Carta a la Adriana Goñi desde Macondo

2009-10-06
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Fesal Chain
especial para G80
Carta a la Adriana Goñi desde Macondo

En algunos diálogos que hemos mantenido por facebook con la Adriana Goñi ella dice: “(…) me ha pasado en tantas ocasiones en que diverges un átomo de lo establecido, petrificado en una memoria a veces utilitaria, que mi volcán vasco-judío se llena de hormonas. Me han segregado por No ser: no ser mapuche, no ser rapanui, no ser proleta, no ser flaca, no ser joven, no ser vieja, no ser virgen…que sólo yo sé en que identidad me ubico. Mi temor es qué pasará con nuestra herencia cuando mi generación vapuleada termine de irse…Me aterra el fantasma de los exiliados republicanos, de los judíos asimilados, de los hombres y mujeres del pueblo que no recuerdan. La instalación del olvido es mi fantasma personal. Y que la muerte de tantos y tantas quizás un día no tenga razón de ser”.

Pensé escribir algunas notas, como manera de respuesta a tan profunda y esencial reflexión, pero, luego pensé que aquella daba para una “Carta a la Adriana Goñi” y una carta desde acá, desde Macondo. Probablemente la generación de la Adriana, una intermedia y la mía, es decir tres generaciones políticas y culturales, la de los 60, la de los 70 y la de los 80, sepan la importancia casi desmesurada de Cien Años de Soledad, no solamente como Novela o “bella prosa” sino como el libro capital, y permíteme Adriana cierta lírica, acaso más importante que ese viejo y terriblemente profundo libro judío-alemán, Das Kapital. Y ciertamente la comparación no es azarosa.

Nota aparte, esto de nombrarte “la” Adriana, me parece más correcto que sólo Adriana. Y es simple como una de mis manos o de las tuyas. Has realizado desde la sinceridad una reflexión que va más allá, lo desees o no, de una reafirmación meramente ideológica. No soy de aquellos que no entienden la ideología, desde la distinción genial de Marx. Ideología como develación de lo aparente e ideología como falsa consciencia. Cuando me refiero a que hay un más allá de la ideología, me refiero justamente que existe un mundo de los hombres y de las mujeres que va más, mucho más y más allá de la develación o de la velación racional y mental del mundo de los fenómenos sociales y de las cosas.

Es la poesía como método de comprensión y conocimiento. No lo meramente bello, lo emocionantemente bello o lo que nos mueve a reír a o a llorar. Eso es, desde una poética compleja sólo la manifestación del fenómeno de la poesía. La manifestación en los hombres y mujeres. Pero emocionar para comprender el mundo es su objeto y objetivo final.

Así que Adriana esta Carta, es con ternura, es con cariño, es con tremendo respeto por tu reflexión , que es sin lugar a dudas , la reflexión de esta estirpe de cien años de soledad de la que formamos parte, irremediablemente, en el dolor, en el sufrimiento y en la alegría de una vida dura.

El primer dato, Adriana, es justamente la primera frase del narrador en Cien Años de Soledad: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

El recuerdo… pero muchísimos años después Adriana, muchísimos, tantos que aquella tarde ya era remota, y el recuerdo, frente a la muerte… Aureliano recuerda el hielo, recuerda a quien lo llevó al pueblo, a los gitanos… Melquíades Adriana, Melquíades…Adriana…

Segundo dato: “Fue Aureliano quien concibió la fórmula que había de defenderlos durante varios meses de las evasiones de la memoria. (…) Un día estaba buscando el pequeño yunque que utilizaba para laminar los metales y no recordó su nombre. Su padre se lo dijo: “tas”. Aureliano escribió el nombre en un papel que pegó con goma en la base del yunquecito: tas. Así estuvo seguro de no olvidarlo en el futuro. No se le ocurrió que fuera aquella la primera manifestación del olvido, porque el objeto tenía un nombre difícil de recordar. Pero pocos días después descubrió que tenía dificultades para recordar casi todas las cosas del laboratorio. Entonces las marcó con el nombre respectivo, de modo que le bastaba con leer la inscripción para identificarlas. Cuando su padre le comunicó la alarma por haber olvidado hasta los hechos mas impresionantes de su niñez, Aureliano le explicó su método, y José Arcadio Buendía lo puso en práctica en toda la casa y más tarde lo impuso a todo el pueblo. Con un hisopo entintado marcó cada cosa con su nombre: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama, cacerola. Fue al corral y marcó los animales y las plantas: vaca, chivo, puerco, gallina, yuca, malanga, guineo. Poco a poco, estudiando las infinitas posibilidades del olvido, se dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad. Entonces fue más explicito. El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestos a luchar contra el olvido: Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche. Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaron los valores de la letra escrita”.

