No podíamos saber si era de día o de noche, sólo escuchábamos gritos, llantos de las compañeras que suplicaban que no las tocaran. Había una alemana a la que la golpeaban constantemente. Había mujeres de todas las edades, incluso niñas de quince años y eran torturadas física y psicológicamente. Para soportar la situación yo contaba los pernos y los remaches del buque. Así me abstraía del horror de la Esmeralda. Y ahí estuve hasta que nos sacaron a todas, yo fui una de las últimas que salí”.

¿Adónde las llevaron?
“Nos trasladaron al Lebu, un buque de la Compañía Sudamericana de Vapores, de Ricardo Claro, que se lo había cedido a la Armada para los prisioneros. La Esmeralda estaba casi al final del molo y el Lebu estaba en la punta. Nos llevaron en un bus y era impresionante, porque estaba el molo cubierto de gente en el suelo, todos prisioneros. Los marinos nos metieron en un camarote, a diferencia de los hombres que estaban en las bodegas del barco. Los camarotes eran pequeñísimos y habíamos dentro unas 25 mujeres. Tanto que en la noche teníamos que dormir sentadas en el suelo con las piernas recogidas. En turnos nos poníamos cerca de la puerta para tomar un poco de aire, aunque había un marino de guardia que no nos dejaba acercarnos.
En el Lebu no estábamos encapuchadas, así que conocíamos muy bien a los marinos y, al igual que en la Esmeralda, éramos mujeres de todas las edades. De hecho, un día llegó una niña de uniforme escolar. Nos tenían encerradas y nos daban comida una vez al día, tallarines, porotos con gusanos y arvejas secas en caldos indefinibles. De repente llegaba un pan, una fruta, pero era la excepción”.

VIOLACION EN EL LEBU

¿En el “Lebu” los marinos también torturaban?
“No sólo los marinos. También había carabineros y civiles que torturaban. En una ocasión, cuando me tocó el turno de acercarme a la puerta del camarote para respirar mejor, se asomó a la ventanilla un teniente de Carabineros que conocía, porque había sido detenida antes del 73 en Valparaíso, en la acción de retoma de la Universidad Católica. Me llevaron a la comisaría Barón y trataron de revisarme, pero me defendí y fue ese teniente el que me golpeó y, luego me dejó botada en una celda. Era el mismo teniente Pérez que aparecía en el Lebu y me quedó mirando, con odio. El, con otros carabineros y marinos, empezó a llamar a las mujeres; primero mandaron a buscar a una joven de chaleco blanco, luego llevaron como a cinco o seis jóvenes, hasta que al final, me llevaron a mí. Era un camarote desocupado, enorme, que estaba en una esquina. Estaba muy oscuro, pero a él lo vi claramente porque no estaba encapuchada. Además, me recibió con groserías y diciendo “ésta es la chora que quiero” y gritando “defiéndete ahora, huevona”. Me sentó a empujones en un sillón y empezó a tocarme y golpearme, me desvistió a la fuerza y ahí mismo me violó. Hizo lo que quiso conmigo y los otros que se encontraban en el camarote se reían y burlaban. Después, me ordenó vestirme y peinarme, me obligó a ordenarme antes de salir. Además de los garabatos me dijo: “Ya nos vamos a ver de nuevo”.

No fui la única torturada en el Lebu, por supuesto. Cuando llegaban las mujeres al barco, primero pasaban por la sala de tortura y después las tiraban al camarote. Alrededor de diez días después, me mandan a llamar de la Academia de Guerra, y ahí empezó nuevamente el terror. Me interrogaban los marinos y carabineros”.

¿La Academia de Guerra Naval fue el principal centro de detención y tortura de Valparaíso?
“Sí, cuando llegué a la Academia, el primer día me pasaron inmediatamente a interrogatorio y me empezaron a hacer el teléfono, a golpear los oídos con ambas manos abiertas. Yo sabía que para aliviar el dolor tenía que gritar y empecé a gritar, y un compañero, que no sé quien es, que estaba en la misma pieza parece, empezó a reclamar por lo que me hacían. Y le pegaron de tal manera que se sentían los golpes, los quejidos. Fue horrible y tuve que dejar de gritar. Así se dañaron mis tímpanos. En la Academia estuve aproximadamente tres semanas. Me sacaban todas las noches para interrogarme. Preguntaban acerca de supuestas armas, pero era para amedrentar, para dejarte a nivel de cosa y no de persona.
En la Academia se escuchaban gritos día y noche. A mí me golpearon, me violaron y me aplicaron electricidad. La corriente era horrible, porque da espasmos que no se pueden controlar. Y te ponían corriente en los pechos, la vagina, la boca, quemaduras de cigarro en las nalgas, en los brazos y en los muslos. Una noche me llevaron y me sacaron la ropa: me obligaban a desnudarme cada vez que decía un no, o que daba una respuesta que no les satisfacía. Me sentí tremendamente vejada, empezaron a tocarme, a manosearme, a hacerme cosas. Me devolvieron a la sala como a las cuatro de la mañana o más tarde, porque estaba aclarando. Me puse a mirar por los hoyitos de las ventanas tapadas con banderas de los barcos y empecé a llorar. Un compañero se dio cuenta y me abrazó. Nadie se movió, excepto él. No me preguntó nada. Fue una cosa muy linda. Te hace sentir que no estás sola.
Lo concreto es que te van ablandando físicamente, con golpes, con violaciones, con electricidad, y después llega el golpe psicológico, cuando ya no te quedan defensas. De hecho, había una carabinero mujer que me interrogaba violentamente, con mucho ataque psicológico. Los marinos nos sacaban a las mujeres para divertirse con nosotras, para abusar sexualmente. Y siempre estábamos encapuchadas o vendadas. El teniente Pérez, de Carabineros, también estaba en la Academia, ahí lo vieron varias personas. Tenía rango, en el Lebu hacía lo que quería. Recuerdo muy bien que andaba con pistola, y en un momento la tomó, no sé para qué, pero pensé que me podía matar, realmente creí que iba a salir muerta”.

CARA A CARA CON EL TORTURADOR

Tengo entendido que se encontró con uno de sus torturadores. ¿Cómo fue eso?
“Al hombre no lo volví a ver nunca más después de mi detención. Sin embargo, hace poco tiempo estaba en el café de Falabella, en Valparaíso, con una amiga. De repente me quedé helada, porque a pesar de que ha cambiado mucho, no sé si fue por los ojos o por instinto, lo reconocí. Entonces le digo a mi amiga: ‘Oye, mira, el paco Pérez’. Estaba conversando con un viejo, y me quedé paralizada. Yo había pensado muchas veces lo que le iba a decir cuando lo viera. Pero no fui capaz de moverme; pagamos rápidamente y salí, pasé por su lado, lo miré, pero no me atreví a hacer nada. Me tiritaban las piernas. Y estaba tan enojada conmigo después. Estaba indignada conmigo misma.
Yo hice una declaración en Punto Final hace un par de años. Ahí menciono a Pérez. Un ex preso político, que era carabinero y también trabajó en la Comisaría de Viña del Mar en ese tiempo, me dijo que se llamaba Carlos Pérez San Martín, y que es gerente de operaciones del club Santiago Wanderers. Desde que le hicimos una funa estoy más en paz. Pero cuando lo veo, me vuelvo a acordar del café y me da mucha rabia, me dan ganas de ir a hablar con él. Pero todo el mundo me ha dicho que no lo haga, es peligroso, dicen que es matón, que tiene gente. Entonces no me he atrevido, ha pasado tanto tiempo…

Pero el azar permitió que usted se cruzara con el ahora capitán (r) Carlos Pérez en el supermercado…
“Sí, hace poco estaba en la fila de la carnicería del supermercado cuando alguien me pasa a llevar, me doy vuelta y me encuentro cara a cara, a no más de diez centímetros, con Carlos Pérez, con mi torturador.

Le pregunté: ¿No se acuerda de mí?
– No señora. ¿Dónde la conozco? respondió.
– La ultima vez que nos vimos fue en el Lebu
– ¿En el Lebu? Yo no tengo ningún problema con derechos humanos, dijo inmediatamente, delatándose solo.
A mí esto no me lo contaron, le dije. No se me van a olvidar nunca su cara ni su voz, porque usted me echó a perder la vida. A esas alturas ya tenía un nudo en el estómago, pero no podía perder la calma, era importante mantener mi dignidad a pesar de todo. Pero siguió negando todo, como hacen los cobardes. Como han hecho los militares todo este tiempo”.

COBARDIA DE LA ARMADA

¿Cree que el informe sobre prisión política y tortura servirá para hacer justicia en su caso y en tantos otros?
“Cuando entregaron el informe al presidente Lagos pensé que no era cierto. Es algo que nunca esperé ver en vida, pero después surgió el enojo. Primero, porque la derecha sigue diciendo que somos todos responsables. Pero haber tenido ideas de Izquierda no es equivalente a haber torturado y matado. Realmente, es vergonzoso el aprovechamiento político. Soledad Alvear jamás ha hecho nada y ahora que es pre-candidata saca la voz. Lo que diga el presidente Lagos no es importante. Lo que nos interesa es que el informe se publique completo, que se sepa lo que hicieron estos criminales”.

El almirante Vergara, comandante en jefe de la Armada, dice que él pone las manos al fuego por sus hombres.
“El almirante Vergara se va a quemar. Da rabia la cobardía de la Armada al no reconocer sus crímenes. El ahora senador Jorge Arancibia era capitán de fragata a cargo de un barco en San Antonio. También me merece dudas que diga que no sabe nada. Ahí estaba Tejas Verdes y no sólo participaba Contreras en la represión, también había marinos. La Armada abusó de las personas en sus dependencias. A mí me detuvieron, torturaron y violaron marinos”.

¿Han pasado treinta años y por primera vez se conocerá, al menos de manera sistemática, lo sucedido a miles de torturados. ¿Ayudará esto a aliviar el dolor de las víctimas?
“Hay consecuencias físicas y psicológicas profundas. Tienes que empezar a convivir con esto, siempre he dicho que soy exiliada y nunca voy a acostumbrarme. No es mi Chile, es un Chile que a mí no me ha dado nada, al contrario, me quitó mucho. Las pesadillas nunca se me han pasado. Me despierto angustiada, porque creo que estoy detenida en la Esmeralda, cuando los marinos con la cara pintada me desvisten, me revisan, me meten al agua. Es el primer signo de humillación, donde enfrentamos al enemigo de manera real. No puedo olvidar, porque a mí me golpearon, me pusieron corriente, me violaron y me contagiaron gonorrea, cosas que ni siquiera mi familia sabe.

Hace un par de años subí a la Esmeralda acompañando a periodistas de la BBC de Londres. Empecé a sentir los olores, los gritos, todo lo que había sentido antes. Caí en una profunda depresión, hice crisis de pánico y estuve encerrada en mi casa cuatro meses. Fue horrible, no dormía, las pesadillas eran continuas. Ningún informe hará olvidar lo que pasamos, lo que sufrimos”

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The Clinic

19 de Marzo 2004

Las empresas de la tortura 

Walkiria fue detenida pocos días después del Golpe de Estado en el regimiento Maipo en Valparaíso. Tras varios días de interrogatorios, fue trasladada junto a otras 16 mujeres al centro de torturas de Villa Grimaldi, en Santiago. El trayecto entre un infierno y otro no lo hizo en camiones del Ejército. La Walki -como la llaman sus amigas- recuerda que ese viaje, que pudo ser el último de su vida, lo realizó a bordo de un camión cerrado que pertenecía a la Pesquera Arauco.

Según ella y otros ex presos consultados por The Clinic, esta empresa de la V Región puso disposición de los militares todos sus vehículos, los que sirvieron tanto para el traslado de prisioneros como del personal de la Armada. Pesquera Arauco no es el único caso de una compañía privada que prestó una infraestructura que terminó siendo usada para torturar y asesinar chilenos. Por el contrario, en los diferentes proceso por las violaciones a los derechos humanos emergen reiteradamente empresas grandes y pequeñas que colaboran libremente con material e información: un aporte que tuvo un rol determinante en la extensión del horror.

Entre estas empresas destaca la Sudamericana de Vapores. Desde el mismo 11 de septiembre la compañía puso a disposición de la Armada dos de sus barcos.

Uno de ellos, el Maipo, trasladó a 380 detenidos desde Valparaíso hasta Pisagua. Muchos de sus pasajeros perdieron la vida. El otro barco facilitado fue el Lebu, que cumplió el rol de cárcel flotante. Más de dos mil personas pasaron por sus bodegas y camarotes.

María Eliana Comene fue una de ellas. Cuenta que entre el 19 y el 20 de septiembre la sacaron de el Buque Escuela “Esmeralda” y la trasladaron al barco de la Sudamericana.

Recuerdo que el muelle estaba lleno, pero lleno de gente. Las personas estaban botadas como bultos en el suelo. En el Lebu, a los hombres los metieron en la bodega y a las mujeres nos llevaron a unos camarotes. Éramos tantas que para dormir teníamos que sentarnos con las rodillas tomadas. Nos podíamos bañar con agua helada, pero antes de las seis de la mañana, porque después se cortaba el agua.”

Muchas de las personas que pasaron por el Lebu aún se encuentran desaparecidas. Los que sobrevivieron, no pueden olvidar las interminables torturas que sufrieron en el barco facilitado por la naviera.

Algunas instituciones educacionales privadas, también colaboraron con la violación de los derechos humanos. Es el caso de la Universidad Federico Santa María, cuyas instalaciones fueron usadas para interrogar y detener a personas que venían, fundamentalmente del barrio Los Placeres, de Valparaíso. La universidad también desalojó a los alumnos del internado, para que durmiera allí la guardia militar. Muchos detenidos fueron trasladados desde ahí a la Academia Guerra Naval, donde se realizaba el interrogatorio duro y por donde pasaron cerca de mil 500 personas.

En provincia, empresas medianas y pequeñas ofrecieron una colaboración entusiasta. En Osorno, la Fabrica Elaboradora de Cecinas, FELCO, facilitó sus bodegas, para la detención de presos políticos. Allí estuvo detenido Hernán, quien prefiere reservar su apellido, pues aún le pesan los años de dictadura. Recuerda que llegó encapuchado a un lugar que no conocía: un galpón metálico de 10 por 10 metros. Pero varios de los 150 detenidos identificaron rápidamente el sitio y se lo comunicaron al resto: estaban en las bodegas de FELCO. En el lugar sólo había un baño y las condiciones de hacinamiento eran terribles. Tras un par de días Hernán fue trasladado al Estadio Español de la ciudad, otro recinto facilitado por privados.

El abogado de derechos humanos Hiram Villagra afirma que la represión militar dependió en gran medida de la responsabilidad de civiles, pues “sin la complicidad de ellos la dictadura no hubiese tenido ni la crueldad, ni la intensidad y mucho menos la duración que tuvo”. Agrega que “muchos privados terminaron prestando sus servicios a la dictadura y aplaudiendo el golpe, sabiendo que el final era una represión”.

Una de las muestras más feroces de los servicios voluntarios se encuentra en Paine, donde 70 campesinos de la zona fueron ejecutados en las semanas siguientes al Golpe de Estado. Durante años, las organizaciones de derechos humanos acusaron a varios pequeños empresarios agrícolas de haber facilitado vehículos y de haber participado directamente en las muertes. A comienzos de marzo, la jueza María Estela Elgarrista les dio la razón y procesó a un carabinero y dos civiles por el delito de secuestro y homicidio calificado. Los civiles, Claudio Oregón Tudela, Juan Balcázar Soto, son pequeños empresarios de la zona.

Las listas

Un porcentaje considerable de ex presos políticos y desaparecidos fue detenido en su mismos lugares de trabajo. Esto ocurrió porque otro gran servicio prestado por las empresas a la naciente dictadura, fue la elaboración de listas negras, que a la larga terminaron siendo para muchos, listas de la muerte.

