Carta a la Adriana Goñi desde Macondo

2009-10-06
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Fesal Chain
especial para G80
Carta a la Adriana Goñi desde Macondo

En algunos diálogos que hemos mantenido por facebook con la Adriana Goñi ella dice: “(…) me ha pasado en tantas ocasiones en que diverges un átomo de lo establecido, petrificado en una memoria a veces utilitaria, que mi volcán vasco-judío se llena de hormonas. Me han segregado por No ser: no ser mapuche, no ser rapanui, no ser proleta, no ser flaca, no ser joven, no ser vieja, no ser virgen…que sólo yo sé en que identidad me ubico. Mi temor es qué pasará con nuestra herencia cuando mi generación vapuleada termine de irse…Me aterra el fantasma de los exiliados republicanos, de los judíos asimilados, de los hombres y mujeres del pueblo que no recuerdan. La instalación del olvido es mi fantasma personal. Y que la muerte de tantos y tantas quizás un día no tenga razón de ser”.

Pensé escribir algunas notas, como manera de respuesta a tan profunda y esencial reflexión, pero, luego pensé que aquella daba para una “Carta a la Adriana Goñi” y una carta desde acá, desde Macondo. Probablemente la generación de la Adriana, una intermedia y la mía, es decir tres generaciones políticas y culturales, la de los 60, la de los 70 y la de los 80, sepan la importancia casi desmesurada de Cien Años de Soledad, no solamente como Novela o “bella prosa” sino como el libro capital, y permíteme Adriana cierta lírica, acaso más importante que ese viejo y terriblemente profundo libro judío-alemán, Das Kapital. Y ciertamente la comparación no es azarosa.

Nota aparte, esto de nombrarte “la” Adriana, me parece más correcto que sólo Adriana. Y es simple como una de mis manos o de las tuyas. Has realizado desde la sinceridad una reflexión que va más allá, lo desees o no, de una reafirmación meramente ideológica. No soy de aquellos que no entienden la ideología, desde la distinción genial de Marx. Ideología como develación de lo aparente e ideología como falsa consciencia. Cuando me refiero a que hay un más allá de la ideología, me refiero justamente que existe un mundo de los hombres y de las mujeres que va más, mucho más y más allá de la develación o de la velación racional y mental del mundo de los fenómenos sociales y de las cosas.

Es la poesía como método de comprensión y conocimiento. No lo meramente bello, lo emocionantemente bello o lo que nos mueve a reír a o a llorar. Eso es, desde una poética compleja sólo la manifestación del fenómeno de la poesía. La manifestación en los hombres y mujeres. Pero emocionar para comprender el mundo es su objeto y objetivo final.

Así que Adriana esta Carta, es con ternura, es con cariño, es con tremendo respeto por tu reflexión , que es sin lugar a dudas , la reflexión de esta estirpe de cien años de soledad de la que formamos parte, irremediablemente, en el dolor, en el sufrimiento y en la alegría de una vida dura.

El primer dato, Adriana, es justamente la primera frase del narrador en Cien Años de Soledad: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

El recuerdo… pero muchísimos años después Adriana, muchísimos, tantos que aquella tarde ya era remota, y el recuerdo, frente a la muerte… Aureliano recuerda el hielo, recuerda a quien lo llevó al pueblo, a los gitanos… Melquíades Adriana, Melquíades…Adriana…

Segundo dato: “Fue Aureliano quien concibió la fórmula que había de defenderlos durante varios meses de las evasiones de la memoria. (…) Un día estaba buscando el pequeño yunque que utilizaba para laminar los metales y no recordó su nombre. Su padre se lo dijo: “tas”. Aureliano escribió el nombre en un papel que pegó con goma en la base del yunquecito: tas. Así estuvo seguro de no olvidarlo en el futuro. No se le ocurrió que fuera aquella la primera manifestación del olvido, porque el objeto tenía un nombre difícil de recordar. Pero pocos días después descubrió que tenía dificultades para recordar casi todas las cosas del laboratorio. Entonces las marcó con el nombre respectivo, de modo que le bastaba con leer la inscripción para identificarlas. Cuando su padre le comunicó la alarma por haber olvidado hasta los hechos mas impresionantes de su niñez, Aureliano le explicó su método, y José Arcadio Buendía lo puso en práctica en toda la casa y más tarde lo impuso a todo el pueblo. Con un hisopo entintado marcó cada cosa con su nombre: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama, cacerola. Fue al corral y marcó los animales y las plantas: vaca, chivo, puerco, gallina, yuca, malanga, guineo. Poco a poco, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad. Entonces fue más explicito. El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestos a luchar contra el olvido: Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche. Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaron los valores de la letra escrita”.

Vivir Adriana, en esta realidad escurridiza siempre día a día, mes a mes, año a año, siglo a siglo, capturada momentáneamente por las palabras. Nuestros padres nos dan las palabras Adriana, el método, pero ¿Acaso ha llegado ese fatídico momento en que la humanidad completa ha olvidado el valor de la letra escrita?

Tercer dato fundamental:
“José Arcadio Segundo no habló mientra no terminó de tomar el café.
-Debían ser como tres mil- murmuró.
-¿Qué?
-Los muertos -aclaró él-. Debían ser todos los que estaban en la estación.
La mujer lo midió con una mirada de lástima. “Aquí no ha habido muertos”, dijo. “Desde los tiempos de tu tío, el coronel, no ha pasado nada en Macondo.” En tres cocinas donde se detuvo José Arcadio Segundo antes de llegar a la casa le dijeron lo mismo: “No hubo muertos”. Pasó por la plazoleta de la estación, y vio las mesas de fritangas amontonadas una encima de otra, y tampoco allí encontró rastro alguno de la masacre.