Vivir Adriana, en esta realidad escurridiza siempre día a día, mes a mes, año a año, siglo a siglo, capturada momentáneamente por las palabras. Nuestros padres nos dan las palabras Adriana, el método, pero ¿Acaso ha llegado ese fatídico momento en que la humanidad completa ha olvidado el valor de la letra escrita?

Tercer dato fundamental:
“José Arcadio Segundo no habló mientra no terminó de tomar el café.
-Debían ser como tres mil- murmuró.
-¿Qué?
-Los muertos -aclaró él-. Debían ser todos los que estaban en la estación.
La mujer lo midió con una mirada de lástima. “Aquí no ha habido muertos”, dijo. “Desde los tiempos de tu tío, el coronel, no ha pasado nada en Macondo.” En tres cocinas donde se detuvo José Arcadio Segundo antes de llegar a la casa le dijeron lo mismo: “No hubo muertos”. Pasó por la plazoleta de la estación, y vio las mesas de fritangas amontonadas una encima de otra, y tampoco allí encontró rastro alguno de la masacre.

A Macondo, donde estoy ahora Adriana, fumándome este cigarro y tomándome este café, ha llegado el olvido irremediable, la letra escrita ha perdido todo su valor, mis padres, mis primos mayores me dieron el método y la palabra, pero ya nadie entiende las palabras, ya nadie lee las palabras, ya nadie les da un valor… Melquíades Adriana, Melquíades…

Cuarto dato final, nuestra redención que mata tus miedos y los míos: “Aureliano no había sido más lucido en ningún acto de su vida que cuando olvidó a sus muertos y el dolor de sus muertos y volvió a clavar las puertas y ventanas con las crucetas de Fernanda para no dejarse perturbar por ninguna tentación del mundo, porque entonces sabía que en los pergaminos de Melquíades estaba escrito su destino. Los encontró intactos entre las plantas prehistóricas y los charcos humeantes y los insectos luminosos que habían desterrado del cuarto todo vestigio del paso de los hombres por la tierra, y no tuvo serenidad para sacarlos a la luz, sino que allí mismo, de pie, sin la menor dificultad, como si hubieran estado escritos en castellano, bajo el resplandor deslumbrante del mediodía, empezó a descifrarlos en voz alta. Era la historia de la familia, escrita por Melquíades hasta en sus detalles más triviales, con cien años de anticipación. La había redactado en sánscrito, que era su lengua materna, y había cifrado los versos pares con la clave privada del emperador Augusto, y los impares con claves militares lacedemonias.”

No había sido más lucido que cuando olvido a sus muertos…Qué quiere decir esto Adriana, amiga mía, qué quiere decir…Se me ocurre ahora, con el viento tibio de esta tarde triste y alegre, que hay cierta epifanía en el olvido, en ese olvido del pueblo, que tu angustiosamente con y en tus palabras tratas de detener, de frenar. Si han perdido el valor de esas palabras, si han olvidado las imágenes, las figuras, los hechos, los muertos, entran entonces en un espacio lumínico, donde todas las cosas, los hechos, todas las palabras, todos los muertos, se presentan diáfanos y simultáneamente. Adriana, esto es poesía, pero no es mentira. Que el valor de cambio y el de uso, la ley del valor no responderán jamás a este problema de la vida. Pero sí la poesía, si esta monumental Novela, que no es sino nuestra Biblia, nuestra Torah, nuestro Nuevo Testamento, nuestro Corán…

Hay un pergamino, palabras Adriana, pero en sánscrito, son meros signos, especies de jeroglíficos para un pueblo momentáneamente sin memoria racional, Melquíades, Adriana, Melquíades en el útero…Y es la mamá la que entrega la clave, el padre meramente el método y las palabras, la lengua materna entrega la clave Adriana… Al centro esta la clave materna, a su derecha El Emperador, a su izquierda la Fuerza…

Melquíades, sólo debemos encontrar el pergamino, pero solamente lo encontraremos, justamente después de la pérdida del valor de las palabras, después de todo el olvido de nuestra niñez y de nuestros muertos, después del torbellino. Adriana amiga mía, no temas más, no lo hagas, no sufras sobre el dolor de la vida, porque ella requiere esto: pelotón de fusilamiento, recuerdo, pérdida del valor de las palabras, padre método, olvido de la niñez y de los muertos y un pergamino en lengua materna donde está la verdad y la nueva vida.