Juan Báez trabajaba en la empresa Portuaria de Valparaíso como pañolero y fue detenido el 30 de septiembre por una patrulla naval al presentarse a sus labores. Varios operarios de la empresa corrieron la misma suerte y hoy Báez está convencido de que la lista fue elaborada dentro de la compañía.

Algo similar a lo ocurrido en la ENAMI, donde 276 de sus trabajadores fueron anotados como “traidores” o “personas peligrosas para las faenas de la empresa”. Gran parte de ellos fue ejecutado. Lo mismo ocurrió en la Industria Textil Viña y la Unión Lechera de Aconcagua.

Muchos trabajadores detenidos a raíz de estas listas negras ni siquiera tenía preferencias políticas claras y fueron expuestos a la violencia por venganzas personales. A raíz de las torturas muchos quedaron con secuelas que les impidieron volver a trabajar, afectando radicalmente la calidad de vida de sus familias. Juan Báez, por ejemplo, quedó con severos problemas en la columna y una ceguera parcial tras pasar 17 días infernales en un centro de detención de Papudo. Hasta la actualidad, no puede realizar ningún tipo de actividad física pesada, como la que realizaba cuando era empleado de la Portuaria de Valparaíso.

Con todo, a Báez no le fue tan mal como a un grupo de trabajadores de la empresa Elecmetal, propiedad de Ricardo Claro. Según relata Mario Fernández, ex trabajador de esa compañía, él mismo presenció como sus dos hermanos y varios miembros del sindicato fueron citados a la oficina de la gerencia por el interventor militar Patricio Altamirano, el gerente Gustavo Ross y el director, Fernán Gazmuri. Los trabajadores salieron de allí esposados y en poder de carabineros. No se les volvió a ver con vida.

“Meses antes que viniera el golpe, el gerente Gustavo Ross, citó a mi hermano Juan para conversar. Le dijo que si no dejaba libre a la empresa, sufrirían las consecuencias,” relata Mario Fernández. Para él está claro que Elecmetal lo entregó para que fuera asesinado.

El abogado Juan Agustín Figueroa, que formaba parte del directorio de la compañía cuando ocurrieron los asesinatos, desmiente las declaraciones de Fernández.

“Nadie se le pasó por la mente que los detenidos iban a parar a una patrulla militar y que iban a aparecer baleados,” dice el penalista. Pese a ello, Fernández sostiene que aunque la empresa estaba intervenida por los militares, era Ricardo Claro el que daba las ordenes ahí, vía telefónica. “El nunca perdió el poder. Y todos sabían lo que iba a pasar. Sabían en qué condiciones estaban matando a los trabajadores“, reclama.

Certificados

La Universidad Católica de Valparaíso no escapó a esta ola de soplonaje. Tras el golpe, la UCV quedó en manos de un marino quien contó con mucha colaboración voluntaria y espontánea de profesores y alumnos para elaborar listas de alumnos indeseables. Cuando se reanudaron las clases, los alumnos debieron presentarse en un galpón de la escuela de Ingeniería donde les informaban si estaban “sin problemas”, “condicional” o “expulsados”. Estos últimos recibieron un certificado en el que se los acusaba de “ser un peligro para la actividad académica de la universidad, por su condición de extremista violentista”. Ese fue el caso de Enrique Núñez, quien por entonces estudiaba agronomía. No solo fue expulsado sino borrado de los registros de la universidad.

Peor suerte corrieron al menos tres estudiantes de la UCV incluidos en esa fatídica lista. María Isabel Gutiérrez y Alfredo García fueron llevados al Regimiento Maipo dónde se les perdió el rastro; en tanto, Silvio Pardo, estudiante de derecho, desapareció en el Cuartel Silva Palma.

Núñez cree que la UCV está en deuda con esas personas y que una forma de reparar su colaboracionismo “sería que la universidad, en un gesto digno, les diera un titulo póstumo a todos los que fueron víctimas de la represión. Eso no les cuesta un peso. Pero falta la voluntad política para enfrentar las culpas propias”.

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GOÑI. PARENTELA
Los Goñi en la Armada de Chile

Solicitamos el retiro del monumento a Toribio Merino y la remoción del nombre “Merino” de un navío y de salas en dependencias de la Armada.

Estimados (as) amigos (as):

                                                  Les escribo a fin de solicitar vuestro apoyo en la campaña que hemos lanzado un grupo de ciudadanos -entre ellos numerosos militares que se opusieron al golpe de Estado en 1973-  a fin de solicitar el retiro del monumento a José Toribio Merino Castro, que se alza, desde mayo de 2002, en los jardines de la antigua Escuela Naval y actual Museo Marítimo, visible desde el Paseo 21 de mayo, en Valparaíso. También para requerir laremoción del nombre “Merino” de un navío de la Armada, de una sala del Museo Marítimo Nacional y de un auditorio ubicado en la ex Academia de Guerra Naval.
 
   Esta petición será dirigida a la Presidenta de la República, Sra. Michelle Bachelet Jeria, acompañada de varios miles de firmas. Para firmar y conocer la lista de firmantes hay que hacer clic en el siguiente link:

Como descendiente de Héroes de la Marina y de ilustres marinos chilenos que sirvieron a su país ininterrumpidamente desde hace siglos, repudio este símbolo de la dictadura .

Adriana Goñi

MUSEO NAVAL Y MARITIMO DE VALPARAISO
 

(fotografías de W. F. L. )


Hacienda San Agustín de Puñual, Ninhue
Mayo de 1978
(Revista de Marina, N.3, mayo-junio, 1978)

Los Goñi I

PARTICIPACIÓN DE LOS GOÑI EN LA ARMADA

(texto y foto tomado del blog GOÑI parentela)
fotografía, tomada en Iquique, aparecen de izq a der: Vicente Palacios, Roberto Goñi, Luis Alberto Goñi y Florencio Baeza
El primer oficial de la Armada de Chile con el apellido Goñi, fue el capitán realista José Anacleto Goñi, quien al mando del bergantín de comercio “Aguila”, fue apresado en Valparaíso el 26 de febrero de 1817, engañado por la bandera española enarbolada en el castillo de San Antonio y armado posteriormente en guerra, convirtiéndose en la primera nave de la naciente Primera Escuadra Nacional.
José Anacleto Goñi, que posteriormente siguió sirviendo en la Armada por sus conocimientos náuticos, se había casado en Valparaíso el año 1805, con Maria Isabel Prieto Romero, teniendo cinco hijos: José Anacleto, Juan de Dios, Mónica, Eugenia y Susana.
En la presente investigación histórica – genealógica, nos centraremos solo en el estudio de la descendencia de los hijos varones.
José Anacleto Goñi Prieto, nació el 23 de junio de 1817 e ingresó a la Escuela Militar a los 15 años, en 1832, incorporándose a la Armada como Guardiamarina el 28 de marzo de 1837.
Embarcado en la corbeta “Valparaíso” participó en la acción de Islay entre las fuerzas peruanas del comandante Panizo y las chilenas de Robert Winthrop Simpson, cubriéndose de gloria el 18 de agosto de 1838, durante la captura de la corbeta “Socabaya” , hazaña dirigida por el Comandante Carlos García del Postigo Bulnes en El Callao.
Hecho prisionero por el Coronel Estanislao Correa, obtuvo su liberación después de la derrota del ejército de Mariscal Andrés de Santa Cruz.
Capitán de Corbeta en 1846, de Fragata en 1853 y Capitán de Navío en 1859, se desempeña entre los años 1861 y 1867 como Gobernador Marítimo de Valparaíso, siendo nombrado Mayor General del Departamento de Marina hasta 1872.
En 1870, al mando de la corbeta “O’Higgins”, visita Isla de Pascua en un viaje de instrucción de cadetes de la Escuela Naval. Durante su permanencia se efectuó el levantamiento topográfico de la isla.
El 6 de abril de 1873 asciende a Contra Almirante y es comisionado a Londres, con la misión de dirigir la construcción de los blindados “Blanco” y “Cochrane” y la cañonera “Magallanes”.
De regreso en Chile, en 1877 fue nombrado Inspector General de la Armada y al año siguiente miembro de la Junta de Asistencia.
El 9 de febrero de 1879, fue nombrado Director interino de la Escuela Naval en reemplazo del Coronel Emilio Sotomayor, quien había tenido que tomar el mando de las tropas que se preparaban en Antofagasta, ante la inminencia del inicio de la guerra contra Perú y Bolivia. Se supone que desempeñó el cargo hasta agosto de ese año. Posteriormente, cuando renunció don Eulogio Altamirano a la Comandancia General de Armas y Marina, el Almirante Goñi lo reemplazo.
Desde 1881 hasta 1886 fue miembro de la Comisión Calificadora de Marina y uno de los primeros y más entusiastas socios del Círculo Naval, creado el año 1885.
El 22 de julio de 1886, ascendió al grado de Vicealmirante y el 12 de septiembre de ese mismo año falleció, a la edad de 69 años, de los cuales, sirvió en la Armada de Chile.
El Vicealmirante José Anacleto Goñi Prieto, casó con la señora Carmela Simpson Baeza, hija del Almirante Roberto Simpson. Sus hijos, Luis Alberto y Roberto Anacleto Goñi Simpson, siguieron al igual que su padre la carrera naval.
El otro hijo varón del Vicealmirante José Anacleto Goñi Prieto, Juan de Dios Goñi Prieto, casó con la señora Rafaela Álvarez de Araya, teniendo los siguientes hijos: Felipe, Amanda, Luisa, Dominga, Anacleto y Juan Oscar.
De éstos tenemos que destacar a los dos últimos varones:
1.- Anacleto Goñi Álvarez de Araya, quien casó con una dama de apellido Torres, teniendo entre otros hijos a Anacleto Goñi Torres, quien a su vez casó con Mercedes Carrasco, padre del actual Ministro de Defensa Nacional, Don José Goñi Carrasco. Por lo tanto, Anacleto Goñi, abuelo del Ministro de Defensa, era hermano del héroe de la “Esmeralda”.
Jose Goñi Carrasco 1
2.- Juan Oscar Goñi Álvarez de Araya
Hijo de Juan de Dios Goñi y de la señora Rafaela Araya. Nació el 10 se septiembre de 1853. El 9 de agosto de 1875, a los 21 años, fue nombrado Contador Segundo interino y destinado a la corbeta “Chacabuco” al mando del Capitán de Fragata Oscar Viel Toro, zarpando hacia el norte, para permanecer de estación en el puerto de Mejillones, que en ese tiempo estaba bajo la jurisdicción de Bolivia, con el objetivo de cuidar los interese de los numerosos chilenos residentes en la zona. En abril de 1876 regresó al Departamento, Valparaíso, tocando en la isla de Juan Fernández llevando víveres para sus habitantes. En julio de ese, siempre a bordo de la “Chacabuco”, se dirigió a la zona del Estrecho de Magallanes, permaneciendo de estación, en un periodo de tensión entre Chile y Argentina por problemas limítrofes en la Patagonia. Al año siguiente regresó a Valparaíso y el 10 de noviembre trasbordó a la corbeta “O’Higgins”, que se encontraba al mando del Comandante Jorge Montt Álvarez, zarpando al Estrecho de Magallanes, para sofocar el motín realizado por la guarnición de la colonia penal de Punta Arenas, encabezada por Cambiazo.
El 25 de febrero de 1879, regresó al Departamento de Marina ubicado en Valparaíso, lo que en el día de hoy corresponde a la Comandancia en Jefe de la Armada, pasando a servir en la Comisaría General de Marina.
Al año siguiente, 1879, en el mes de febrero, se embarcó en la corbeta “Esmeralda”, zarpando al norte debido a los problemas surgidos con Bolivia. Participó en la ocupación del litoral boliviano y el 3 de abril, la Escuadra al mando del Contralmirante Juan Williams Rebolledo se dirigió a Antofagasta, desde donde se dirigió al puerto de Iquique, iniciándose a partir del 5 de abril el bloqueo de ese puerto, con el objetivo de forzar a la Escuadra peruana a enfrentarse con la chilena, ya que por Iquique, el Perú realizaba un importante comercio de exportación salitrera, base de la economía de ese país. Al no dar resultado el plan del Almirante Williams, se tomó la decisión de que la Escuadra atacara directamente en El Callao, razón por la cual se dejó manteniendo el bloqueo de Iquique a las dos naves más viejas de la Escuadra, la “Esmeralda” y la “Covadonga”.
De esta manera el Contador Goñi participó en el combate naval más glorioso de cuantos registra la historia naval de Chile. Pocas horas antes del hundimiento de la gloriosa corbeta, fue encargado por el Comandante Prat de destruir la correspondencia oficial, para lo cual él la arrojó al mar lastrada con un proyectil.
Sobreviviente del combate, fue rescatado del mar por los tripulantes del blindado “Huáscar”, hecho prisionero y posteriormente trasladado con los otros oficiales de la “Esmeralda” al pequeño pueblo de Tarma, ubicado en el departamento de Junín, interior del Perú. Estando prisionero recibió el ascenso a Contador de Primera Clase, por Decreto Supremo Nº 0696, fechado el 27 de junio de 1879.
Una vez capturado el “Huáscar” en la Batalla Naval de Angamos, el 8 de octubre de 1879 y la “Pilcomayo”, el 20 de noviembre, se firmó un protocolo para intercambiar prisioneros de guerra, de esta manera fue canjeado por el contador del “Huáscar” Juan Alfaro, siendo recibido con grandes honores en Valparaíso por las principales autoridades de Gobierno, recibiendo en esa solemne ocasión la medalla conferida por el Gobierno a los sobrevivientes del Combate Naval de Iquique y otra entregada por la Ilustre Municipalidad de Valparaíso a aquellos participantes en la Guerra que tenían residencia en la ciudad.
Una vez terminados los merecidos homenajes, se embarcó en el blindado “Huáscar” que se encontraba al mando del Comandante Manuel Thomson, dirigiéndose al norte, hasta Pisagua, donde formó parte del convoy que condujo al Ejército Expedicionario sobre Tacna. Luego, participó en la toma de posesión de Ilo y Pacocha, el 24 del citado mes, pasando luego a reforzar el bloqueo de Arica. Así, el 27 de febrero de 1880, se encontró presente en el combate que sostuvo el “Huascar” con el monitor “Manco Capac” y las baterías de Arica, en donde encontró la muerte el valiente Comandante Thomson.
Por problemas de salud tuvo que regresar a Valparaíso, quedando a partir del 13 de abril prestando servicios en la Comisaría General del Ejército y Armada.
Posteriormente, el 20 de noviembre de 1882, se embarcó en la corbeta “Chacabuco” de guarnición en Paita. En febrero del año siguiente, regresó a El Callao y en marzo participó en el bloqueo de Lomas y Chalas, permaneciendo en ese lugar hasta el 15 de junio, en que fue llamado a Valparaíso a prestar servicios a la Comisaría General de Marina, donde se mantuvo hasta el 16 de octubre de 1884, fecha en que por Decreto Supremo es llamado a calificar servicios, por problemas de salud, los que lo llevaron a dejar el servicio. Con posterioridad, en 1885, se le concedieron 10 años de abono, con lo que completó 23 años de servicios en la institución. Superados sus problemas de salud, es reincorporado al servicio desempeñándose en la Comisaría General de Marina.
Al iniciarse la Guerra Civil de 1891, apoyó el bando Presidencial o Balmacedista, derrotado éste en las Batallas de Con – Con y Placilla y terminado el conflicto, es llamado a retiro con efecto retroactivo a contar del 1 de enero de 1891.
El 16 de julio de 1896, fue reincorporado al servicio y destinado nuevamente a la Comisaría General de Marina, siendo ascendido el 21 de enero de 1897 al grado de Contador Mayor de Segunda clase.
Por Decreto Supremo sección 1º Nº 01938, del 22 de junio de 1900 se le extendió cédula de retiro absoluto de la institución.
Una vez retirado del servicio se radicó en la ciudad de Quillota donde falleció el 27 de noviembre de 1919 a los 66 años de edad.
Había casado con la señora Edelmira Urquiza, de la cual enviudó, sin descendencia.
Además de las medallas mencionadas anteriormente, recibió la medalla de oro correspondiente a la Primera Campaña de la Guerra del Pacífico, con las barras correspondientes al Combate Naval de Iquique y la del Combate Naval de Arica.
Roberto Anacleto Goñi Simpson, como se indicó anteriormente, era hijo del Vicealmirante José Anacleto Goñi Prieto, ingresó a la Escuela Militar en 1875, siendo nombrado Aspirante de la Armada el 2 de agosto de 1879, siendo embarcado en el blindado “Blanco Encalada”. El 4 de octubre estuvo presente en el ataque sobre Arica y el 8 tuvo una destacada participación en la Batalla naval de Angamos, teniendo el honor de cambiar la bandera peruana por la bandera chilena en el mástil del blindado “Huáscar”, recién capturado. Posteriormente estuvo en la captura de la cañonera peruana “Pilcomayo” en Punta Chacota, destacando en su acción por controlar el fuego que los propios tripulantes de la nave peruana habían provocado para evitar que la nave cayera en poder de los chilenos, acción reconocida por el propio Comandante en Jefe de la Escuadra, Contra almirante Galvarino Riveros Cárdenas.
Posteriormente pasó a servir al Ejército, distinguiéndose en Ite, Chorrillos y Miraflores, donde escapó de la granizada de balas enemigas. Terminada la guerra ascendió cada grado del escalafón del Ejército.
Entre sus más destacadas comisiones realizadas, destacó en la que al mando del Capitán de Fragata Ramón Serrano Montaner, debía reconocer la cordillera de los Andes y fijar la línea anticlinal en el territorio de Magallanes.
Iniciada la Guerra civil de 1891, formó parte del Ejército congresista, participando en las Batallas de Concón y Placilla.
Posteriormente, en 1894, fue adicto militar en Italia y formó parte de la comisión de adquisición de armamentos, municiones y equipos en Alemania y Austria.
Se retiró del Ejército el 4 de enero de 1913 con el grado de General de División.
Era casado con la señora Josefina Molina. No se tiene información sobre su descendencia.
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fotografía, tomada en Iquique, aparecen de izq a der: Vicente Palacios, Roberto Goñi, Luis Alberto Goñi y Florencio Baeza
Saludos
Jonatan Saona