A Macondo, donde estoy ahora Adriana, fumándome este cigarro y tomándome este café, ha llegado el olvido irremediable, la letra escrita ha perdido todo su valor, mis padres, mis primos mayores me dieron el método y la palabra, pero ya nadie entiende las palabras, ya nadie lee las palabras, ya nadie les da un valor… Melquíades Adriana, Melquíades…

Cuarto dato final, nuestra redención que mata tus miedos y los míos: “Aureliano no había sido más lucido en ningún acto de su vida que cuando olvidó a sus muertos y el dolor de sus muertos y volvió a clavar las puertas y ventanas con las crucetas de Fernanda para no dejarse perturbar por ninguna tentación del mundo, porque entonces sabía que en los pergaminos de Melquíades estaba escrito su destino. Los encontró intactos entre las plantas prehistóricas y los charcos humeantes y los insectos luminosos que habían desterrado del cuarto todo vestigio del paso de los hombres por la tierra, y no tuvo serenidad para sacarlos a la luz, sino que allí mismo, de pie, sin la menor dificultad, como si hubieran estado escritos en castellano, bajo el resplandor deslumbrante del mediodía, empezó a descifrarlos en voz alta. Era la historia de la familia, escrita por Melquíades hasta en sus detalles más triviales, con cien años de anticipación. La había redactado en sánscrito, que era su lengua materna, y había cifrado los versos pares con la clave privada del emperador Augusto, y los impares con claves militares lacedemonias.”

No había sido más lucido que cuando olvido a sus muertos…Qué quiere decir esto Adriana, amiga mía, qué quiere decir…Se me ocurre ahora, con el viento tibio de esta tarde triste y alegre, que hay cierta epifanía en el olvido, en ese olvido del pueblo, que tu angustiosamente con y en tus palabras tratas de detener, de frenar. Si han perdido el valor de esas palabras, si han olvidado las imágenes, las figuras, los hechos, los muertos, entran entonces en un espacio lumínico, donde todas las cosas, los hechos, todas las palabras, todos los muertos, se presentan diáfanos y simultáneamente. Adriana, esto es poesía, pero no es mentira. Que el valor de cambio y el de uso, la ley del valor no responderán jamás a este problema de la vida. Pero sí la poesía, si esta monumental Novela, que no es sino nuestra Biblia, nuestra Torah, nuestro Nuevo Testamento, nuestro Corán…

Hay un pergamino, palabras Adriana, pero en sánscrito, son meros signos, especies de jeroglíficos para un pueblo momentáneamente sin memoria racional, Melquíades, Adriana, Melquíades en el útero…Y es la mamá la que entrega la clave, el padre meramente el método y las palabras, la lengua materna entrega la clave Adriana… Al centro esta la clave materna, a su derecha El Emperador, a su izquierda la Fuerza…

Melquíades, sólo debemos encontrar el pergamino, pero solamente lo encontraremos, justamente después de la pérdida del valor de las palabras, después de todo el olvido de nuestra niñez y de nuestros muertos, después del torbellino. Adriana amiga mía, no temas más, no lo hagas, no sufras sobre el dolor de la vida, porque ella requiere esto: pelotón de fusilamiento, recuerdo, pérdida del valor de las palabras, padre método, olvido de la niñez y de los muertos y un pergamino en lengua materna donde está la verdad y la nueva vida.

Y es que ese pergamino, es el ser de las cosas inmutable, su núcleo sagrado, nunca olvidado, más allá de las palabras y de las ideologías como explicación racional, porque el pergamino Adriana, está presente de verdad, y no es magia, es la marca indeleble a sangre y fuego timbrada en nuestra memoria histórica, como inconsciente colectivo, aunque a veces no esté presente en la petit historia, como conciencia personal y social y en un lenguaje que ya no sirve para desentrañarlo.

Los que nos han hecho sufrir en este tiempo y espacio, como aquellos que han hecho sufrir a otros en su tiempo y espacio a nombre de cualquier ideología racional, van perdiendo la memoria y los dominados de siempre, esta estirpe nuestra, condenada a cien años de soledad va expropiando y acumulando la memoria, como un pergamino en sánscrito, escondido en el cuarto de Melquíades, por donde por los siglos de los siglos, no pisará pie humano y en donde crecerán plantas prehistóricas y luminosas y salvajes criaturas. Debemos pasar por la vida con sus sufrimientos y dolores, con sus palabras muertas y olvidos para llegar a la vida verdadera, a la Jerusalén prometida, como novia engalanada.

Siempre tuyo Melquíades, Adriana, Melquíades…

Fesal Chain
Poeta, narrador y sociólogo

Acerca de violaciones y culpas

Adriana Goñi Godoy
especial para G80

Acerca de violaciones y culpas

Las mujeres estamos siendo demonizadas como asesinas e incitadoras a la violación y abuso sexual por el solo hecho de despertar apetitos desmedidos en los  varones víctimas de una compulsión irresistible y animal. Triste papel para mujeres y hombres considerados en su más instintivo deseo sexual.

Si luchamos por interrumpir los embarazos en las tres dramáticas circunstancias legales hasta el año 1989- las cuales de seguro los varones padres de esos fetos inviables aprobarían y solidarizarían, así como los esposos de las mujeres con riesgo de su vida y los familiares de las jóvenes violadas- voces que no escuchamos- somos estigmatizadas y consideradas criminales arrojadas a prisión.

La primera vez que sufrí un intento de violación fue a los trece años, cuando un amigo de mi abuela con engaños me llevó a una casa donde pagó para que lo dejaran entrar a una pieza donde me encerró y comenzó a intentar arrancarme la ropa. Me salvaron en esa ocasión  mis lecturas precoces de los textos legales de mi padre abogado que me hicieron saber que era delito forzar a una menor y mis iracundos gritos amenazando con denunciar a él, a la vieja alcahueta y hasta a mi abuela…Mi culpa: ser una niña muy desarrollada, muy pechugona y quizás algo coqueta.