Y es que ese pergamino, es el ser de las cosas inmutable, su núcleo sagrado, nunca olvidado, más allá de las palabras y de las ideologías como explicación racional, porque el pergamino Adriana, está presente de verdad, y no es magia, es la marca indeleble a sangre y fuego timbrada en nuestra memoria histórica, como inconsciente colectivo, aunque a veces no esté presente en la petit historia, como conciencia personal y social y en un lenguaje que ya no sirve para desentrañarlo.

Los que nos han hecho sufrir en este tiempo y espacio, como aquellos que han hecho sufrir a otros en su tiempo y espacio a nombre de cualquier ideología racional, van perdiendo la memoria y los dominados de siempre, esta estirpe nuestra, condenada a cien años de soledad va expropiando y acumulando la memoria, como un pergamino en sánscrito, escondido en el cuarto de Melquíades, por donde por los siglos de los siglos, no pisará pie humano y en donde crecerán plantas prehistóricas y luminosas y salvajes criaturas. Debemos pasar por la vida con sus sufrimientos y dolores, con sus palabras muertas y olvidos para llegar a la vida verdadera, a la Jerusalén prometida, como novia engalanada.

Siempre tuyo Melquíades, Adriana, Melquíades…

Fesal Chain
Poeta, narrador y sociólogo

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70 años con mi memoria a cuestas.

70 AÑOS DE MEMORIA
Adriana Goñi
20 julio 2015

Vivir largos años es haber sido testigo y protagonista de cambios profundos en todos los aspectos de nuestras vidas. Es haber pasado de espacios privados y públicos donde nuestros derechos y libertades eran restringidos y escasos a vivir otros en que nuestras voces se expresan con la fuerza enorme de lo colectivo y es haber transitado desde lo doméstico a lo público modificándose los roles que la sociedad nos impuso un día a los roles que por opción hemos hecho nuestros.

NACÍ EN LO MÁS PROFUNDO DEL INVIERNO DE 1944, cuando  agonizaba en Europa  la II Guerra Mundial y en Chile gobernaba Juan Antonio Ríos, presidente cuyo nombre solo me suena a alguna calle de mi país.

Vista de la calle Juan Antonio Ríos, rodeada de edificios de departamentos, hacia 1960

Vista de la calle Juan Antonio R,1960.

Hoy no puedo usar mi apellido vasco porque de alguna manera me robaron la Ñ…
Gabriel González Videla, (cuando yo era una niñita de dos años, Papá,Mamá y yo. Feb 1946 (1 año 9 mesesmi padre que fue marino estudiaba derecho y era Secretario de la Juventud Conservadora y mi abuelo era, o iría a ser, General de la República ) se transforma en el presidente radical, que según aparece en textos de la librería del Congreso de estados Unidos incorporó a liberales en su gabinete, junto con los radicales y los comunistas, el brebaje ministerial más exótico que los chilenos habían visto en su vida, perseguía, encarcelaba y torturaba a los miembros del Partido Comunista de Chile.

Hoy veo en  TVN  a jovenes comunistas en la bancada parlamentaria ; veo homenajes en la CNN al desembarco en Normandía y recuerdos de los campos de concentración nazi en el History Channel   y a un presidente de USA de raza negra, cuando aún recuerdo a un Martin Luther King, un Malcom X asesinados…
Vi a mis 15 años a Fidel entrar triunfante en La Habana,

también lo vi en Washington ante el monumento a Lincoln.. y hoy aparece en las pantallas de TV como un abuelo sabio, flaco, sonriendo y reflexionando…y este 20 de julio se abre la Embajada de Cuba en USA…http://http://edition.cnn.com/videos/spanish/2015/07/20/cnnee-vo-cuba-flag-new-embassy-in-washington.cnn
Vi llegar al Hombre a la Luna, morir a seres humanos por VIH, viví la dictadura de Pinochet y la de Videla. Viví detención y exilio, fracturas familiares, perdí amigos, compañeros, profesores y colegas; renací mil veces y formé parte de cientos de comunidades, redes y colectivos.