Tomado del blog de Jonatan Saona http://gdp1879.blogspot.com/2011/08/roberto-y-alberto-goni.html#ixzz4hjMaCjWj

Juan Óscar Goñi

Contador Mayor de Segunda Clase

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Y el Peda de aquellos años…

 

 

Paula Varas G.
especial para G80

Y el Peda de aquellos años…

Hoy día la Anita Olivares puso la canción Heroicos …con dedicación “Para mis amigos, compañeros, hermanos” … y a mí… como el recorrido de Sabina bajándose en Atocha … me invadieron las imágenes del Peda …

Con los guardias azules, sus rectores designados, su separación de la Chile, con los sapos en medio de las asambleas

Con los pañuelos en el cuello, en el bolso, en la cara… con el pasamontañas sobre el pañuelo…

Con sus lienzos colgados… cada vez más altos… con la gente de la FECH… a veces tan lejana a nuestras peticiones… con la salida a la calle y  la  entrada de los pacos

La transformación en la UMCE, el asesinato de nuestros compañeros, y después las elecciones!!!… la Andrea, el Marcelo, el chico Manolo, la celebración en la calle…

La reja, o la pared que da a Ciencias, el muro, la llegada del hormigón armado… la cara de todos, la caricatura… los rayados… la copa de agua!!

Y después, el año decisivo… y los siguientes llenos de tanto dolor y muerte, que a pesar de todo, no logran destruir ni la utopía ni la esperanza.

Las calles rodeadas de militares y pacos

Los montones de asambleas y detenciones masivas que se confunden..

La pedida de la renuncia a Arriagada… ¡su renuncia!… la desmovilización.. las puertas cerradas, el letrero de aviso que desaparece, el aviso de desalojo, la fila para subir al furgón… (vista desde lejos para pasar lista)… la huida saltando la pared, el chico que no quiere escapar para quedarse con los estudiantes… nadie entiende nada, se llevan hasta a los fachos.

La comisaría Los Guindos, los gurkas encapuchados en el gimnasio, cae la noche, el cura Maroto preguntando por los detenidos, la espera interminable…

Las noticias transmitiendo las mentiras, los buzos deportivos requisados, los libros…

Las tardes en los alrededores, los Cisnes, Las Lanzas, los datos de los de Filosofía…

El spray que no escribe, las faltas de ortografía .. la fiebre aftosa de la Bartola!!… la molo que se cae y que se prende antes

La cafeta y el Casino Eduardo Vergara , el despacho del CEP y la biblioteca… el casino inundado y los casinos hechos en los extremos para dividir … el techo del casino y la cancha ¡las abejas!… los rayados matutinos o a mediodía…o en la tarde … o los que aparecían en la mañana después de un trabajo nocturno… los árboles ¡la alergia en primavera! ..

La prestada de casa para la reunión… que se transformó en fiesta

Los gritos… las canciones ¡¡los de música alegrando la vida!!!… y el pollo cantando… y el flaco con su canción de democracia, los de historia tan serios y creídos… Los y las de Básica y las chicas de diferencial tan solidarios… La gente del físico que quería pasar piola… o los que iban todos los días y no estudiaban ahí…

La subida del cerro los sábados… o los miércoles en la tarde

Con el cierre, con la apertura … con la expulsión… con la petición del reingreso…

La sala cuna junto al muro… y a las lacrimógenas… el rescate de los niños

La cara de alguien de ingles, pálido sobre el muro,después del roce de la bala…, el salto sobre el guanaco… la toma de la rectoría… el piano contra la puerta, ¡¡¡el Mozart tocando el piano!!!  los 5 días presa y los 21 restantes… la parka prestada… la lista en el bolsillo de la parka… el callejón oscuro, el carnicero… las preguntas del fiscal.

La comisaría de Davila, la lectura de cartas españolas y la barrida de todo el patio, la negativa a apagar la luz y la repartición de sacos de dormir y chocolate… Se publica la lista de autorizaciones de ingreso al país y mi nombre viene en ella.

Las marchas silenciosas, y las no tanto, … las salidas a la calle, las ida al centro todos juntos,el encontrarnos allá, los días de paro, los recorridos por medicina norte y Olivos, por Ingeniería, las visitas a la Placa… y las peñas en la Reina o en Ciencias Químicas…  y el encuentro con el IPS… y los Congresos y las carreras truncas… Y los días de Paro y trabajo poblacional.

Las conversaciones con la chica, con el JP, la celestina de los amores clandestinos, el Guille y su jeep, el lobito, el palomo, la Vale, el Alvaro, la Chiqui y los perdigones… la Anita y su vestimenta, el Daniel, el Claudio, el Carlos que en realidad no se llamaba Carlos y tantos otros..

Y tal como dice Joaquín Sabina… Pero siempre hay un sueño que despierta en Madrid… pues así  mismo… siempre hay un recuerdo que se queda en el Peda…

la canción Heroicos     Tributo a nuestra Generación del 80…a nuestras historias en el Pedagógico.

 

 

Paula Varas G.
29 de agosto de 2013 a la(s) 19:14

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Paula Varas: La niña de los brazos del presidente Salvador Allende, 42 años después

 http://platform.twitter.com/widgets/tweet_button.html?url=&via=PipeHenriquezO&text=Paula%20Varas:%20La%20ni%C3%B1a%20de%20los%20brazos%20del%20presidente%20Salvador%20Allende,%2042%20a%C3%B1os%20despu%C3%A9s:&related=PipeHenriquezO&count=horizontal&lang=es

Debe ser ésta, sin lugar a dudas, una de las fotos más emblemáticas del presidente Allende en su contacto con el pueblo, con los niños. Algo que, por lo demás, ilustra nítidamente la opción por los más pequeños y los más desprotegidos de su gobierno. Se advierte un primer plano con su figura impoluta dotada de un impecable traje oscuro y camisa blanca (seguramente con corbata y colleras, cuestión que no se alcanza a advertir) rodeado de pequeños niños sonrientes y expectantes, mientras sostiene a una feliz nena rubia de no más de 6 años en sus brazos -casi como esperando también su turno- pues la imagen parece captar más precisamente el instante en que el presidente Allende comienza a bajarla de sus brazos.
Hoy, 42 años después y a más de 14 mil kilómetros de Chile, hemos rememorado con la niña que protagoniza esa imagen, hoy convertida en una cientista social e investigadora de la URV, la universidad pública de Tarragona, Paula Varas G. Ella es, además de Asistente Social y Antropóloga, egresada del Magister en Ciencias Políticas, Máster en Metodología de la Investigación y doctoranda/investigadora. O sea, por formación no se ha quedado.
Este es resultado de esta interesante entrevista de Francisco Javier Alvear desde Tarragona, España.:

Paula Varas 40 años después


¿Tienes algún recuerdo de ese día de cómo se gestó esa foto?

Me acuerdo que fuimos con mi abuela, era una actividad con hijos de periodistas y funcionarios de La Moneda o algo así, creo que fue en diciembre del 72… Allende antes de tomarme en brazos había cargado a mi hermano René porque se había perdido, y lo levantó para que alguien lo identificara; por eso al pie de la foto sale mi hermana Claudia, mi tía Paloma, algunos amigos, mi abuela, porque todos nos acercamos a buscarlo… Recuerdo claramente que el hecho de que el Presidente me tomara a mí no fue azar ni casualidad ni mucho menos algo planificado por asesores o protocolo, sino que más bien se debió a una insistencia mía, del estilo “si tomaste a mi hermano, ¡yo también quiero!”.
O sea, ¿que hay otras fotos similares, digo con otros niños?
Fotos de Allende con niños hay muchas, porque él era súper cariñoso con los pequeños y pequeñas que se acercaban, de hecho la foto en que sale mi hermano era mucho más bonita.
¿Por qué crees que esta foto es más famosa?
Eso sí que se puede deber a la casualidad; no lo sé, hubo tantas fotos destruidas, quemadas o escondidas por miedo, será que ésta alguien se atrevió a guardarla y a mostrarla en algún momento. De hecho, nosotros partimos al exilio y te puedo asegurar que no nos llevamos ninguna foto.
¿Cómo fue esa salida?
En septiembre del ‘73 después de unos días en la Embajada, nos fuimos a México con prácticamente lo puesto; más de 10 años pasaron hasta que alguien le dio unos negativos a mi mamá, obviamente no eran las mismas fotos, pero había tomas desde distintos ángulos, en la mayoría, yo aparecía de espaldas, hasta que un día vi esta foto en la portada de un periódico en México y años mas tarde en el The Clinic en Chile.
Recuerdo que un día, mientras tomábamos el té, alguien llegó a la casa con un libro de imágenes del presidente Allende y nos pusimos a hojearlo. Apareció esta foto, pero también se dio la casualidad que entre la gente que había en la casa en ese momento, más de cinco salían en alguna de las fotos de ese libro. Fue algo muy bonito y emocionante.


¿Qué representa para ti ésta foto?
Representa claramente la opción de Allende y su gobierno por los niños y niñas de Chile. No habrá otro gobierno que en Chile que haya tenido tal definición tan contundente por el tema. De ahí el “medio litro de leche” de las 40 medidas…
Tu infancia fue feliz, ¿recuerdas cómo se tradujo eso en tu vida por entonces?
La verdad es que era muy pequeña, pero sí recuerdo el ambiente de felicidad que se vivía por esos días. La gente era feliz, cantaban, hablaban, se relacionaban y gozaban más. Las familias estaban más unidas. Yo creo que en Chile nada fue igual tras el Golpe.
Y, ¿qué vino después?
Bueno, como ya te comenté, al poco tiempo vinieron los años de dolor y oscuridad que afectaron al país en general. El exilio a los pocos días del golpe, el 19 de septiembre, partimos rumbo a México. Más tarde, una adolescencia caracterizada por el retorno a Chile en plena dictadura, al igual que miles de jóvenes, me tocó vivir la represión a los estudiantes, las manifestaciones, la mentira de la prensa, el asesinato de gente cercana. Finalmente, mi paso a la adultez coincidió con el periodo de la transición a la democracia que parece no acabar, para muchos chilenos. Una época para nada feliz, como puedes advertir.
Alguna sensación, algún detalle con respecto a la fotografía… ¿Alguna anécdota más?
Si, si, si,… recuerdo perfectamente que yo había estado llorando y estaba bastante moquillenta y me colgué del cuello del Presidente… y cuando me bajó me dijo: ¡Pórtate bien y suénate!, a lo que yo le contesté… ¡Shhh! ¡Pórtate bien tú mejor! Alguien me comentó que ese diálogo/episodio fue recogido y comentado al otro día por algún diario de la época.
Y, ahora, 42 años después ¿en qué está esa niña lejos de Chile?
Viviendo en España, trabajando con la Universidad. Actualmente en los prolegómenos de una investigación sobre la infidelidad y las nuevas tecnologías. En otro instante de mi vida, después de profundizar algunos aspectos del exilio, las migraciones, o el vivir en dictadura, ahora he decidido tomar distancia en la temática de estudio, los “trayectos de los engañados”, el relato del momento en que descubren la infidelidad a través de las nuevas tecnologías y las reacciones posteriores.
¿Y con la que está cayendo acá…?
Si, si, si…, precisamente. No te creas. La crisis afecta la cotidianidad de manera concreta. Más allá de la prima de riesgo, de los datos estadísticos de paro o de las cifras macroeconómicas; cuando una persona está con problemas de trabajo específicos, se ve afectada en diversos ámbitos de la vida, por lo tanto se modifican la mayoría de sus relaciones sociales y humanas. El tema de la infidelidad no escapa a ello, ya que en periodos de inestabilidad económica familiar hay pilares fundamentales del vínculo relacional afectivo que son atacados y que afectan enormemente, tanto la visión del otro  como la autoestima y que de alguna forma “aumentan” el potencial riesgo de que exista una infidelidad.
¿Por ejemplo?
Uno es la veta patriarcal de la relación, es decir la visión del “macho proveedor” y otro es la pérdida de poder y estatus, que sin duda alguna son armas de seducción. Aunque, dado el carácter social y culturalmente construido de la infidelidad, podemos decir que no es un fenómeno homogéneo, hay distintos tipos, niveles y formas de enfrentarlo. No es lo mismo la infidelidad de una mujer, ya que posee mayor estigma en la sociedad, que la de un hombre, que es en muchos casos socialmente aceptada.
Y, ¿has descubierto algo interesante?
En los relatos de los afectados se descubren muchas cosas, se reportan estados de ansiedad y angustia, y en forma recurrente van acompañados de escalofríos, taquicardia y mucho dolor en la mandíbula y en la parte posterior del cráneo. Todos señalan que efectivamente es “como si te pegaran en la nuca”. … Conocí historias increíbles, el estudio describe las “nuevas maneras de infidelidades” en la Era de la Información y las Comunicaciones, es decir al descubrimiento a través de teléfonos móviles, redes sociales o internet en general. “El dejar abierto el Facebook o el mail”, el espiar los mensajes de los teléfonos móviles o los chats que se quedan en las cookies de las computadoras. Que en definitiva son constataciones inciertas, más bien incertidumbres típicas de esta era, porque al estar escritas, pueden ser interpretadas y re-interpretadas.
¿Cómo?
El énfasis esta puesto en la metodología plural (historias de vida, entrevistas en profundidad, un trabajo de campo exhaustivo) que nos permitió recoger percepciones, sensaciones, sentimientos, reacciones de personas que habían sufrido algún tipo de infidelidad por parte de sus parejas, pues nuestro sujeto de estudio es el que la sufre, no el que la ejerce o produce la infidelidad.
Y, ¿cómo relacionarías este tema con la política?
Relacionando fidelidad y lealtad con la mentira y el engaño, pues forman parte de un mismo y profundo fenómeno casi exclusivamente humano. Esta claro que para mantener una relación de infidelidad, hay que mentir, persuadir, manipular, etc. Y cuando uno descubre una infidelidad lo primero que siente es que ha sido engañado, defraudado y traicionado… Es lo mismo que hacen los políticos primero con sus ideas y con ellos mismos -el autoengaño-, y luego, con sus compromisos y promesas, con su electorado… … Es preciso tener presente que todo engañado es un potencial engañador (infiel); por distintas razones, para equiparar la situación, para vengarse, para hacer daño o simplemente para recobrar la confianza en uno mismo. Y ojo, así como los políticos traicionan, los electorados también traicionan. No puede haber un ejemplo más concreto que lo ocurrido en las últimas presidenciales en España en donde un millón de votos del PSOE pasó directamente al PP; o el caso de algunos políticos en Chile, que ayer lucharon hasta con las armas y mira en la penosa situación que se encuentran hoy defendiendo el sistema neo-liberal o trabajando como alto ejecutivo de transnacionales. En tiempos de descomposición y crisis política el engaño más patético, es el engaño a las ideas y a las promesas, porque es una forma de autoengaño y de negación a sí mismo en última instancia.
En ese sentido, el presidente Allende era fiel, ¿no?
Ya sé por donde vas, pero contrariamente a lo que se cree, el presidente Allende era un hombre completa y absolutamente fiel no solo a las ideas y a sus promesas, que dejó de manifiesto pagándolo con su vida el 11 de setiembre del ‘73, sino que también lo fue a todos sus amores. No existió una mujer que lo odiara por traidor.
Por último, como Gianni Vattimo dijo hace un tiempo en una entrevista: “Entre uno que miente por el amor del proletariado y otro que miente por amor a las putas, como Berlusconi, hago una diferencia”.
¡Qué buena! Estoy completamente de acuerdo con esa cita. Me la llevo. Jajaja…