La segunda vez, a los 20 años, ya casada y con dos hijos, siempre pechugona y quizás algo coqueta, el tipo que debía entregarme unos pantalones hechos a la medida, en su casa-taller se arrojó sobre mí enardecido. A mis llantos, suplicas y rechazo solo dijo: “tienen que tocarme a mí siempre las histéricas”.

La última y no menos traumatizante vez fue en mi primer espacio laboral, una joyería donde con entusiasmo ejercía mi oficio de artesana en plata. Ya tenía 24 años, cuatro hijos, siempre pechugona y algo coqueta. El dueño, viejo sesentón, aprovechó la ausencia del operario que soldaba las piezas de plata y como animal se me abalanzó por detrás, provocando en mí tal desconcierto, terror e impotencia que como consecuencia sufrí la pérdida de la voz y el comienzo de una depresión que me duró mucho tiempo. Ninguna de estas veces se concretó la violación. Ninguna de estas veces fui capaz de contarlo a nadie.

En el inconsciente de esta niña- mujer que era de seguro sentí y pensé que de alguna forma debía de haber sido mi culpa.

6 febrero 2015

Adriana Goñi
@antropomemoria
Para Generación 80

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70 años con mi memoria a cuestas.

70 AÑOS DE MEMORIA
Adriana Goñi
20 julio 2015

Vivir largos años es haber sido testigo y protagonista de cambios profundos en todos los aspectos de nuestras vidas. Es haber pasado de espacios privados y públicos donde nuestros derechos y libertades eran restringidos y escasos a vivir otros en que nuestras voces se expresan con la fuerza enorme de lo colectivo y es haber transitado desde lo doméstico a lo público modificándose los roles que la sociedad nos impuso un día a los roles que por opción hemos hecho nuestros.

NACÍ EN LO MÁS PROFUNDO DEL INVIERNO DE 1944, cuando  agonizaba en Europa  la II Guerra Mundial y en Chile gobernaba Juan Antonio Ríos, presidente cuyo nombre solo me suena a alguna calle de mi país.

Vista de la calle Juan Antonio Ríos, rodeada de edificios de departamentos, hacia 1960

Vista de la calle Juan Antonio R,1960.

Hoy no puedo usar mi apellido vasco porque de alguna manera me robaron la Ñ…
Gabriel González Videla, (cuando yo era una niñita de dos años, Papá,Mamá y yo. Feb 1946 (1 año 9 mesesmi padre que fue marino estudiaba derecho y era Secretario de la Juventud Conservadora y mi abuelo era, o iría a ser, General de la República ) se transforma en el presidente radical, que según aparece en textos de la librería del Congreso de estados Unidos incorporó a liberales en su gabinete, junto con los radicales y los comunistas, el brebaje ministerial más exótico que los chilenos habían visto en su vida, perseguía, encarcelaba y torturaba a los miembros del Partido Comunista de Chile.

Hoy veo en  TVN  a jovenes comunistas en la bancada parlamentaria ; veo homenajes en la CNN al desembarco en Normandía y recuerdos de los campos de concentración nazi en el History Channel   y a un presidente de USA de raza negra, cuando aún recuerdo a un Martin Luther King, un Malcom X asesinados…
Vi a mis 15 años a Fidel entrar triunfante en La Habana,

también lo vi en Washington ante el monumento a Lincoln.. y hoy aparece en las pantallas de TV como un abuelo sabio, flaco, sonriendo y reflexionando…y este 20 de julio se abre la Embajada de Cuba en USA…http://http://edition.cnn.com/videos/spanish/2015/07/20/cnnee-vo-cuba-flag-new-embassy-in-washington.cnn
Vi llegar al Hombre a la Luna, morir a seres humanos por VIH, viví la dictadura de Pinochet y la de Videla. Viví detención y exilio, fracturas familiares, perdí amigos, compañeros, profesores y colegas; renací mil veces y formé parte de cientos de comunidades, redes y colectivos.


Hoy veo en televisión morir cientos de personas en el Mediterráneo, veo en la TV por cable españoles añorando a Franco, veo Vietnam dividido en dos países, veo a Corea del Norte y otra del Sur y veo documentales que muestran países que cuando nací no existían .
Hoy converso con mi madre nonagenaria en las redes sociales y con mis nietos y nietas intercambiamos en línea vía whatsapp imágenes de gatos, tatuajes, memes y emoticones; hoy converso por Internet con amigas que viven en Nepal; con amigas mapuche en Holanda; hoy veo a los amigos de mi padre en la FIFA encarcelados; Juan Goñi S , Joao Havelange y Príncipe Faisal. 1978hoy padezco una enfermedad que solo se conoció en los años 90 y mi cuerpo es portador de placas de titanio…Fibromialgia, enfermedad invisible
Escucho hablar a un Papa argentino en Bolivia – un día supe que el Che moría allí en la guerrilla- y Bolivia aún no tiene acceso soberano al Mar…
Nació en mi tiempo de vida el MIR en Chile y a 50 años de su nacimiento – con sus militantes muertos y recordados solo por otros militantes – desapareció del imaginario colectivo de mi país después de haber abierto a miles de pobres del campo y la ciudad un camino diferente para tomar el cielo por asalto.

Memorial del MIR en Villa Grimaldi, 2008

Memorial del MIR en Villa Grimaldi, 2008

Yo que un día excavé en un sitio donde el hombre vivió hace 35.000 años,  Monte Verde, Chile, hoy investigo cómo se relacionan los seres humanos en la ciber sociedad y cómo las pantallas luminosas de distintos dispositivos condicionan nuestras vidas.

Logo dedo Dios y mecanicoo

Y asílo viví yo, y todo forma parte de la maravillosa experiencia de haber sido testigo presencial y  en ocasiones protagonista de  sucesos que cambiaron el mundo en los dos siglos que me vieron nacer, crecer, y envejecer .