 

 

Adriana Goñi. Community Manager contra el olvido

Apropiándose de las nuevas tecnologías, difunde e intermedia información, posicionando una antropología del mundo virtual, donde habita el sujeto de su quehacer y sus investigaciones. Son los familiares afectados por la represión de la dictadura militar,sus hijos y nietos. A 40 años del golpe militar, las tres generaciones que actualmente coexisten dentro y fuera de Chile; un esfuerzo más para recuperar la memoria reciente y visibilizar a los protagonistas de una comunidad que muchos quisieran  dejar en el olvido y entre las ruinas de un pasado que también es presente.

Por Myriam Carmen Pinto.

Ha hecho su centro de atención principal a los hijos y nietos descendientes de las familias afectadas, a consecuencias de la represión ejercida durante el periodo de la dictadura militar del general Pinochet. Los familiares de quienes en algún momento de los casi 20 años de régimen militar, fueron presos políticos, refugiados, ejecutados, detenidos desaparecidos, torturados, exiliados, retornados, doblemente exiliados, exonerados, fugados, clandestinos, condenados a penas de extrañamientos. Suman y siguen, los muertos y heridos de las protestas masivas, las viudas y los viudos, hermanos, sobrinos, primos y tíos.

A 40 años de los hechos, están repartidos en Chile y en los más diversos rincones del mundo. Los que residen en el exterior vienen a Chile, pero sienten que no son de aquí, ni de allá, no obstante, se mantienen vinculados, a través de sus lazos familiares, sus vivencias comunes entre sí, y su cultura contestaria, que les brota y emerge siempre en lo que hacen, piensan y publican en blog, páginas web y redes sociales (relatos, poesías, cuentos, fotografías, tesis de estudios, vídeos, expresiones artísticas y testimonios).

Es una comunidad que en su conjunto da cuenta la presencia de un pasado  presente. En conjunto superan los intentos y ejercicios de la buena o mala memoria para olvidar que recae sobre ellos.

Multiplicando canales de acceso hacia ellos, su encuentro y búsquedas, Adriana Goñi, cruza las páginas de estos jóvenes con las que ella ha creado. Lo mismo hace entre las listas de correos, y e-groups.

Algunos de sus sitios son las “Memorias preñadas de futuro”, “Hijos de la memoria”,  “Diáspora política chilena”, “Memoria urgente”. En facebook, también hay grupos y páginas similares.

Enlazados unos con otros, cruzan e intercambian experiencias e información; una suerte de una gran telaraña virtual por la memoria y la promoción y defensa de los derechos humanos. Entre ellos, se comunican a través de estas nuevas tecnologias de información y comunicaciones, (Tics),  colocándolas a su servicio para apoyarse mutuamente y relacionarse entre sí.

Una de estas redes de mail, administrada desde Chile, reúne a cerca de 900 personas residentes en diferentes países. Los que están fuera de Chile, mayoritariamente, no hablan muy bien el castellano, pero si manejan a la perfección la jerga chilena.

Una breve revisión de sus páginas evidencia que entre ellos se tratan como si fuesen hermanos.  También sobresale el valor de la solidaridad y un sino de humor negro, que a veces solo ellos comprenden porque forma parte de la cultura de muerte que los ha perseguido sin posibilidades de dejarla a un lado, ni menos olvidar. A modo de ejemplo, hay un grupo que se hace llamar “Los Guachos” y otro “El Kabezanegra, pa los sudacas en Suecia”. Se organizan en asociaciones culturales, grupos deportivos y artísticos, que se activan en el marco de fechas conmemorativas. Organizan fondas, peñas  y actividades solidarias para con Chile ante catástrofes o causas político sociales.

No se sabe cuantos son. En los años 90 se decía que prácticamente un millón de chilenos había salido de Chile a partir del año 1973.

Vinculada con ellos de manera virtual y o presencial, Adriana conoce sus vivencias, secretos y milagros. Cuando vienen a Chile se reune con ellos, participa de sus actividades. Van a los cementerios, camposantos, museos y sitios de la memoria. Visitan universidades y participan en talleres y jornadas que ella organiza para brindarles información y los contactos necesarios que requieren para moverse en un país que prácticamente desconocen.

Quizás por ello le dicen “Big Mama” o “Adriana Spam”. Esto último, a raíz de sus envíos de información a las casillas  y listas de correos, los que  distribuía en sus inicios con una abundancia excesiva.

“El olvido está lleno de memoria” (1)

Una vez recuperada la democracia, Adriana Goñi, viaja a Suecia, a propósito de una investigación, cuyo sujeto de estudio era el grupo de mapuche exiliados en dicho país. Tomando contacto con las comunidades de chilenos dimensiona en su totalidad el exilio chileno, sus alcances y repercusiones entre las nuevas generaciones; los hijos que hasta ese entonces no estaban  incorporados en ningún estudio.

Compartiendo con ellos observa continuidades y cambios culturales. Han contraido matrimonios con gringas y o gringos, surgiendo lo que denominan “pareja mixta”, cuyos hijos se tornan algo así como miti-mota; ósea mitad chilenos – mitad extranjeros.

También constata sus ritos, costumbres, tradiciones y una estética propia de lo chileno. Es  una comunidad que lleva como sello una historia común asociada a la derrota del gobierno de la Unidad Popular.  Tanto es así que quienes se han logrado reconstruir responden a una clave que tiene que ver en cómo han sobrellevado dicha vivencia, reconociendo que hay muchos que se quedaron como si el tiempo se hubiese congelado.

En 2003, con ocasión de los 30 años del golpe de Estado, Adriana fue invitada a incorporarse al Centro de Estudios de Memoria y Derechos Humanos, una iniciativa en formación  que impulsaban entonces losacadémicos del Departamento de Antropología de la Universidad  Academia de HumanismoCristiano.

En este contexto, da curso a su proyecto, “Hijos de la Memoria Chile”, continuándolo sobre la marcha como investigadora independiente. La han alentado distintas instancias académicas y de derechos humanos no institucionales.

Y es que no ha sido nada de fácil. Si bien es necesario reconocer que ha habido una eclosión y apertura de nuevos espacios y reencuentros, lo cierto este no es un tema país por lo que no tienen apoyo, ni fondos por parte del Estado, ni de cualquier otro origen.

Adriana Goñi, expresa que la memoria está enquistada en los sectores afectados, y no impregna a la sociedad en su conjunto.

Antropología de la memoria

Si hay alguien a quien le ha tocado vivir todo a destiempo, sin duda alguna,  todos los indicadores apuntarían de inmediato hacia ella.

Fue madre a los 18 años, a los 23 años tenía cuatro hijos, a los 24 años completaba sus estudios secundarios que había abandonado para casarse.

Desde los turbulentos años setenta hasta los interminables transicionales de los noventa fue alumna de la Universidad de Chile. Es Licenciada en Antropología/arquelogía.

Iba a la universidad, a las reuniones, y a excavar con sus hijos. Trabajaba cumpliendo tareas como asistente ad-honorem en la sección Arqueología del Museo Nacional de Historia Natural, que acogía a estudiantes y aficionados, sin distinción alguna, haciéndolos partícipes de sus trabajos en terreno, las reflexiones, debates e intercambios de experiencias y saberes.

Entre sus experiencias de terreno  y viajes destaca el que realiza a Isla de Pascua, publicando, a su regreso, una investigación  acerca de las migraciones hacia el continente; su primer y más permanente amor temático.

Fue la dra. Grete Mostny,  quien la empuja a ingresar a la universidad y formalizar sus prácticas y experiencias.

Al paso de los años, los destiempos siguen moldeando su trayectoria. A los 45 años era abuela y, apenas se empinaba en los 60 años, contaba a sus doce nietos, quienes ocupan gran parte de sus energías, al igual que Carlos Marx, su gato, según dice, su mejor marido.

Se ha casado cuatro veces, separándose del padre de sus cuatro hijos, su primer marido, cuando tenía menos de 30 años. Al paso de los años, cansada de tantos nuevos comenzares, decide seguir sola, arrancarse su corazón, eligiendo la soledad como compañía; aunque casi nunca lo está.

Ha hecho de su vida un andar libre y de renacer nueva cada día.

Siendo adolescente en los años 60, la revolución cubana, la revolución en libertad y la de las flores renuevan en ella su espíritu libertario y revolucionario. En los años 70, adhiere a la utopía del socialismo vía democrática de la Unidad Popular, que encabeza el presidente Salvador Allende, haciendo suya la lucha por la justicia social y la igualdad.

Durante la Unidad Popular, sufre en carne propia las primeras tensiones y procesos de radicalización de la sociedad.  Su primer marido,  dueño de una tienda de repuestos de automóviles y de un viejo camión de reparto de parafina, se integraba al histórico paro de los camioneros de 1972 mientras ella  militaba en las filas de la juventud socialista. Era presidenta del centro de alumnos de la carrera de Antropología de la Universidad de Chile.

A mediados de 1972, convencida de que la única salida a los problemas que enfrentaba el gobierno del presidente Salvador Allende era radicar el poder popular en el pueblo, ingresa al Movimiento de Izquierda Revolucionario, MIR, donde la pilla el golpe militar.

Los efectos se hacen sentir de inmediato. La expulsan de la universidad, la dejan con arresto domiciliario, allanan su casa en múltiples ocasiones, y maltratan a sus hijos. Finalmente, sale al exilio, reuniéndose con su pareja, quién se había asilado en la embajada de Argentina, en septiembre de 1973, tras ser buscado afanosamente por las fuerzas de seguridad en su calidad de interventor de un fundo. Era funcionario de la Corporación de Reforma Agraria, CORA.

En Buenos Aires, cuando se les deja caer encima la dictadura militar transandina, regresa a Chile, sola con sus cuatro hijos.

Nuevamente empieza todo de nuevo. Vuelve a la universidad, retoma sus estudios, se vuelve a casar, y vuelve a fracasar.

Lo que sigue a continuación es una serie de quiebres que la llevan a vivir todo a medias. Sin nunca llorar, ni gritar, dejaba botado lo que empezaba.

Su casa parecía una morgue, y aún no sabe cómo ello afectó a sus hijos. En su lugar de trabajo, en su casa,  tapizó las murallas con las fotos y recortes de prensa de sus compañeros asesinados durante la resistencia en los años 80 y 90. En las paredes, también, pegaba afiches que exhibían la expresión gráfica de la sangre derramada, la paloma prisionera entre alambres de púas; un eterno y angustioso luto en un país que llamaba la atención y empezaba a reconocerse por sus éxitos macroeconómicos y modernidad.

Proviene de una familia de la clase política muy acomodada. Su padre fue uno de los fundadores de la falange Demócrata Cristiana y director del diario La Nación en el gobierno del presidente Eduardo Frei Montalva.

A pesar de contar con el respaldo de su familia, necesario, pero no suficiente, ha vivido permanentemente en búsquedas de los medios que le permitan salir adelante. Para enfrentar problemas económicos ha hecho botones de greda, y artesanías en lana de Chiloé. En ese entonces, las puertas del mundo público estaban cerradas y los proyectos que lograba, en una y otra organización no gubernamental, tenían siempre fecha de término.

Así es como ha vivido mil vidas juntas y a la vez. Lo tenía todo, pero rompe con todo. Se había propuesto caminar sola, y dar curso a sus inquietudes sociales y políticas.

Mojón de acequia urbana

En los años de la dictadura se hace parte activa de movimiento social. Participa en trincheras académicas, estudiantiles, culturales de reflexión y formación política. También forma parte del movimiento por la denuncia y defensa de los derechos humanos y sus colectivos y agrupaciones. Una vez recuperada la democracia  integra la Comisión Etica Contra la Tortura, y se vincula con diversas organizaciones, entre ellas de ex presos políticos, grupos de mujeres, centros culturales, vecinales y comunales.

En un incansable activismo político, social y cultural por el retorno de la democracia, asistía a  reuniones, pegaba afiches en las calles, hacía puntos de contacto, pero no militaba en ningún partido político. Había optado ser una militante de la vida. Y así sigue hasta los días de hoy, participando en  grupos que trabajan por la recuperación de la memoria.

Venciendo el shock postraumático con terapias, nueve años de psicoanálisis y medicamentos, su cuerpo le  ha pasado la cuenta con una  fibromialgia, que padece desde hace un par de años. Esto la ha aquietado en su casa, pero la ha hecho más activa en su quehacer cibernauta, incluyendo la apertura de grupos y redes de grupos de pacientes que padecen lo mismo.

Con un psicólogo clínico formó la asociación de fibromiálgicos sobrevivientes de la dictadura. Recopila y difunde información y materiales de apoyo. Desarrollando estas actividades, informa los resultados de un estudio del caso chileno, realizado en España, concluyendo que un 68% de los familiares violentados en sus derechos, durante la dictadura militar de Pinochet, sufren esta enfermedad. Al respecto, dice que es un mal que  se potencia producto de las penas y dolores del alma.

Hoy por hoy, también forma parte de la Asociación Gremial Industria Creativa Chile, de la que es socia fundadora y miembro de su directorio. Además de participar en actividades de investigación y extensión académica, imparte charlas, talleres y foros universitarios.