La posibilidad del mal. “La porfiada negación del pasado conduce a su mitificación”. Eugenio Tironi

Columnistas
Martes 05 de noviembre de 2013

La posibilidad del mal

“La porfiada negación del pasado conduce a su mitificación. Es lo que estamos viendo en Chile. Lo prueba la extendida idealización del Estado, rebautizado ahora como ‘lo público’…”

El historiador Tony Judt, en sus conversaciones con Timothy Snyder en los meses previos a su muerte, dice lo siguiente: “Lo que le faltaba al pensamiento de izquierda y del centro en la época de entreguerras era algún tipo de reconocimiento de la posibilidad del mal como un elemento limitador, y mucho menos dominador, de las cuestiones públicas”. Bueno, con el golpe militar de 1973 los que entonces éramos jóvenes militantes de izquierda conocimos en carne propia “la posibilidad del mal”. Nunca más volvimos a ver al mundo como una página en blanco. Nunca más nos sacamos el miedo de la piel: no a los demás, sino el miedo a nosotros mismos; al terror que podíamos engendrar si no aprendíamos a controlar nuestras pulsiones. Nunca más nos pudimos sustraer —como expurgando una culpa— del temor a la regresión y al caos, ni de la obsesión casi adictiva por el orden.

Pero la “posibilidad del mal” no la descubrimos solamente en el golpe y la represión que le siguió. A este se sumaría después el desengaño con el marxismo y el socialismo “realmente existente”, que nos condujo a perder la fe en esa “religión secular” —como la llama el propio Judt— que hasta entonces había sido la fuente de nuestras certezas.

Nos sentíamos oprimidos por el discurso determinista y economicista de los “chicago-gremialistas”; pero nos dábamos cuenta de que no lo podíamos combatir invocando el mismo paradigma pero en sentido opuesto, como lo ofrecía el marxismo.

Las coincidencias eran excesivamente chocantes como para pasarlas por alto. La misma convicción de que la economía determina todos los órdenes de la vida social, la misma se-guridad en la ciencia como faro iluminador, la misma fe incombustible en la razón como factor emancipador. La misma esperanza en “la destrucción creativa”, la cual asume —como dice Judt— que las revoluciones y sus sufrimientos “son el precio necesario y en todo caso inevitable que pagamos por un futuro mejor”. La misma justificación de “los crímenes presentes en función de unas ganancias futuras”, basadas en la “inverificable hipótesis” de un futuro mejor.

Seguíamos de cerca la experiencia de Checoslovaquia, Hungría y, sobre todo, Polonia, donde emergía Solidaridad y la figura de Lech Walêsa. Nos sentíamos identificados con los marxistas disidentes. Sentíamos como propios sus reclamos contra la subordinación de la persona a los fines económicos y sus alegatos en favor del respeto a las dimensiones irracionales del individuo. Nos llamaba la atención también su reconocimiento del mercado como mecanismo que amplía el margen de libertad.

Vislumbrábamos un misterioso nexo entre aquellas y los temas que ocupaban a los pensadores disidentes del este de Europa. Decidimos entonces tomarnos en serio las ideas neoliberales; no desecharlas por el mero hecho de estar asociadas a la dictadura. Pensábamos que la oposición al régimen de Pinochet no debía atacar su talante económico liberal, sino su negación de la soberanía popular y la democracia. Había que combatirlo por dictador, no por libertario; por acosar a la población con un Estado omnipotente y omnipresente, no por dejarla al arbitrio del mercado; en otras palabras, por la DINA y Dinacos, no por la baja de los aranceles. Y lo que había que proponer al país no era un retorno al orden político-económico que había colapsado en 1973, sino un proyecto que aprendiera de esa experiencia, así como de la suerte del socialismo real.

Paradójicamente, la porfiada negación del pasado conduce a su mitificación. Es lo que estamos viendo en Chile. Lo prueba la extendida idealización del Estado, rebautizado ahora como “lo público”. No está de más, en este contexto, volver a recordar la “posibilidad del mal”.

“Poco hombre”…Lemebel y el grito.

miércoles 30 de octubre de 2013

Lemebel y el grito

Poco hombre es una antología de las crónicas escritas por Pedro Lemebel durante más de 20 años, que se lanza este fin de semana en la Feria del Libro. Lejos de funcionar como una especie de museo, los textos recopilados aquí siguen luciendo urgentes y rabiosos.

Lemebel iluminó las zonas oscuras de la urbe chilena de un modo nunca antes visto. Recordó las historias que le contaron de oídas, anotó los nombres de homosexuales muertos, habló del incendio de la discoteca Divine, escribió sobre peladeros y basurales, sobre circos pobres, sobre boîtes a la deriva durante la dictadura.

Ahora que han pasado casi treinta años desde que leyó en público sus primeros textos, ahora que ya es parte de nuestro paisaje literario de modo imborrable, ahora que ya todo ha cambiado; vale la pena recordar que los libros y las crónicas de Pedro Lemebel estuvieron ahí para nosotros cuando había poco y nada. Por lo menos, fue así para mí. Lemebel era uno de los antídotos a muchas de las cosas que mis profesores enseñaban con una fe ciega que en realidad era una máscara de la ignorancia, a los lugares comunes que vendían los suplementos culturales, a lo que yo mismo creía que debía ser la literatura. Lemebel era la guerrilla, la calle, una poesía hecha de escombros y restos, de canciones perdidas, de las imágenes de ídolos musicales recortados de viejas revistas de las que nadie se acordaba, pero que estaba indudablemente viva.

Llego a esa conclusión después de leer Poco hombre, los textos que el crítico español Ignacio Echevarría recopiló y tramó como suma de su universo narrativo para Ediciones UDP: la marginalidad, la homosexualidad, las grietas de la vida política chilena, la ciudad y, sobre todo, la lengua, que Lemebel describe como una “letra que salió como estilete”, que se “enroscó de impotencia y en vez de claridad o emoción letrada produce una jungla de ruidos”.  

Los textos incluidos en el libro, antes de funcionar como una especie de museo, siguen luciendo urgentes y rabiosos. Eso porque está en ellos la conciencia de un presente que no esquivaba el pasado y el peso de un habla hecha de jirones; algo que es, en el fondo,  la vida de un país que no soporta su propia imagen. Para escenificarlo, Pedro Lemebel se quema ahí, en su propia escritura, señalando, por ejemplo, que la banalidad del mal sí podía habitar en el kitsch pinochetista, y que las viejas canciones populares (el sonido de una música AM como la  banda sonora de la memoria) son una llama que incinera todos los tupidos velos y pretensiones de nuestra cultura nacional. No digo nada nuevo con esto, pero hay que recordar la valentía que supusieron sus primeros libros, pues en ellos detallaba cómo una generación completa de homosexuales chilenos fue diezmada por el sida. Lemebel hacía que su escritura fuese el cementerio de ese lenguaje que no volverá jamás, pero que persiste justamente hecho literatura.

Creo, como lector, que nunca dejaré de estar agradecido de esa literatura. Estaba más cerca de la vida y de la realidad de lo que gran parte de los autores de su generación van a estar nunca. Aquello es terrible y triste, pero es así. Roberto Bolaño supo captarlo en su momento, pero la suya es apenas una opinión más. De hecho, a gran parte de los lectores de Lemebel ese comentario bien puede no decirles nada, pues sus libros se saltan cualquier recomendación literaria para encontrarse con el público directamente, sin mediación alguna.

Porque ahora que Lemebel es parte inevitable de nuestro campo literario, perdemos de vista esa condición combustible y volátil, esa inmediatez frágil y demoledora. Un aura peligrosa, que Poco hombre restablece y pone en perspectiva pues, como bien anota Echevarría, en el libro podemos ver el modo en que el autor cruzó los textos donde hablaba de otros para finalmente referirse a sí mismo, haciendo que su lengua fuera única e irrepetible.

Y donde hablaba también de su ciudad: Lemebel iluminó las zonas oscuras de la urbe chilena de un modo nunca antes visto. Recordó las historias que le contaron de oídas, anotó los nombres de homosexuales muertos, habló del incendio de la discoteca Divine, de la casa de Mariana Callejas, del centro de Santiago, de las poblaciones y de los estadios, escribió sobre peladeros y basurales, sobre circos pobres, sobre boîtes a la deriva durante la dictadura. De hecho, cuando Carlos Franz publicó La muralla enterrada, en el año 2001, donde detallaba la tensión entre la ciudad de Santiago y la literatura que se hacía cargo de ella, mucho de lo que decía sonaba añejo o vencido porque el autor de Tengo miedo torero había cambiado el mapa de ese Santiago literario de modo irrevocable. Libros como Loco afán o La esquina es mi corazón estaban descritos desde lo que quedaba fuera del mapa que obsesionaba a Franz, volvían sobre la tradición para increparla, para señalar sus ausencias. Dice Lemebel sobre los cadáveres que recuerda haber visto en la población en la que creció, cerca del Zanjón de la Aguada, la mañana del 12 de septiembre de 1973: “Desde aquel fétido eriazo de mi niñez, sus manos crispadas me saludan con el puño en alto, bajo la luna de negro nácar donde porfiadamente brota su amargo florecer”.

Y es esa ciudad, la de Lemebel, la que ha sobrevivido. Es el mapa de lo que Chile olvidó o desea olvidar. Una condición insobornable la vuelve obligatoria, logra que rebase a cualquier crítica que la canoniza, consiguiendo nuevos lectores y soportando la prueba del tiempo. Sus libros ya llevan más de veinte años con nosotros. Han atravesado los momentos finales de la dictadura cruzando a fuego toda la transición democrática, para iluminar una y otra vez esa sucesión de presentes extraños de los que está hecha la historia de Chile.

Todo aquello hace a Lemebel complejo y enigmático, pero también es lo que define que su obra pueda leerse como consigna. Yo mismo recuerdo haber ido a lecturas suyas en la universidad, en algún bar desaparecido, en una feria del libro en Viña o Santiago. En esas ocasiones, todo parecía un recital de rock o, mejor dicho, esa clase de recitales de rock que nunca tuvimos en Chile. Recuerdo su voz: cuando Lemebel leía había algo que estaba al borde de la iluminación y el despeñadero. Porque él leía como si estuviera a punto de quebrarse en el escenario, de dejar de ser él mismo y volverse translúcido, una sombra pesada que caía sobre el público y lo hacía trizas y lo abrazaba al mismo tiempo. Todo eso está acá en Poco hombre: la lengua, los muertos, la ciudad y esa voz que persiste en sus libros a pesar de que la enfermedad se la haya quitado. Hace un buen tiempo que ha estado acá. Sigue acá. No creo que vaya a irse nunca. 

Grita.

 

El Anciano. Angel Pasos

El anciano PDF Imprimir E-Mail

Contrapunto Ciudadano

http://www.tribunadelbiobio.cl/portal/index.php?option=com_content&task=view&id=7899&Itemid=99

escrito por Angel Pasos   
domingo, 01 de diciembre de 2013

Eran las dos de la tarde de un sábado de noviembre. Yo pasaba el tiempo hojeando libros de segunda mano. Hacía sol, pero la cara se me estaba quedando helada. A esas horas la calle estaba concurrida. Yo tenía en las manos un hermoso libro de dibujos que no podía pagar, cuando oí un gemido a mi espalda. Me volví.