A la hora de concluir su historia de vida, se define como un “mojón de acequia”,  los que siempre salen a flote, a pesar de las turbulencias de las aguas. Dice que ha logrado ser ella, sin hundirse, ni dejarse morir.  En estos años, la enfermedad que padece su única hija, la revuelca, aún más, en toda ella, pero como lo ha hecho siempre, sigue buscando caminos de salidas.

Y como en la ciudad no hay acequias, entonces, continúa, dándose vueltas sobre el agua que corre, fluye y transcurre.

Es su rueda del día a día. Así y todo, no ha dejado de participar y seguir la ruta de su camino ya trazado. Es una mujer proactiva, empoderada, y plenamente vigente en los esfuerzos y aportes a la construcción de la identidad y la memoria de su generación y las venideras. Adriana Goñi, también tiene una o más de estas identidades en su ADN.

Por Myriam Carmen Pinto. Zurdos no diestros (serie). Historias humanas de humanos demasiados humanos.

1.      Mario Benedetti.

Fotografías: Älbum Adriana Goñi. Con ex presos políticos, Angel Parra y Julio Peña, año 2005; con mujeres miristas de su generación. Cineasta Carmen Castillo, última pareja de Miguel Enríquez, exiliada, residente en Francia; Funeral Gladys Marín; Manifestación frontis Universidad de Chile a los 30 años de la Lista de los 119 detenidos desaparecidos en Argentina, año 2005; Con la psiquiatra Laura Moya, octogenaria luchadora de la memoria y los derechos humanos, en la inauguraciónexposición de xilografías del artista Bernardo de Castro Saavedra, hijo de detenido desaparecido  en Casa memoria, José Domingo Cañas 1367.

Santiago, enero 2013

CHILE: recuerdos de una sociedad en transición: LUCIANO CRUZ.

JUEVES, JULIO 11, 2013

Por gente como Luciano y Martine sigo con la msima profesion y por el mismo camino que empecé cuando el Che era Ministro de Industria, creo, en Cuba( 1961) .Pero siempre le critiqué que no se ocupuba de los problemas especificamente femeninos, y asi decidi asumir yo esa lucha. En eso estoy.todavia, y con ello alumbro mi existencia de hojalata. 

CHILE: recuerdos de una sociedad en transicion: LUCIANO CRUZ.

Histórico momento en que varios pacos del Grupo Movil de Concepcion tratan de reducirlo,durante una manifestación estudiantil. Fue la primera vez que lo vi, cuando esta foto parecio en El Mercurio de Santiago.

En la foto, con su hijita Alejandra, ‘La Chicoca’, de su pareja penquista, y mi ex estudiante de la Universidad e Concepción,Gloria.

Entierro del dirigente estudiantil del MUI y miembro del CC del MIR Luciano Cruz,Aguayo, muerto a los 27 años de edad, el 14 de agosto de 1971.
La corona de flores del Movimiento de Pobladores Revolucionarios es llevada por Villalobos y Víctor Toro.
Foto tomada de la cuenta de Hector Eyzaguirre en Facebook.

Algunos detalles sobre la vida del Lucinano Cruz, en
Luciano Cruz

La Canción de Luciano

Patricio Manns

Al paso de Luciano
Lloran las pergoleras
Y así cubren de pétalos su muerte interminable,
Su vida interminable, su reloj detenido
Pero que, mudo, marca
Las horas que anunciara,
La terca y fría hora
Que el pueblo ató a su mano
Para que floreciera
La lucha de Luciano.
Vuelve en hueso, en frío, en un caballo,
En un beso, en una quemadura.
Es de acero, de aire, de ceniza, y,
Todo despierto, viene a seguir.
¿quién le amarra sobre el mapa?
¿quién destroza su retrato?
¿quién silencia su palabra?
Luciano al regresar
Se descerraja en luz,
Destapa la verdad,
Revienta con su mano los alambres del temor,
Respira en cada boca para la revolución.
Vuelve armado de agua y viento,
A velar los sueños vuestros,
A encender los sueños muertos.
¡ábranle!
¡ábranle!
¡ábranle ya!
Al paso de Luciano hay pueblo innumerable
Y una mujer desgarra su nombre desde lo alto.
La oscura ceremonia de la muerte le lleva
Como sombra en la sombra del rito funerario,
El rito que le alumbra,
Que el pueblo ató a su mano,
Para que floreciera
La lucha de Luciano.

Homenaje a un querido compañero, estudiante y amigo.Y a la memoria de su amante, Martinne Hugues Jouet, francesa, compañera, colega y amiga, quien se suicidó poco dias después, el 9 de agosto, dejando ua carta en la que, entre otras cosas, decia:

“Que la imagen de Luciano nunca se transforme en aval para una burocratización del partido y de las ideas revolucionarias. La imagen deLuciano no es sólo un ejemplo de lucha. Es también y fundamentalmente una cierta manera de concebir esta lucha. Todos ustedes tienen estas responsabilidad: no permitir que Luciano se transforme en un mito que traicione sus ideas.
“Ustedes que lo conocieron tanto, saben que su grandeza se expresaba
en la grandeza de lo cotidiano”.

Asi sea, Martinne.
Marta Zabaleta
Londres, 2013

At 8:52 p.m., Blogger Marta Raquel Zabaleta said…
Si, Diana. Aunque como bien decía mi papá, los duelos se llevan dentro de una/o, no en las vestimentas de luto.
Por gente como Luciano y Martine sigo con la msima profesion y por el mismo camino que empecé cuando el Che era Ministro de Industria, creo, en Cuba( 1961) .Pero siempre le critiqué que no se ocupuba de los problemas especificamente femeninos, y asi decidi asumir yo esa lucha. En eso estoy.todavia, y con ello alumbro mi existencia de hojalata. Te abrazo fuerte,
Marta

Los años felices. Testimonio de los 60-70

Los años felices.
Testimonio de los 60-70
Luis Rodríguez1
Llegamos a Santiago de Chile un mes de enero de 1968, Liliana Sánchez de Bustamante, mi futura esposa y yo. Veníamos de Buenos Aires a respirar « aire fresco », luego de haber pasado un año y medio bajo la dictadura de Onganía, que, entre otras cosas, había cerrado las universidades, en particular la UBA (Universidad de Buenos Aires) donde ambos estudiábamos ciencias exactas; ella Matemáticas y yo Física. Éramos compañeros, porque en el primer año todos los cursos eran comunes.
En 1967, con la UBA aún cerrada, esta organizó un sistema clandestino para continuar los estudios: Cada cátedra organizaba sus clases magistrales, dictadas por el profesor correspondiente, en la sala de reuniones de una iglesia; los trabajos prácticos que se organizaban en pequeños grupos en casa de estudiantes, con la asistencia de los ayudantes de cátedra, al mismo tiempo que se discutía la situación nacional y otros temas de política mundial, para hacernos más conscientes de lo que estábamos viviendo.
Así pasamos un año entero, estudiando pero sin obtener un certificado debidamente oficializado al terminar cada curso. Lo hacíamos por puro amor al arte y, me imagino, a la ciencia; pero la situación nos decía que teníamos que salir de ahí a estudiar a algún otro país. Finalmente conseguimos becas para ir el año siguiente a Francia; pero eran becas para pobres, de esas que solo daban alojamiento en la ciudad universitaria (en nuestro caso en Nancy, al este de Paris, cerca de Alemania) y nada más.
Con todas esas perspectivas en mano, el verano del 67-68, invité a Liliana a visitar Chile, país en el cual -y esto a pesar de la creencia popular- yo había nacido. En efecto, yo era chileno, pero mi familia emigró a la Argentina en 1962 y, luego de algunos años y gracias a las favorables políticas de emigración, obtuvimos la nacionalidad argentina, convirtiéndome así en uno de los primeros ciudadanos con doble nacionalidad, cosa que con el paso del tiempo y las circunstancias, se ha convertido en una práctica generalizada. Yo me adapté rápidamente a la cultura local y así fue que, llegando de vuelta a Chile, todo el mundo me consideró argentino dándome el apodo de « Che » Rodríguez.
En una de esas calurosas tarde de Enero, fuimos a visitar la recientemente creada Facultad de Ciencias, solo para conocer que estaban haciendo. Ahí, mientras recorríamos el edificio, nos « encontró » Sergio Aburto, entonces Director del Departamento de Física, quien no solo nos mostró con orgullo su Facultad (Ciencias antes era parte de la Facultad de Ingeniería) sino que de sopetón nos dijo: »Y porque no se vienen a estudiar a Chile? Yo les consigo una beca del lote de becas Fulbright que esa fundación puso a disposición de esta Facultad ! ». Ese era el espíritu y la acogida que Chile le brindaba a los extranjeros en el año 1968. Y si, un Chile difícil de reconocer ahora, me imagino.

Nos instalamos en Santiago, en una pensión de estudiantes, como correspondía en esos tiempos, y estudiamos en la Facultad de Ciencias durante dos años, yo con el compromiso de trabajar en el acelerador de partículas o Ciclotrón, que la facultad había heredado de la fundación Ford en los EE.UU. Esa era una de las condiciones de la beca. Fueron dos años de nuevas experiencias en un país lleno de cosas buenas: gente amable y acogedora, vida tranquila y fácil, ricos mariscos y buen vino…Argentino.
Ya en los años 68 y 69, y como preámbulo a esto que vendría posteriormente, comenzamos a conocer, en tanto estudiantes universitarios, los problemas reales que vivía el país en ese momento: la pobreza, la desigualdad y la terrible hegemonía que las clases poderosas ejercían sobre el resto del pueblo. En este proceso, nuestra « conciencia política » se fue desarrollando, en la medida que fuimos sacados del aislamiento de nuestra vida de estudiantes de Ciencias para involucrarnos en actividades tales como llevar asistencia a poblaciones marginales o « callampas » localizadas alrededor de la facultad. Recuerdo un invierno particularmente lluvioso en el cual, dando asistencia a una población de estas (cuyo nombre no me acuerdo), vi morir a un niño de hambre y de frío, acontecimiento que cambió definitivamente mi pensamiento acerca de lo que tendría que hacer profesionalmente en mi vida.
Eso se transformó en una « crisis vocacional » que discutí con Liliana, quien me dijo: « si quieres puedes buscar lo que quieres hacer, pero como eso significaría perder la beca, solo te pido que estés absolutamente seguro de lo que quieres hacer en el futuro ». Entonces me puse seriamente a « buscar mi verdadera vocación »: En el campus Pedagógico, que en ese entonces había incorporado varias otras carreras, tomé cursos de economía, historia, geografía, filosofía y biología (al mismo tiempo que seguía con mis cursos en Ciencias), pero sin encontrar una real vocación. Solo sabía que lo que buscaba era una relación más estrecha con la sociedad y la capacidad de hacer de esta un lugar mejor, sin necesariamente entrar en política.
Hasta que un día, en medio de las protestas de otoño, donde el Pedagógico se movilizaba y salía a la calle a pelear contra la policía, los « pacos », durante el descanso de mediodía, le pregunto al compañero que estaba a mi lado y con quien habíamos combatido toda la mañana contra los pacos : « Y tú quién eres y qué estudias? ». Era Fernando (Nano) Plaza y me dijo que estudiaba Arqueología. Ante su asombro le pregunté qué era eso y él me dijo que era una parte de la Antropología y que estudiaba al Hombre de manera integral. Solo el oír eso me dijo algo y le pedí más información.
Como producto de esa conversación, me inscribí en un par de cursos: uno de Antropología Física con Juan Munizaga y otro de Arqueología no me acuerdo con quién. Al final de ese ciclo, de lidiar con huesos de verdad y lograr saber todo lo que se puede saber de un montón de huesos viejos (edad, sexo, número de hijos y qué pensaba sobre la vida), me di cuenta que era eso lo que me llamaba; no específicamente la Antropología Física sino una ciencia que me diera una noción « holística » del ser humano. Tal vez sería esa disciplina la que me permitiría hacer algo más por la humanidad, más que solamente lo que me indicaban las teorías políticas de la época.
Hablé con mi esposa, quien no solamente comprendió, sino que me dio todo su apoyo para cambiar de carrera, a pesar de haber perdido la beca y tener que buscar nuevas formas para vivir en esos tiempos de estudiante.
Y así fue como comencé con gran entusiasmo a estudiar arqueología, o como diría mi padre, cuando se enteró: »arqueolo, qué?!!»
Fueron años de gran provecho. Fue con un grupo de compañeros como Nano Plaza, Vicky Castro, Carlos Urrejola, Pepe (José) Berenguer, Ángela Jeria, Iván Solimano, Julia Monleón, Sergio Martinic y muchos más, cuyos nombres ya se perdieron en la noche de los recuerdos, con quienes encontramos un entusiasmo por desarrollar una ciencia que en Chile era prácticamente desconocida. Más aun, en esos tiempos de cambios parecía tal vez un poco como un ejercicio fútil y superficial, frente a los problemas « reales » que vivía el país. Y, sin embargo, nosotros queríamos
creer que estábamos contribuyendo al tiempo presente para dar respuestas más certeras a lo debería
ser nuestro futuro como pueblo y nación.
Nunca me olvidaré de una conversación, en el transcurso de una clase con Mario Orellana, aun
solamente un profesor, quien, con gran vehemencia nos explicó el porqué investigar el pasado podía
tener tal relevancia para conocer mejor nuestro presente y así poder modelar lo que podría ser nuestro
futuro. Nunca un argumento me llamó más la atención que ese…porque eso era precisamente lo
que deseábamos conseguir: modelar el futuro como un continuum de lo que hubiese sido nuestro
pasado. De alguna manera eso respondía al concepto de historia que pregonaba el marxismo de
aquella época, pero que se perdía en una práctica muchas veces apresurada e irracional.
Esos fueron los « años felices » para mí, porque, no estando aún totalmente sumergido en el
marasmo político-ideológico creado luego por la ascensión al poder de un gobierno socialista
democráticamente elegido, podíamos discutir posiciones y teorías sin que eso significara tomar
partido alguno en algún movimiento político. Éramos intelectuales y científicos sociales de verdad !!
El advenimiento del gobierno de la Unidad Popular tuvo un gran impacto en todos nosotros.
No solo fue para los de « izquierda » la consagración de las ideas avanzadas por esa ideología, sino
también fue, de alguna manera, una « revancha » de todos aquellos que, luego de haber pasado años
en la oposición, finalmente eran gobierno, eran « los dueños de la situación ». Solo nos llevó tres
años entender cuán equivocados estábamos.
En nuestro modesto universo, eso se transformó inicialmente en una muy interesante y positiva
actitud: los estudiantes de « izquierda » tomaron tan seriamente la misión de « evangelizar » al
resto de la comunidad científica, que comenzamos a reunirnos a estudiar, no solo lo que habíamos
recibido en cursos magistrales, sino que a avanzar en los temas tratados con el fin de poder discutir
y eventualmente « convencer » al profesor(a) sobre lo bien fundado de nuestra posición, basada en
teorías marxistas. Increíblemente, estudiábamos como locos…día y noche, en casa de Ángela Jeria,
hasta que llegaba el General Alberto Bachelet y con la presencia alternativa de Michelle, la hija
adolescente. También nos reuníamos en mi casa (ya que en ese tiempo habíamos comprado un
parcela en La Reina alta) y en la de otros compañeros de cuyos nombres no logro acordarme.
Estudiábamos poseídos por esa pasión durante el año académico y luego, en el verano, salíamos
a terreno o, en nuestro caso, íbamos a Buenos Aires a trabajar para ganar el dinero que nos permitía
sobrevivir durante el año académico siguiente.
Y así fue como me convertí en « Arqueólogo/Antropólogo », con viajes a terreno de los
cuales solo me acuerdo de unos pocos. Uno de ellos, y me perdonaran el orden, pero creo que
fue el primer viaje, a la región de Turi, con Mario Orellana como Jefe de Misión (excúsenme el
vocabulario, tomado del mundo del desarrollo). Fue una experiencia increíble, ver como todas
esas teorías estudiadas en clase, se materializaban en esas vegas, en esas chozas, en esos campos,
en esas montañas de donde extraíamos « evidencia », sin saber siquiera si todo eso nos permitiría
construir una teoría válida. Fue ahí donde entendí que las ciencias sociales y las ciencias llamadas
exactas, coincidían totalmente en sus métodos, procesos y conclusiones. Ahí me sentí realmente un
científico.
Viajes memorable:
– Viaje a la zona de Turi y al valle del alto Loa con Nano Plaza y Pepe Berenguer en la citroneta
de este último; 2.000 km a 80 km/hora casi sin parar. Y luego, interminables excursiones a
pie por ese valle para documentar sitios que luego fueron presentados en nuestra primera
publicación.
– Viaje a Turi y Ayquina con el Departamento (no me acuerdo quién era el Jefe de Misión, tal
vez Carlos Urrejola) y unos amigos de Brasil que vinieron a buscarme y me « secuestraron »
para regresar con ellos a Santiago en un VW con una hermosa música de Mozart durante todo el trayecto.