Era un hombre mayor, quizás de ochenta años. Arrastraba una bolsa pesada. Daba pasos muy cortos. Dos pasos pequeños y después se paraba a intentar respirar.

Muy despacio, como un hombre perdido en un desierto que llega a un pozo de agua, se acercó al dependiente de una caseta.

– Perdone – dijo con un hilo de voz-  ¿compra usted libros? y con mucho trabajo le acercó la bolsa unos centímetros hasta sus pies.

– No, yo ya no compro libros – respondió el dependiente-, con esto de la crisis todo el mundo vende libros; estamos saturados.

– Por favor -dijo el viejo-, vengo desde Carabanchel arrastrando esta bolsa. Son buenos libros.

– Pruebe usted en aquella caseta de allí,  – el hombre señaló al final de la calle.

El anciano miró la calle cuesta arriba como el hombre que busca un horizonte oculto detrás de las montañas. Respiró hondo y trató de avanzar. Le vi dar cuatro pasos arrastrando la bolsa, y de nuevo se volvió a parar. Luego dos pasos más. Estaba exhausto. Parecía que iba a derrumbarse. El anciano había conseguido llegar hasta allí, pero ya no podía seguir.

– Perdone, caballero, ¿me permite que le ayude a llevar sus libros?

Doblado por el peso de la bolsa, me miró desde abajo. Tenía unos ojos claros, brillantes; unos ojos alegres impropios de su edad. Parecían lagos llenos de agua.

– Muchas gracias – me respondió bajito.

Le acompañé despacio calle arriba. Me contó que él, hacía muchos años, también fue librero, y que en uno de estos puestos trabajó mucho tiempo.

– Ya ves – me dijo en una de las paradas para que tomara aliento-. Toda la vida trabajando, y ahora, a mi edad, tengo que verme así.

Yo le miraba y pensaba en mi padre, que cuando murió debía tener más o menos su edad. No sé bien porqué, pero pensé que igual se conocieron porque mi padre se pasaba la vida entre estos puestos. Fue como si les viera hablando de libros una mañana cualquiera de invierno. Me imaginé a mi padre, con un par de libros bajo el brazo. Fue como un fogonazo. Sentí un escalofrío.

Pensé que si mi padre viviera podría estar ahora igual que él, pensé en mí mismo el día de mañana, sin futuro, sin dinero, sin familia o amigos. Sin ninguna esperanza ni ayuda, rodeado sólo por mis libros. Pensé en todos nosotros, en nuestra sociedad, en lo que nos habíamos convertido. Sentí una profunda amargura. Ningún anciano debía quedarse solo nunca.

Miré alrededor: la gente seguía con sus vidas ajena a todo esto.

Todo era un sin sentido.

Seguimos caminando calle arriba. Liberado del peso de la bolsa parecía encontrarse algo mejor. El anciano me contó que ahora su casa estaba vacía, que vivía solo, rodeado de un montón de libros viejos que ya no le servían de nada. Pensé en su soledad, pensé en la mía. Pensé en nuestro futuro.

Lo dejé junto a un puesto. Lo último que le oí decir mientras me iba fue:

– Por favor, son buenos libros… Por favor, vengo desde Carabanchel, arrastrando esta bolsa…

Nadie compró sus libros.

 

Ángel Pasos

 

 

ÉRASE QUE SE ERA. RETRATO DE UNA GENERACIÓN.

Érase que se era. Retrato de una generación

Por: Victor Casaus
Agosto del 2006

Este es un disco hecho desde diversas sustancias queridas: la poesía, la memoria, el compromiso, la guitarra, la ética, la amistad, la belleza. Probablemente la maravilla mayor sea que esas categorías de la vida se interrelacionan, se entrelazan, se entremezclan en las músicas, las palabras, las imágenes que lo componen para entregarnos 25 canciones en las que navegan sueños y certezas, propuestas e interrogaciones, alaridos del amor y susurros de las complicidades vividas y por vivir.

El trovador que asume tales responsabilidades lo deja claro y declarado en esa Consagración (de la primavera poética) con que se inicia la obra, firmada con dos apellidos a la altura de marzo de este año: “Érase que se era no es más que mi insistencia en reparar un vacío; un pago más de mi deuda con la acumulación de experiencias que me llevó hasta Días y flores”.

“Por entonces escribía a diario, a un ritmo mayor que mis posibilidades de mostrar lo hecho, así que muchas canciones se me iban quedando sin exponer. Algunas las canté solo una vez, otras nunca”.

Por ello aparecen aquí canciones que han permanecido latiendo para algunos de sus contemporáneos cercanos en esos sitios que la vida llama memoria y la memoria llama, en casos como estos, para entendernos mejor, la vida misma.

De ahí que este sea, también, un disco lleno de vida: de muchos de los componentes inquietantes, contradictorios y formidables de la vida: las iras y los riesgos, las ternuras y las tensiones, las luces y las sombras que, en su mixtura interminable, parecen poner a prueba constantemente al bicho humano que somos: imperfecto, querible, potencializador del amor y capaz de la maravilla de la entrega. Las dedicatorias que anteceden y encaminan los rumbos de ese disco son parte sin duda de esa entrega, de aquella memoria:

A aquellos años provocadores; a la diversidad que nos hizo; a mi soñadora, contradictoria y entrañable generación dedico estos aprendizajes. Lleguen además con infinito amor hasta Adita Santamaría y Noel Nicola, seres rotundamente inolvidables.