Un viaje a Toconce (a 3.500 msnm), donde una tormenta eléctrica nos encontró subiendo al pueblo y de la cual nos salvamos por milagro.

Un viaje al valle de Copiapó, del cual regresamos en el Land Rover de Iván Solimano, al que se le había caído la caja de cambios, tocándonos a nosotros sostener la dichosa caja con cuerdas, hasta llegar a Santiago.

El viaje con Hans Niemeyer al valle de Copiapó, donde Hans, al atardecer, miraba al cielo para ver la primera estrella que haría la diferencia entre el día y la noche, ya que le había prometido a su mujer no tomar de día sino solamente de noche.

Mi único viaje al sur de Chile, al interior de Temuco, con Julia Monleón, nuestra compañera Española y creo que con Bernardo Berdichewsky como Jefe de Misión, a conocer la cultura Araucana desde un punto de vista arqueológico y antropológico; y las interminables charlas con Julia sobre la Guerra Civil Española y el rol de su familia en ella.
El terreno era maravilloso, no solo por las aventuras sino por las vivencias, o más bien, por la convivencia con los herederos de esas culturas, de cuyos antepasados estábamos excavando las tumbas, las viviendas y tratando de conocer sus « modos de producción », para ser coherentes con las teorías que nos animaban en esa época.
Otra experiencia memorable para mí fue el Primer Congreso del Hombre Andino, congreso que se llevó a cabo en tres sedes consecutivas: Antofagasta, Iquique y Arica, con todos los participantes desplazándose de una a otra sede para seguir participando en el evento. Si la memoria no me falla, ahí fue donde Pepe, Nano y yo dimos nuestra primera ponencia sobre el trabajo que hiciéramos en el valle del rio Loa Superior (1972-73). La presentación fue buena gracias a los « tacos » de pisco tomados para darnos coraje y enfrentar a la audiencia.
Pero entonces llegó el golpe y todo cambió. Afortunadamente, nosotros no estábamos en Chile para el 11 de Septiembre de 1973. Estábamos en Buenos Aires porque habíamos ido a participar y celebrar el nacimiento de nuestro primer sobrino, el hijo primogénito de la hermana de Liliana quien nació el 7 de Septiembre. Y eso fue lo que nos salvó, ya que a los tres días del golpe recibí una llamada de una amiga en Santiago diciendo que no regresásemos ya que el ejército había estado ya en la parcela preguntando por nosotros. Y de alguna manera tenían razón; en esa época yo era secretario del Centro de Alumnos de nuestro Departamento, representado al partido socialista. Pero en realidad la denuncia fue hecha por nuestros vecinos, ya que éramos extranjeros, y por lo tanto, sospechosos de ser « comunistas ».
Esa llamada telefónica no solo nos salvó la vida sino que el golpe cambió radicalmente nuestra vida, hasta el día de hoy.
Era claro que no podíamos regresar, pero a lo que sí me negaba era a perder todo lo que había conseguido hasta ese momento. Antes de partir a Buenos Aires, yo había terminado de aprobar todos los cursos de mi Licenciatura en Arqueología, pero no tenía un solo certificado en mi poder. O sea, que en ese momento yo no era nada.
Me armé de paciencia y esperé a que la situación se estabilizara. Sabía que el nuevo régimen había nombrado a un capitán de la Armada como decano del Pedagógico y que este había dado un plazo muy corto para que los alumnos se reintegraran. Los que no lo hicieron, pasaron inmediatamente a ser parte de la lista de « gente sospechosa », ya que se suponía que, por alguna razón no se habían presentado.
Luego de algunos meses, y decidido a no perder lo conseguido con tanto esfuerzo, me armé de coraje, me corté el pelo, me vestí como un ejecutivo, con maletín « James Bond » incluido, y con una carta de la empresa de mi padre diciendo que había estado trabajando para él y por eso no me
había presentado, me fui a Chile y pedí audiencia directamente con el decano.
Curiosamente, al verme tan bien vestido y con la carta de mi padre en la mano, me dijo
textualmente: »Usted se ve que es una persona decente, así que no se haga problema». Acto
seguido escribió una nota al Director del Departamento de Ciencias Antropológicas y Arqueología
pidiendo que me reintegrara, cosa que Mario Orellana, su recientemente nombrado director, hizo
sin comentar nada.
Aproveché esa « ventana de oportunidad » para obtener todos mis certificados de cursos y así
pasar al estatus de graduado, identificar un tema para mi tesis de licenciatura y conseguir un profesor
que me quisiera apadrinar. El tema fue Pepe Berenguer quien me lo sugirió: »Por qué no haces algo
sobre metalurgia precolombina. Es un tema poco estudiado y fácil de hacer ya que con tu pasado
estudiando física, te será más fácil abordar los elementos técnicos del tema ». Y así fue como mi
querido amigo y compañero definió lo que sería una importante parte de mi vida futura.
Conseguir profesor fue otro tema. Nadie se quería involucrar, ya que se sabía que yo estaba ahí
de milagro, aunque nadie quería averiguar cuál había sido el santo. Yo había venido preparado con
una estrategia para esa situación: En Buenos Aires llegué a un acuerdo con Alberto Rex González,
reconocido arqueólogo, que si la U de Chile me autorizaba a hacer un trabajo en Argentina, él sería
mi director de tesis, pero que si no, podría usar su nombre como garantía que haría un trabajo con
su supervisión mientras estuviera en Argentina. Con ese argumento conseguí convencer a Hans
Niemeyer, catedrático fuera de toda sospecha ideológica, para que fuera mi director oficial de tesis.
El accedió bajo la condición de no escribir nada sobre marxismo ni utilizar la palabra dialéctica en
mi trabajo de investigación.
Con todos esos compromisos logrados, partí de regreso a la Argentina y me instalé en Cachi,
Salta, pequeña ciudad en los Valles Calchaquíes, a trabajar con Heather Lechtman, reconocida
experta en metalurgia precolombina del MIT, a quien había conocido a través de John Murra, el
prestigiado arqueólogo Americanista, en una de sus visitas a Chile. Con Heather excavamos varios
sitios de producción metalúrgica en la zona. La parte chilena la hice en viajes a la región de San
Pedro de Atacama y Ayquina, para también trabajar algunos sitios, aunque sin contactar a nadie, salvo
al padre Le Paige y a su colega George Serracino, no fuera que mi suerte hubiese cambiado, y me
estuvieran buscando.
Pasaron dos años hasta que terminé mi tesis, la que fue leída y revisada con la minuciosidad que
caracterizaba al trabajo de don Hans, quien finalmente me aprobó y me dio fecha para la defensa de
la misma en Santiago. La ceremonia fue muy formal, con un panel presidido por Mario Orellana,
con muchas preguntas y una deliberación final del panel examinador. Al regresar de su deliberación,
don Mario me anuncia que mi tesis había sido aprobada y que tenía el placer de acogerme como el
primer Licenciado en Arqueología del Departamento. Sin embargo, a reglón seguido, me dice : »Lo
que sí debo decirle es que ni se le ocurra quedarse a trabajar en Chile ». Mi respuesta fue clara y
breve : »No se preocupe don Mario, mi avión para Buenos Aires sale en tres horas ».
Así fue que el 29 de agosto de 1975, salí con mi título de arqueólogo, el primero recibido en
ese Departamento, a recorrer el mundo. Hubo festejo por parte de mis camaradas, pero en tres
« citronetas » que me acompañaron al aeropuerto abriendo botellas de champaña con Pepe, Nano,
Julia Monleón, Vicky Castro (a quien le vendería posteriormente mi parcela de La Reina) y más
compañeros de cuyos nombres no me acuerdo.
Ahí terminó mi historia chilena. Mi nombre fue rápidamente olvidado, tal vez borrado, y mi
tesis se perdió en la noche de los tiempos. Yo seguí adelante con mi carrera. Parte de mi tesis fue
presentada en un Simposio Europeo de Antropología en Bonn (1984), las excavaciones con Heather
Lechtman en un Congreso de Metalurgia Andina en Dumbarton Oaks (la sede de la Universidad
de Harvard en Washington DC) en 1982 y mi tesis de doctorado realizada en la Ecole Pratique
de Hautes Etudes en Sciences Sociales, de la Universidad de París, bajo los auspicios de Nathan
Wachtel y Maurice Godelier, cumplió mi sueño: Sobre todo lo trabajado en esa zona andina entre el norte de Chile y el Noroeste Argentino, conseguí realizar un estudio longitudinal sobre cómo la producción metalúrgica, en pequeña escala, había conseguido preservar sus patrones productivos desde la época precolombina hasta el día de hoy, conservando una « racionalidad económica » propia de la zona andina, en la cual el altiplano era la gran carretera de circulación, de la cual se desprendían rutas que iban hacia ambos lados (Chile y Argentina actuales). De esta manera, de arqueólogo puro me transformé en antropólogo social y economista, que fue la otra maestría que obtuve en París. Nada de eso es conocido en Chile, ya que nunca ni uno de mis trabajos en metalurgia precolombina llegó por allá.
A Chile nunca más regresé, salvo pequeñas visitas para enterrar a mi abuela, a una tía y finalmente a mi madre. Sin embargo, hoy en día, 40 años después, con mis nacionalidades actuales -americano y francés- y con 30 años como experto en desarrollo, todavía recuerdo esos tiempos como « los años felices », donde sólidamente armados con entusiasmo, coraje, tenacidad, esperanza e ilusiones, estábamos dispuestos a conquistar el mundo y, tal vez, nuestra felicidad.
Lusaka, Zambia, Junio 2014

1 Consultor Independiente Experto en Desarrollo Educativo. E-mail: Lrodri948@aol.com
Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología
Número 43/44, 2014, páginas 73-78

Memorias y desmemorias de un estudiante de arqueología de fines de los 60 y comienzos de los 70

Memorias y desmemorias de un estudiante de arqueología de fines de los 60 y comienzos de los 70

José Berenguer R.1

“Recordar es siempre olvidar algo” – Pierre Nora

Llegué a estudiar Arqueología a la Universidad de Chile en 1967, cuando la carrera no era todavía una licenciatura en su propio derecho, sino una suerte de especialización o variante de la Licenciatura de Historia. Para ingresar, había que tener cursados al menos dos años de otra carrera universitaria y yo venía de la Escuela de Arquitectura. Ese año se había producido la Reforma Universitaria, de manera que en esa escuela yo había vivido el antiguo régimen y acá, en el Pedagógico, experimentaba el nuevo. Con ojos de veinteañero, notaba que ahora los profesores eran más cercanos, los programas de estudio menos rígidos y la asistencia más flexible, tanto que uno no solo podía trabajar, sino, además, estudiar más de una carrera a la vez, como lo hice más tarde con Geografía.

Ese año de 1967 probé si Arqueología me gustaba tomando dos cursos de Prehistoria General: Paleolítico con Mario Orellana y Neolítico con Bernardo Berdicheswky. En diciembre rendí la PAA y en 1968 entré formalmente a la futura licenciatura.

Como en toda la Universidad de Chile, la matrícula consistía en el pago de un arancel fijo bajísimo, del cual uno incluso podía quedar exento, y de otro arancel optativo, para alumnos de situación socio-económica más alta. Como estudiábamos en la Sede Oriente (conocida como “El Pedagógico”), la izquierda dominaba sin contrapesos. Internacionalmente, nos tocaron los años de Lyndon Johnson y Richard Nixon, marcados por la lucha por los Derechos Civiles en los EE.UU., el movimiento hippie y las protestas contra la Guerra de Vietnam en todo el mundo.

Aunque residíamos todavía, en gran parte, en “la aldea local”, en 1967 lamentamos la muerte del Che Guevara en Bolivia, seguimos atentamente la revuelta universitaria de mayo del 68 en París, y quedamos perplejos con la represión soviética de la Primavera de Praga. En Arqueología, la gente rara vez manifestaba en forma abierta su afiliación política. Uno intuía que tales o cuales alumnos o profesores, eran de tal o cual tendencia o ideología, pero nunca se iba más allá de esto. Tampoco importaba mucho. En esos años la Arqueología corría por un carril apolítico, lo que era toda una anomalía en el politizado campus de Macul. Esa época de brisas primaverales (1968-1971) fue -me imagino- la que Mauricio Massone caracteriza como “pastoril”, refiriéndose probablemente a la inocencia con que disfrutábamos de nuestra condición de estudiantes, de las animadas discusiones en el casino y de los largos reposos en los sombreados prados del Pedagógico. Aun así, algunos participaban en asambleas estudiantiles, en manifestaciones callejeras contra el gobierno de Frei Montalva, o en campañas de ayuda a damnificados por el desastre natural de turno. Eran, para bien o para mal, tiempos de inusitado optimismo en todas partes, tanto que probablemente fuimos la última generación que se creyó capaz de cambiar el mundo.