Si esta presentación tuviera un esquema o guión previo este sería el momento de abandonarlo, al calor de esas evocaciones tan cercanas por auténticas, tan actuales por vigentes. Y por allí llegarían, llegan, aquellas imágenes de su primer recital público en la salita de Bellas Artes, titulado Teresita y nosotros por sus organizadores, los (entonces) jóvenes poetas de El Caimán Barbudo, en cuyas páginas vivimos y recreamos esas atmósferas que estas canciones nos traen ahora de vuelta, nos han traído siempre de vuelta para (re)confirmarnos en las verdades salvadas y en los valores de aquellos años provocadores que nos hicieron, pues vivirle a la vida su talla tiene que doler, como nos anunciaba, a la altura del año 70 el trovador en la canción dedicada a su soñadora, contradictoria y entrañable generación.

Esa canción abre, por derecho propio, el discurso de este disco que tiene, a su vez, como pocos, el derecho de llamarse disco de autor.

Yo no reniego de lo que me toca,
yo no me arrepiento pues no tengo culpa,
pero hubiera querido poderme jugar
toda la muerte allá, en el pasado,
o toda la vida en el porvenir que no puedo alcanzar.
Y con esto no quiero decir que me pongo a llorar.
Sé que hay que seguir navegando.
Sigan exigiéndome cada vez más,
hasta poder seguir
o reventar.

En su “Rosa náutica” de hoy, Silvio adelanta esta explicación rápida para uno de los textos más desgarradoramente humanos y sinceros de la canción (y la poesía) de la Isla: “Acaso fuera un retrato, entre muchos posibles, de la compulsión moral que significaron aquellos años de Revolución para los jóvenes de entonces”.

Retrato de una generación que, magia del talento y la comunicación transparente, pasa a las siguientes en un acto revelador de esa continuidad creadora que anima, de manera sorprendente y admirable, la obra del trovador. Si sus contemporáneos compartimos abiertamente los temas de sus canciones, también hemos tenido el privilegio de ser testigos de otra maravilla: ver y sentir cómo los textos del trovador son aprendidos –y, sobre todo, aprehendidos— por las generaciones siguientes que también las han incorporado a sus aprendizajes imprescindibles de la vida.

Silvio ha sido, es, en ese sentido, el cronista sistemático y apasionado de su época, a la que ha mirado desde los territorios sabios y riesgosos de la complejidad comprometida. Este disco también da fe de ello, trayéndonos a primer plano, a través de ese rescate que la obra misma supone, los temas que el trovador adelanto –arriesgó— en muchas de sus canciones que hoy conservan actualidad renovada, vigencia esencial.

La memoria forma parte imprescindible de esta obra. Por una parte, por supuesto, la selección misma de las canciones es deuda interna –esta sí pagable— desde la memoria, como lo confiesa el trovador. Por ello las canciones podrían pasar, pasan, como en un caleidoscopio delante de nuestros ojos: los de ayer, los de hoy y, estoy por apostarlo, los de mañana: Fusil contra fusil (la compuse en 1968, en Varadero, después de terminar La era está pariendo un corazón); Todo el mundo tiene su Moncada (menos mal que existen / los que no tienen nada que perder); Terezín, que propone, desde su universalidad, lecturas nuevas en ese mundo de hoy, el de ahora mismo, donde la injusticia y el terror quieren imponer sus designios, sus guerras, a la inmensa Humanidad de los pobres y los excluidos.

“Memoria”, biografía personal y de muchos. Érase que se era es también testimonio de otras guerras: las interiores, en las que han estado inmersas estas canciones durante décadas, luchando a su modo poético y comunicador, para que seamos, todo, “un tilín mejores” y el mundo mismo se proponga ser y sea parte de aquel mejoramiento humano que el poeta mayor definió en sus palabras y en sus acciones hace más de un siglo.

Este disco da fe de la dimensión íntima de algunas de aquellas escaramuzas libradas desde los territorios de búsqueda de la juventud: estados de ánimo que todavía comunican su incertidumbre, su desasosiego, porque no hay recetas ni en aquella ni en ninguna otra generación para esas interrogaciones que pertenecen, probablemente, a las esencias del ser humano.

Hay, también, otras guerras libradas y librándose hoy, desde estas canciones, a favor de la ética, esa otra sustancia querida y necesaria, en el contexto planetario que intenta negarla y en los contextos interiores del hombre y la mujer de nuestros días. Si nos entregó, una década atrás, aquella declaración de principios, vigente y renovada en estos días, en su canción El necio, escrita en el filo de una crisis en la que se anunciaba el fin de la Historia y la cancelación indefinida de la utopía. En este recuento de hoy aparecen, como veremos y oiremos, las raíces de esa actitud ética, comprometida y comprometedora, que ama desde la pasión y el análisis (a veces, incluso, desde la desesperación) aquellas búsquedas que trajeron estas certezas; certezas que, a su vez, deberán ser puestas a prueba por la sabiduría de la poesía y de la gente, en un renuevo incesante que la vida y la Historia anuncian hoy como imprescindible.

De uno en fondo pasábamos por la misma canción (…) Era imposible pasar un solo día sin morir, / sin gritar, sin reír, sin comprender, sin amar. / Qué desastre de gente que no podía estar en paz.

Érase que se era de la forma apasionada que esta canción anuncia y propone. La voz del trovador ha estado aquí durante estos años también para recordarnos que, como en “los tiempos del Coppelia recién inaugurado”, con sus “tertulias con poetas que, además, me convidaban a cantar entre ellos”, siguen teniendo vigencia ciertas verdades construidas entonces a varias manos “posiblemente una noche ebria de chocolate bizcochado”. Una de aquellas verdades arriesgaba que “el mejor (el más revolucionario) no es el que más se calle, sino el que más participa”. La obra toda del trovador ha defendido con su palabra esa verdad compartida, que ahora muestra sus raíces en esta fiesta de la memoria.

Qué desastre de trovador que no puede estar en paz con los convencionalismos, las retóricas, los falsos compromisos y las lentejuelas físicas y mentales. Qué alegría compartir con él, con ustedes, estos momentos, aquellos sueños y los sueños que vendrán mañana, cuando también habrá que “escribir textos dignos de los clásicos, de los rebeldes, de los fundamentales que admirábamos” y admiramos.

Hay otra historia, parte de la Historia mayor, también mostrándose, subterránea y hermosa, en estas canciones: la de la nueva trova cubana, que nació al calor de aquellas búsquedas y fue parte de aquellas batallas libradas desde la autenticidad y el talento. Algunos apuntes de la “Rosa náutica” recuerdan que La canción de la trova fue uno de los primeros clips incorporados al noticiero ICAIC Latinoamericano. Alfredo Guevara y Santiago Álvarez desde el ICAIC y Haydée Santamaría desde la Casa de las Américas apoyaron y defendieron aquella vertiente de la canción cubana, heredera de la trova tradicional pero incomprendida por nueva y sospechosa por compleja, pecados que algunas mentes se resisten a aceptar porque rompen las barreras sagradas de las repeticiones y ponen en peligro los territorios del mal gusto y la banalidad.

Para saldar otras cuentas del cariño, nos dice ahora Silvio, casi cuatro décadas después, el gran Adriano Rodríguez, uno de los trovadores que le inspiró La canción de la trova, “me hace el honor de coronarla con su excepcional segunda voz. Podría decirse que semejante dádiva completa una perfecta vuelta de espiral”.

Si esta presentación tuviera un esquema o guión previo este sería el momento de volver a él para ofrecer las informaciones puntuales y mencionar a los artistas que Silvio convocó para ese viaje a la memoria de todos: Niurka González, acompañadora además de otras travesías igualmente amorosas, los sonidos traídos por Pancho Amat, Maykel Elizarde, Elmer Ferrer, Ariel Sarduy, Oliver Valdés, Ernesto Bravo, y las voces de Kathelee Hernández Curbelo, del Cuarteto Sexto Sentido, y de integrantes del Coro Nacional bajo la dirección de Digna Guerra.

A la imagen fotográfica que nos espera desde la portada del disco, pedida a los archivos siempre sorprendentes de Mayito García Joya, se une también la imagen en movimiento para re-crear, a esta altura del tiempo transcurrido, aquel Epistolario del subdesarrollo, que Silvio hilvanó en los años finales de la década del 60, cuando “un viaje fuera de Cuba era tan inimaginable como remontarse al cosmos. A través del cine, la juventud –nos comenta hoy el trovador desde su “Rosa náutica”– veía el mítico mundo exterior y sus modas, y algunos trataban de imitarlo desde sus escasos recursos. Esta canción habla de jóvenes que no suelen ser vistos como vanguardias de la sociedad; de muchachos para quienes el bienestar no parece proceder de vivir a la altura de su tiempo sino del hedonismo.

Epistolario del subdesarrollo, entre otras cosas, pretende darles voz a seres humanos quizá no tan ejemplares, pero ante quienes toda sociedad deberá rendir cuentas. Jorge Perugorría y Ángel Alderete han realizado el videoclip que integra sus propuestas visuales a las ideas de aquella canción desgarrada y todavía desgarradora hoy, cuando continúa siendo “un desafío manifiesto al llamado primer mundo, aquí representado por Europa”.

Como se ha ido viendo en estas notas apresuradas, Érase que se era integra piezas, elementos, lenguajes para que su autor, Silvio Rodríguez, soñador incansable, nos proponga ideas y nos haga preguntas cuyas respuestas no se encuentran fácilmente, con solo mirar al reverso de la hoja, como sucede en las revistas de acertijos. El talento de Eduardo Moltó, diseñador y artista digital, supo descifrar el sentido del trovador, para entregarnos este objeto de la belleza y el pensamiento que tenemos ya casi en nuestras manos.

Entre las diversas sustancias queridas de que he hablado aquí se encuentra la amistad. Por ello, por ella, navegan a lo largo de las páginas de esa obra las viñetas inconfundibles de otro soñador interminable Roberto Fabelo, anotadas en alguna hoja ya convertida en memoria viva, mientras escuchaba algunos de los temas de este disco.

A partir de estos días, cuando este disco esté llegando a diversas regiones geográficas del planeta, miles de silviófilos que en el mundo son, llegarán a sus sonidos y a sus páginas, para dar continuidad a una forma de la amistad compartida en las distancias y en las cercanías. Ahí se renovarán esos sentimientos que han unido a esas personas con el rastro de inteligencia y de luz que las canciones de si han dejado para muchos de nosotros. Ahí aparecerán nuevos ojos y nuevos oídos para inaugurar amistades inminentes que el tiempo llenará, poco a poco de memoria.

Desde la página central de este disco, el trovador nos mira “con César Vallejo y otros poetas”, una tarde del año 1979, desde el patio de la casa de Guillermo Rodríguez Rivera. La maravilla de la técnica fotográfica, incluso en aquella época preinformática, hizo posible sentar a César Vallejo entre nosotros, con bastón y traje negro, para celebrar la pasión con que aquellos poetas, en una mesa de la heladería Coppelia, habíamos jurado llegar alguna vez hasta su tumba. El primero en hacerlo fue Silvio. Allí en las soledades de un famoso cementerio parisino, le dejó un mensaje que decía:

César

Como una vez nos prometimos hace años, aquí estamos todos ante ti en el primero que llega a tus restos.
Víctor Casaus, Antonio Conte, Guillermo Rodríguez Rivera, Luis Rogelio Nogueras, Raúl Rivero y Silvio Rodríguez.
Cubanos de la Revolución

Paris, 20 de marzo de 1979

Dedico esta presentación de Érase que se era a Luis Rogelio Nogueras y a Noel Nicola, hermanitos del alma para los que siempre se estarán levantando la guitarra, los abrazos y el amor.

La Habana, 4 de agosto de 2006

Palabras de presentación del disco Érase que se era en el Instituto Cubano de amistad con los Pueblos.