Culturalmente, estábamos bajo la influencia del cine francés, italiano e inglés, principalmente. La TV no jugaba un papel tan importante como ahora, salvo las series extranjeras que -comenzábamos a saberlo- eran la punta de lanza de la hegemonía cultural estadounidense. Las noticias de la mañana en la radio, diarios como El Clarín y La Última Hora, y ciertas revistas, como Punto Final, hicieron para siempre de nosotros una generación firmemente conectada con la realidad de nuestro país. Entre medio de nuestras lecturas políticas, leíamos con avidez a escritores que nos hablaban de siglos de soledad, de un distinguido colegio militar en El Callao o de un taco de varios meses en una autopista de Francia. Por esa época, los libros -incluyendo los textos de estudio- eran relativamente baratos y al alcance de cualquier estudiante. Después de 1973, nunca más entré a una librería con la capacidad de compra que tenía entonces. Quizás por eso mismo, no recuerdo haber vuelto a leer en forma tan intensa y sobre tan diversas cosas como en aquellos años. En un mundo prefotocopiadoras, lo que no podíamos conseguir, lo obteníamos mediante copias a carbón, esténcil o mimeógrafo. Nuestros textos de cabecera eran los de Gordon Childe, de François Bordes o de Luis Guillermo Lumbreras, y nuestros “manuales de cortapalos”, libros como La Arqueología de Campo, de Mortimer Wheeler o Cómo interpretar el lenguaje de los tiestos de Betty Meggers y Clifford Evans. Por lo demás, el Departamento se la jugaba para proveernos de una variedad de artículos de autores anglosajones que eran traducidos al castellano por Eduardo Humeres. La oferta cultural era obviamente más pobre que hoy, pero no nos perdíamos exposiciones como la De Cezanne a Miró, en el Museo de Bellas Artes, las obras de teatro del ICTUS o el Festival de la Canción Universitaria que año a año las federaciones estudiantiles organizaban en el Estadio Nataniel. En la música popular, la cosa era increíble: los cantantes, los compositores y los grupos o bandas brotaban como setas después de la lluvia. Oscilábamos eclécticamente entre la Nueva Canción Chilena, el pop latinoamericano, y el rock anglosajón. Había también una arraigada “cultura del afiche”, los que coleccionábamos y pegábamos en nuestros cuartos o en nuestros espacios en la Universidad. Primaba en nosotros la sencillez en los gustos y la austeridad en los gastos. Creo que el lema de la Revolución de las Flores, “lo pequeño es bonito”, refleja bien la forma cómo conducíamos nuestras vidas en ese entonces y tiendo a pensar que nuestra opción vocacional por la arqueología tenía algo que ver con esos valores. Hice mis primeras armas en arqueología en el sitio Loa Oeste-3 (Chiu Chiu), adonde nuestro Profesor Mario Orellana nos llevó como personal de apoyo en septiembre de 1968. La docencia estaba muy vinculada a la investigación y esas salidas a terreno eran parte del programa académico, al punto que ayudaban a completar los seis meses de trabajo de campo que se exigían para egresar. Si la memoria no me falla, cada uno debía pagarse su pasaje y, por supuesto, faltaban todavía unos 25 años para que los servicios de este tipo de personal comenzase a remunerarse en los proyectos arqueológicos. Íbamos a terreno por los requerimientos curriculares, pero, sobre todo, por el deseo de aprender, y nos sentíamos sobradamente recompensados con la experiencia que adquiríamos. De ese primer terreno recuerdo a Consuelo Valdés, Vicky Castro, Fernando Maldonado, José Pedro Reyes, Marcela Lamas, Carlos Urrejola, Carlos Maturana y Carlos Thomas. Allí, en la confluencia de los ríos Loa y Salado, clavé por primera vez la espátula en el suelo para inmiscuirme en las basuras, la vida y la muerte de un grupo de cazadores recolectores de hace unos 4.000 años. En febrero y septiembre de 1969, acompañamos nuevamente a Orellana a terreno, esa vez para alojar en el encantador pueblito de Ayquina y excavar varios sitios en la vega de Turi dejados por cazadores y grupos agro-ganaderos. Eran salidas tan hechizantes para muchachos de 20 años, que no recuerdo haber lamentado perderme las vacaciones convencionales. Cómo habrá sido de fuerte el hechizo, que sigo yendo a esa región después de 45 años. En octubre de 1969, acudimos al V Congreso Nacional de Arqueología en La Serena, donde Orellana, Carlos Urrejola y Carlos Thomas reportaron sus recientes excavaciones en la zona de Turi. Entre noches de guitarra y charango en el faro de la playa, de cenas en el Club Radical y de baile final en la sede de la Universidad de Chile de esa ciudad nortina, asistimos interesados pero entendiblemente somnolientos a las presentaciones de los arqueólogos que habíamos estado estudiando en los cursos de la carrera. Comenzábamos a identificar los ciclos y eventos que marcan la profesión, así como a quienes serían nuestros colegas años más tarde. Para el VI Congreso Nacional de Arqueología, en Santiago, en 1971, fuimos con Vicky Castro a buscar a John Murra al aeropuerto, conversamos con Luis Lumbreras en un intermedio del congreso y divisamos a Carlos Ponce Sanginés en el Salón de Honor de la Universidad de Chile, todos “tapas de libro” como llamábamos a esas figuras consagradas. Fuimos testigos también de un aplauso de cinco minutos-calificado de “histérico” por Carlos Munizaga- por la refutación de un geólogo a un trabajo de Gustavo Le Paige; vimos también el desdén olímpico de este último, al retirarse de la sala contando que iba a La Moneda para ser condecorado por el Presidente Allende. Con dos cortos de pisco en el cuerpo bebidos al pasar en el Indianápolis, debuté en el Salón de Honor con mi primera ponencia: un informe encabezado por Mario Orellana con la colaboración de Victoria Castro y mía sobre las excavaciones en Loa Oeste-3.Congreso Arqueología La Serena 1971 Don Julio Montané

No obstante, el trabajo que señala nuestra inserción en la arqueología como investigadores independientes, fue el reconocimiento arqueológico que hicimos en el Alto Loa con Fernando Plaza, Luís “Che” Rodríguez y Victoria Castro mientras todavía éramos estudiantes (1972 y 1973), el que fue publicado en el Boletín de Prehistoria de Chile dos años más tarde. Creo que fue a comienzos de 1969 cuando se creó la Licenciatura en Filosofía con mención en Prehistoria y Arqueología, bajo la dirección del Grupo de Trabajo homónimo y dotada de un plantel de 13 profesores. En 1971 se fundó el Departamento de Ciencias Antropológicas y Arqueología, con un plantel académico que casi triplicaba al anterior. Ese año entró un buen contingente de nuevos alumnos a arqueología y otro todavía mayor a antropología, a los que se fueron sumando nuevos alumnos en los años siguientes. El flamante Departamento estrenó sede en Macul, frente al campus, casi al lado del emblemático restaurant Los Cisnes. Por el puesto de Director compitieron ese año inaugural Bernardo Berdichewsky y Mario Orellana, ganando este último en reñida lucha. La percepción que uno tenía de nuestros profesores es que estos estaban divididos en tres grupos, en función de los cuales se alineaban diversos ayudantes y alumnos. Uno de ellos era el de Carlos y Juan Munizaga, que funcionaba principalmente en el Centro de Estudios Antropológicos. Con la perspectiva que da el tiempo, veo ahora a este grupo como heredero de la escuela de Richard Schaedel, representando una arqueología y una antropología de cierta influencia norteamericana o anglosajona. Otro grupo estrechaba filas en torno a Bernardo Berdischewsky, quien había formado una Sociedad de Amigos de la Arqueología y cultivaba vínculos con aficionados a la disciplina. Esta faceta del quehacer de Berdichewsky, era lo más cercano a lo que hoy sería una arqueología pública o comunitaria, aunque hay que decir que su audiencia no tenía nada de popular. El grupo más dinámico era liderado por Mario Orellana, quien era muy carismático y captaba muchos adeptos en sus clases. No sé en el caso de Berdischewsky, pero en el de Orellana era muy claro que, al comienzo, participaba de una orientación europea de la arqueología relacionada con los prehistoriadores españoles y franceses. Poco después de la institucionalización de la arqueología como carrera en la Universidad de Chile, la así llamada Nueva Arqueología estadounidense, con su marcada orientación antropológica y su enfoque empírico-positivista, irrumpiría con fuerza en la investigación y la enseñanza de la disciplina en el Departamento. El nombre de la nueva unidad académica –Departamento de Ciencias Antropológicas y Arqueología- refleja bien, a mi juicio, esta transición desde una “arqueología como prehistoria” a una “arqueología como antropología”. Tiendo a pensar que el proceso fue fruto de un compromiso entre las diferentes perspectivas de los fundadores del Departamento y de las instituciones que le dieron origen. En primer lugar, era necesario demostrar que la arqueología era una disciplina científica y pienso que la palabra “Ciencia” buscaba, precisamente, subrayar esto. En segundo lugar, instalaba la palabra “Arqueología” y no la de “Prehistoria”, lo que era todo un cambio respecto de la línea europea. En tercer lugar, incorporaba la palabra “Antropología”, lo que suponía adoptar un enfoque estadounidense de la arqueología. No obstante lo anterior, se mantenía una cierta ambigüedad, ya que, al igualar a la arqueología con la antropología en la denominación, quedaba flotando la idea de que la primera no era parte de la segunda, como ocurre en los EE.UU. Esta ambigüedad sería resuelta años más tarde (calculo que en la segunda mitad de los años 70), cuando esta denominación se cambia por la de Departamento de Antropología, denominación que conserva hasta nuestros días. Me es difícil recordar a todos mis compañeros de estudio y prácticamente imposible ubicarlos en promociones. Sólo puedo intentar una cronología relativa y con muchos signos de interrogación. A mi llegada, ya estaban como estudiantes avanzados -no sé desde cuándo- los siguientes: Carlos Urrejola, Carlos Thomas, Victoria Castro, Julie Palma, Sivy Quevedo, Jacqueline Madrid, Josefina Muñoz, Carlos Maturana, Fernando Maldonado, Fernando Saavedra, Marcela Lamas, Ismael Mascayano y otros que no recuerdo. Me parece que entre 1968 y 1971 llegaron Fernando Plaza, Iván Solimano, Carlos Aldunate, Consuelo Valdés, Rodolfo Weisner, Julia Monleón, Fernanda Falabella, Blanca Tagle, María Teresa Planella, Mauricio Massone, Rubén Stehberg, Luis Rodríguez, Roberto Flores, Mario Garretón, Adriana Goñi, Ángela Jeria y Estela Gudlevich. Con algunas deserciones y quizás con nuevas incorporaciones que no he retenido, ese me parece que fue el variopinto y multietario grupo constituido en la generación “inicial” de estudiantes de arqueología en el recién creado Departamento de Ciencias Antropológicas y Arqueología. Dada la flexibilidad con que cursábamos las asignaturas tanto antes como después de 1971, mi recuerdo es que carecimos de promociones propiamente tales. Tengo la impresión de que cada uno fue terminando los cursos y seminarios con gran libertad, de modo que era corriente que alumnos antiguos y nuevos confluyeran en determinados cursos, sin que en esos tiempos fundacionales sea posible hablar de “primer año”, “segundo año”, etc. Las tesis de Luis Rodríguez en 1975, mía ese mismo año y de Rubén Stehberg en 1976, fueron los primeros brotes de esa siembra inicial. 1971 puso término a la dorada época de los 60 en nuestra vida universitaria, inaugurando otra de gran efervescencia política debido a las peleadas elecciones presidenciales del año anterior. Aunque muchos alumnos del recién fundado Departamento siguieron manteniendo en reserva sus preferencias políticas, con Allende como Presidente los estudiantes izquierdistas del Departamento empezamos a expresar más abiertamente nuestra orientación ideológica. Vivíamos, sin embargo, una bochornosa contradicción: éramos alumnos de uno de los departamentos percibidos como más “reaccionarios” (era el lenguaje de la época), en medio de unos de los campus más “revolucionarios” (ídem). En esos años de chalas, lanas, patas de elefante y pelos, muchos pelos, soplaban bellos aires de libertad, igualdad y fraternidad, pero hay que reconocer que el ambiente en el Pedagógico era lejos más jacobino que girondino. En los foros y asambleas, era común que la masa no dejara hablar a los adversarios políticos, tampoco a los partidarios demasiado moderados. Con ese clima de polarización, no es raro que 1971 señale el comienzo de la división política en el Departamento. En la práctica, se fue produciendo un distanciamiento con aquellos compañeros y compañeras de estudio que no compartían nuestras ideas, aunque la amistad se reanudó no mucho después del Golpe Militar, si es que alguna vez se interrumpió. En sintonía con la época, muchos alumnos nos fuimos interesando más en la arqueología como una “ciencia social comprometida con la realidad” (otro cliché de aquel tiempo), que en aprender a hacer buenas excavaciones, buenos análisis de laboratorio y buenos informes de sitio. Con el anatema de “arqueografía”, condenábamos lo que considerábamos pura descripción, reclamando un mayor énfasis en la interpretación. Fruto de esa insatisfacción y obviamente del crispado clima político que se iba imponiendo en el país, nuestro Frente de Izquierda -encabezado por Roberto Flores, Adriana Goñi, Sergio Martinic, Marcelo Arnold y el que escribe- programó en 1972 y 1973  talleres alternativos a la grilla académica oficial. Se trataba de cursos y charlas sobre Materialismo Histórico (Felipe Bate), sobre Arqueología Social (Luis Lumbreras) y sobre otros temas similares, realizados los sábados en la mañana (!) en diversas salas del Pedagógico o en la casa de alguno de nosotros. Recuerdo especialmente una concurrida charla de Lumbreras en el living de la casa de Ángela Jeria. Al llegar, nos salió a abrir la puerta una agraciada niña de pelo largo, liso y rubio, con unos grandes lentes ópticos, misma que 33 años más tarde ocuparía la más alta magistratura del país. No lo sabíamos entonces, pero vivíamos los días finales de una era alucinante y sin retorno. Cómo no recordar, por ejemplo, ese macondiano congreso itinerante que fue el Primer Congreso del Hombre Andino (Arica, Iquique, Antofagasta), donde se propusieron arqueologías, antropologías y etnohistorias pensadas para un Chile que en menos de diez semanas nunca más volvería a ser el mismo. Regresar al Departamento después de la tormenta fue, para muchos de nosotros, una muy dura prueba. Reinaban ahora la desconfianza, la arbitrariedad y el soplonaje en el campus, y una trágica sensación de derrota en todos nosotros. Iba a ser muy cuesta arriba aceptar las lecciones de la realidad. Pero esa ya es otra historia.

Santiago, 30 de junio de 2014http:/https://www.facebook.com/photo.php?fbid=1285091564475&set=a.1285091524474.42236.1145718297&type=3&src=https%3A%2F%2Fscontent-mia1-1.xx.fbcdn.net%2Fhphotos-xtp1%2Fv%2Ft1.0-9%2F1916462_1285091564475_2053687_n.jpg%3Foh%3D6bbadac66d6ab2e6c0b20fea029bdf8d%26oe%3D567FA9A0&size=370%2C476

1  1 Museo Chileno de Arte Precolombino, Bandera 361, Santiago. E-mail: jberenguer@museoprecolombino.cl

Boletín de la Sociedad Chilena de Arqueología Número 43/44, 2014, páginas 67-71 68

Recuerdos de un alumno de arqueología perteneciente a la generación de 1971

Recuerdos de un alumno de arqueología
perteneciente a la generación de 1971

http://www.scha.cl/images/archivos/Boletin_SChA_43-44.pdf

Dedico estás páginas a la Dra. Grete Mostny, quién despertó en mi un profundo interés por conocer la historia de la humanidad y sus proyecciones.

Un día de marzo de 1971, Andrés Pinto y yo nos encontramos en los prados del Pedagógico y comentamos que se había formado recién el Departamento de Ciencias Antropológicas y Arqueología en la Universidad de Chile. Era el heredero del anterior Centro de Estudios Antropológicos, surgido al alero del Departamento de Historia. El nuevo departamento partía con la licenciatura en Arqueología en su plan antiguo. Con Andrés éramos compañeros de estudio en el departamento de Historia, cursando el segundo año la carrera de pedagogía y coincidimos en la decisión de querer cambiarnos a la licenciatura en Arqueología. El futuro laboral parecía muy lejano e incierto para un posible arqueólogo, pero nos dijimos que estábamos dispuestos a correr el riesgo, dado que sentíamos un fuerte llamado vocacional.
Pedimos el traslado a la carrera de Arqueología e iniciamos el primer año, creo que en el mes de abril. Nuestros compañeros tenían distintas edades y procedencia, algunos incluso ya habían terminado una carrera universitaria, pero pronto formamos un grupo bastante unido. Constituimos el primer curso oficial del Departamento. ¿Quiénes éramos?: Blanca Tagle, Raúl Cid, Carlos Aldunate, Rubén Stehberg, María Teresa Planella, Ximena Navarro, Antonia Benavente, Patricio Urquieta, Carlos Maturana, Susana Legradí, Ana María Barón, Rosa Peña, Rodolfo Weisner, Alejandro Durán,Javier* (no recuerdo su apellido y más tarde dejó la carrera), Andrés Pinto y yo. En algunos cursos fuimos también compañeros con Iván Solimano.

JDC Día DD DD 2011
Nuestros referentes eran los alumnos avanzados. Algunos de ellos ya estaban próximos a terminar la carrera porque habían iniciado a tomar cursos de Arqueología y Antropología unos años antes en el Centro de Estudios Antropológicos o en otras unidades del Departamento de Historia (Victoria
Castro, Carlos Thomas, Carlos Urrejola, Julia Monleón, Silvia Quevedo, Luis Rodríguez, José Berenguer, Consuelo Valdés, Fernanda Falabella, Ángela Jeria, Fernando Plaza, Adriana Goñi, Marcela Lama, Jaqueline Madrid, Josefina Muñoz, entre otros) Algunos de ellos ya eran ayudantes y los mirábamos con respeto. Con Pepe Berenguer, Ángela Jeria y Nano Plaza alcanzamos a ser compañeros en algunos cursos. Fernanda Falabella, que también había pasado un tiempo en el departamento de Historia y en el Centro de Estudios Antropológicos, después de una permanencia en el extranjero se incorporó a nuestro Departamento de Ciencias Antropológicas en 1972 y fuimos compañeros en un buen número de cursos.
En 1971, algunos de nosotros comenzamos a frecuentar la Sección de Antropología del Museo Nacional de Historia Natural. Un día le manifesté a mi profesora, la doctora Grete Mostny, el interés que sentía por asistir a leer y a conocer las colecciones arqueológicas del Museo. La doctora Mostny me recomendó a don Julio Montané, quién me recibió muy cordialmente. Me presentó a Eliana Durán, con quien compartiríamos después varios años de grato trabajo conjunto, en torno al estudio de la cultura Aconcagua. Conocí también a Julie Palma, Patricio Núñez, Marcelo Garretón y Nieves Acevedo. De inmediato me dejó como pupilo de Julie que me guio con dedicación en los primeros pasos por las colecciones del Museo. Como primera actividad me llevó a ver la antigua sala de Prehistoria de Chile, en el segundo piso. La primera vitrina que conocí fue la de Cueva de Fell, con la secuencia cultural de 11.000 años, establecida por Junius Bird. Fue como una premonición, que años después me llevaría a seguir sus huellas en la Patagonia austral.
Durante los días sábado escuchábamos con atención en el Museo las amenas tertulias de Julio Montané, con Hans Niemeyer, Virgilio Schiappacasse y Felipe Bate, sobre los más variados temasantropológicos. Don Julio era el anfitrión y entre sus temas favoritos estaba el del rol social de la arqueología, pero además paseaba su sabiduría por muchos temas de arqueología americana, demostrando que era también un gran lector. Aprendimos mucho de esas tertulias.
Mientras tanto, el plan antiguo de Arqueología, en la Universidad, comenzó con cursos de duración anual, pero el Director del departamento, don Mario Orellana, nos informó a poco andar que se estaba estudiando la necesidad de impulsar un plan nuevo de estudio a partir de 1972, con una
licenciatura que contaría con un plan básico inicial y dos menciones, en Arqueología y en Antropología Social. Los cursos serían de modalidad semestral. Los alumnos del plan antiguo, “nosotros”, que todavía nos sentíamos unos pollos nuevos, podríamos adecuarnos al nuevo sistema.
Con el trascurso de los meses la situación política del país se iba polarizando progresivamente y en ese contexto el Instituto Pedagógico, centro pensante y crítico por naturaleza, vio aumentar la temperatura y los enfrentamientos verbales, entre distintas tendencias de opinión.
En ese ambiente, los estudiantes del departamento de Ciencias Antropológicas y Arqueológicas nos tomamos el departamento por varios días, solicitando una discusión abierta sobre el rol de la Antropología en Chile y la discusión de la futura orientación que debería tener el nuevo plan de estudio. Eso creo que ocurrió en la segunda mitad de 1971. El director, Mario Orellana, de personalidad fuerte, aceptó el desafío y en su calidad de director del Departamento convocó a una convención para discutir múltiples temas.
La convención duró una semana o un poco más, período en que sesionamos a puertas cerradas. Profesores y alumnos confrontamos ideas, con fuerza pero con total respeto y con un elevado sentido académico. Para nosotros fue una experiencia enriquecedora. Se discutió si la Arqueología debía ser considerada parte de la Antropología, o parte de la Historia, o una ciencia independiente. Cual debía ser el rol social de la Antropología en una sociedad que estaba viviendo un profundo cambio revolucionario. Se habló de la arqueología versus la arqueografía, de la relación entre las ciencias humanas y las ciencias naturales; de los nuevos planes de estudio y su orientación.
Bernardo Berdichewsky, Mario Orellana, Carlos Munizaga, Alberto Medina (mi querido profesor de tesis, años después), Juan Munizaga, Hans Niemeyer, George Serracino y otros profesores daban su opinión, discutían algunos puntos entre sí y respondían a las preguntas incisivas de nuestros dos representantes estudiantiles más locuaces: Roberto Flores, el presidente del Centro de Alumnos (que venía del departamento de Historia, donde seguía estudiando en forma paralela pedagogía) y Luis Rodríguez, el Che Rodríguez (el primer alumno titulado del departamento, más adelante). Ellos eran nuestros teóricos para hacer frente a los profesores. Los demás escuchábamos con bastante timidez pero con mucha atención esas largas y enriquecedoras
sesiones, donde aprendimos mucho. Pese al fragor de los discursos se podían confrontar ideas con alturas de mira, en un verdadero ejercicio democrático.
1971 fue también el año del VI Congreso Nacional de Arqueología Chilena, que se realizó en la Casa Central de la Universidad de Chile, Santiago. Fue un Congreso muy polémico, donde las banderas políticas de distintos colores se agitaron durante las ponencias y las discusiones. También se criticaron los respaldos teóricos y metodológicos de ciertos trabajos expuestos. Pero finalmente fue nuestra primera experiencia como alumnos oyentes, que asistíamos a la presentación de ponencias en un congreso de Arqueología. Allí conocimos además a destacados arqueólogos de países vecinos como Luis Guillermo Lumbreras, Juan Schobinger y Carlos Ponce Sanginés y al etnohistoriador John Murra. Recuerdo que tanto Lumbreras como Murra desplegaban un fuerte magnetismo al hablar, que cautivaba a la audiencia.
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Mencionaré dos pequeñas anécdotas para graficar el ambiente que se vivía ya al año siguiente, año 1972, habiéndose implementado el nuevo plan de estudios, con alumnos de arqueología y los que optarían por la especialidad de Antropología Social, ya incorporados.
Mario Orellana decidió dictar un seminario voluntario los días sábado en la mañana en el Departamento de Antropología, sobre el pensamiento de Teilhard de Chardin (El Departamento ocupaba en ese tiempo la casa que hoy corresponde al cuerpo de bomberos, situado frente al Pedagógico). A la misma hora, Felipe Bate impartía al frente, en el Pedagógico, un curso voluntario sobre Materialismo Histórico. Algunos compañeros iban al seminario de Teilhard de Chardin, otros asistíamos al curso de Materialismo Histórico. Evidentemente, el día lunes en clase de Teoría y Método las diferentes visiones teóricas generaban discrepancias.
Otra imagen. En el Departamento (que en algún momento pasó a llamarse Departamento de Antropología), se formó un núcleo de jóvenes socialistas, constituido por Roberto Flores, su dirigente, Adriana Goñi, Marcela Lama y yo. Éramos cuatro y hacíamos lo que podíamos para expresar nuestras ideas políticas. Sin embargo, en forma paralela se creó un pequeño
núcleo más rupturista, de características muy especiales. No recuerdo el nombre del núcleo. Pero estaba conformado por Juan Carlos Skewes, su polola y una amiga. Eran solo tres, pero su presencia en el departamento marcó época. Juan Carlos, era su líder. Muy pronto instalaron un diario mural que actualizaban casi todos los días con información novedosa; reflexiones e ideas críticas sobre distintos temas sociales y culturales, para hacer pensar. Su contenido siempre era muy llamativo, y todos nos acercábamos a leerlo. Pese a las diferencias políticas, que no eran tan abismales, nos hicimos muy amigos con Juan Carlos Skewes, una persona muy valiosa y creativa y terminamos compartiendo en el café Los Cisnes y posteriormente, cuando trabajamos en un proyecto sobre el impacto de la sequía en el Norte Chico, dirigido por don Juan Munizaga, invitamos a Juan Carlos y participó con nosotros en un terreno realizado en el sector de San Lorenzo al norte de Ovalle.

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Este era el ambiente que se vivía por esos años en el Departamento de Antropología de la Universidad de Chile. Del Departamento de Historia y Geografía, traíamos la práctica del “pastoreo”, la alegría de los prados del Pedagógico (que habían acogido a largas generaciones de destacados pensadores, investigadores y pedagogos). Traíamos los aires renovados como consecuencia de la Reforma Universitaria de los años precedentes, la “revolución de las flores” y sus consecuencias, los cambios en la música, el movimiento literario latinoamericano que lo situaban como un gran movimiento cultural para mostrar y soñar la América mestiza. Algunos también traíamos el sueño socialista para un Chile más igualitario, por lo que considerábamos eran necesarios cambios profundos.
Pero también traíamos la visión de los historiadores, la percepción de la Paideia que sintetizaba los ideales de los antiguos griegos, la rigurosidad en el análisis crítico de las fuentes documentales, de profesores como Genaro Godoy, Sergio Villalobos y otros. La geografía humana, la geografía física, la geomorfología, constituían nuestras fuentes para acercarnos al conocimiento del paisaje, con profesores como Pedro Cunill, Eusebio Flores, Rómulo Santana, Reinaldo Börgel y José Araya. Las reflexiones filosóficas de Humberto Giannini y de Armando Cassigoli también nos habían impregnado.
En el departamento de Antropología incorporamos la visión antropológica con don Carlos Munizaga y Juan Munizaga. Grete Mostny, Mario Orellana, Bernardo Berdichewsky, Alberto Medina, Hans Niemeyer y George Serracino, entre otros, nos enseñaron sobre prehistoria y arqueología. Osvaldo Silva nos mostró la perspectiva de la ecología cultural.
En síntesis, aprendimos de todos ellos que los contextos arqueológicos encierran complejos y variados códigos que permiten reconocer y reconstruir los procesos sociales en su dimensión histórica, antropológica y ambiental. Empezábamos a preguntarnos por tanto como conciliar de la mejor forma estas dimensiones, como parte de una comprensión integral, sin perder el foco de lo arqueológico.
Pero entre los años 1972 y 1973 nuestra sociedad terminó por polarizarse hasta el extremo más peligroso y esa polarización permeó también a la Universidad. Como sabemos, por la dura experiencia vivida a partir del 11 de septiembre de 1973, las cosas cambiaron para todos. Terminamos nuestra carrera y nuestra tesis durante los años de penumbra…y cuando despertamos nuevamente a la democracia, después de 17 años de dictadura, Chile ya era otro Chile, el Instituto Pedagógico había sido duramente golpeado y ya no pertenecía a la Universidad de Chile, y la arqueología de los tiempos más poéticos, la que nos habían enseñado varios de nuestros profesores, con su vocación templada por los años, estaba cambiando hacia una arqueología más pragmática, y más compleja, más acorde con el mundo actual.
Mauricio Massone
Concepción 14 de noviembre, 2013.

Mis Recuerdos de Esa Epoca Trenzados con los de Mauricio 

Adriana Goñi, Lic. Antropología/arqueología U de Ch.

Alguna vez escribí mi perfil en Linkedin, donde expuse mi historia desde que inicié la larga marcha en la profesión :

Anoté los siguiente:” Lic. en antropología/arqueología de la Universidad de Chile, donde ingresé en 1970, al Departamento de Historia (Pedagógico),mientras trabajaba como asistente ad honorem en la Sección Arqueología del MNHN,cuyo jefe,don Julio Montané Martí acogía a estudiantes,aficionados,científicos,académicos sin distinción alguna, haciéndonos partícipe de sus trabajos en terreno, las reflexiones,debates e intercambios de experiencias y saberes con una amistad cómplice que se perpetúa hasta el hoy.

La directora del MNHN de entonces, Dra Grete Mostny, me empuja a ingresar a la universidad y formalizar mis prácticas y experiencias.

Desde los turbulentos años setenta hasta los transicionales años noventa,fui alumna de la UCH.

Viajes,terrenos,escritos,aulas,colectivos,talleres,seminarios después me posicionan en el Siglo XXI en la antropología Virtual,donde habita el sujeto de mis investigaciones, así como
el universo social,cultural e histórico en el que estoy inmersa.

Más allá de fronteras,generaciones,ideologías y géneros, en un proyecto sin fin de nuevos paradigmas.

Especialidades: Etnografía de la Realidad Virtual
Migraciones Forzadas-comunidades Diasporicas – migraciones Latinoamericanas
Segunda y Tercera Generación de descendientes de personas afectadas por los DD HH en el Cono Sur
Diversidad-Identidad-
Memoria en la Web:
Asesoría en producción cine y documentales temática recuperación de memoria Histórica y Memoria Colectiva Cono Sur de latinoamérica.”

Fui arqueóloga hasta que los muchos años y el Colegio de Arqueólogos me marginó, dado que mi decisión de no realizar una tesis en arqueología – ya en 1993 sabía que la etnografía y la antropología serían mi quehacer- me dejó sin el título profesional, y los licenciados, al menos hasta hace un tiempo, no  eran considerados arqueólogos.

Desde el año 1969, cuando la doctora Mostny me aclara que mi intención de ingresar a la carrera de Museología, que se dictaba en el MNHN no correspondía a lo que le expresaba como mi objetivo y mi vocación – y me aconseja que termine la educación secundaria, de la prueba de Aptitud e ingrese a la carera de Arqueología- lo que cumplí, ingresando al Departamento de Historia y Geografía de la Universdad de Chile.

En mi caso, la doctora Mostny fue fundamental al orientar a esta veinteañera, con cuatro hijos, hacia un camino que recorro hasta este nuevo siglo.

La política gremial de dar a los que tenemos el grado de Licenciados en Antropología con mención en Arqueología una calidad de “miembros honorarios” y no de arqueólogos, a pesar de una trayectoria en la profesión de décadas, participando en los proyectos más significativos en la historia del país y con los más destacados profesionales chilenos y del mundo (Julio Montané en San Vicente de Tagua Tagua, Tom Dillehey en Monte Verde, William Mulloy en Isla de Pascua,Lautaro Nuñez en Caleta Huelén, en el Loa,Patricio Nuñez en el distrito Tahai, Rapa Nui, don Alberto Medina en La Chimba, Carlos Ocampo en todos sus proyectos hasta 1998  )

A partir de este nodo fundamental en mi vida académica y personal, cuando había cumplido los 24 años y mi hija , la menor de 4 se empinaba en los 2 años,inicié un camino por terrenos ásperos para una joven mujer, madre y arqueóloga, en tiempos en que las mujeres se quedaban en casa y en su horizonte limitado a tareas domésticas el escarbar huesos prehispánicos, piedras y trozos dispersos de cerámica en desiertos , pantanos e islas remotas no formaba parte de su imaginario.

Mi hija aprendió a caminar en las trincheras y cuadrículas de San Vicente de Tagua Tagua y mis tres hijos varones conocieron los cuatro puntos cardinales de Chile.

Los procesos histórico sociales que nuestro país experimentó a partir de 1973 nos llevó a mis hijos y a mí a un exilio donde fue posible conocer y aprender de antropólogos y arqueólogos transandinos, experticias y saberes indocumentados y no reconocidos en mi historia académica cuando después de cinco años retorné y reingresé a esa carrera y esa universidad que fue madrastra para tantos de nosotros.


* Javier Muñoz Fernandez, casado con Rosa Peña. Después del Golpe de Estado se cambió a la Universidad Católica, a la carrera de Pedagogía en Educación Básica. Ejerció como profesor de básica en el Colegio Tabancura por décadas. Rosa Peña, así mismo, se cambió a la PUC, a la carrera de educación diferencial.