Hoy veo en televisión morir cientos de personas en el Mediterráneo, veo en la TV por cable españoles añorando a Franco, veo Vietnam dividido en dos países, veo a Corea del Norte y otra del Sur y veo documentales que muestran países que cuando nací no existían .
Hoy converso con mi madre nonagenaria en las redes sociales y con mis nietos y nietas intercambiamos en línea vía whatsapp imágenes de gatos, tatuajes, memes y emoticones; hoy converso por Internet con amigas que viven en Nepal; con amigas mapuche en Holanda; hoy veo a los amigos de mi padre en la FIFA encarcelados; Juan Goñi S , Joao Havelange y Príncipe Faisal. 1978hoy padezco una enfermedad que solo se conoció en los años 90 y mi cuerpo es portador de placas de titanio…Fibromialgia, enfermedad invisible
Escucho hablar a un Papa argentino en Bolivia – un día supe que el Che moría allí en la guerrilla- y Bolivia aún no tiene acceso soberano al Mar…
Nació en mi tiempo de vida el MIR en Chile y a 50 años de su nacimiento – con sus militantes muertos y recordados solo por otros militantes – desapareció del imaginario colectivo de mi país después de haber abierto a miles de pobres del campo y la ciudad un camino diferente para tomar el cielo por asalto.

Memorial del MIR en Villa Grimaldi, 2008

Memorial del MIR en Villa Grimaldi, 2008

Yo que un día excavé en un sitio donde el hombre vivió hace 35.000 años,  Monte Verde, Chile, hoy investigo cómo se relacionan los seres humanos en la ciber sociedad y cómo las pantallas luminosas de distintos dispositivos condicionan nuestras vidas.

Logo dedo Dios y mecanicoo

Y asílo viví yo, y todo forma parte de la maravillosa experiencia de haber sido testigo presencial y  en ocasiones protagonista de  sucesos que cambiaron el mundo en los dos siglos que me vieron nacer, crecer, y envejecer .

La verdad es que sí, estoy mal cuando te digo estoy bien…

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Así lo vivo yo…en un día bueno

Fibromialgia fot sintomas neblina mental Adriana selfi editada transparenteAdriana. Los Años NegrosAdriana. Los Años NegrosAdriana. Los Años Negros1 No estará tan mal cuando hace no se qué…
Esta es una frase demoledora a la que hay que enfrentarse en numerosas ocasiones.

Por qué hago no se qué, o por qué hacen no se qué personas con fibromialgia?
Muy sencillo, huida hacia delante es como yo lo llamo.

Una huida hacia delante consiste en aguantar el chaparrón y hacer cosas para sentirse vivo.
Una huida hacia delante es ponerse la ropa, calzarse y caminar como puedas para no quedarse atrás.
Una huida hacia delante es intentar olvidar el dolor y hacer cosas por la gente que te quiere.

VIVIR CON DOLOR ES MEJOR QUE NO VIVIR.

Y claro que hay cosas que hago mejor y con más ganas que otras, pues como todo el mundo, pero con alguna diferencia;
Imagina que te despiertas en tu día libre con un medio resfriado. Con ese que te produce destemplanza, dolor de huesos, dolorcillo de cabeza… Lo único que te apetece es irte al sofá, tumbarte con una buena manta, poner cualquier canal en la televisión y mirarla sin verla.
Para ese día tenias planes;
– Organizar la ropa de verano.
– Salir a mediodía a tomar algo con un buen amig@ que hace mucho que no ves.
– Limpiar el coche
– Ir a comprar el nuevo álbum de uno de tus grupos favoritos.
– Ir al supermercado a hacer la compra.

Te metes un par de pastillas analgésicas para que te ayuden un poco y poder hacer algo de lo que habías planeado.
Lo que más te sigue apeteciendo y lo que te pide el cuerpo es meterte en el sofá, pero es tu día libre y lo has estado esperando con muchas ganas, no quieres perderlo en el sofá.
Puuuf, pero estas mal, casi no puedes.
Al final decides intentar olvidarte del malestar y hacer algo de lo planeado.
Qué harías? Sólo las obligaciones? Sólo las devociones? Una de cada?
Pasas de organizar la ropa y te tiras a la calle a ver a tu amig@.
Para eso no estás mal? Aaaaaaa, para la ropa si, pero para eso no!? Estás mal para lo que te interesa?! Eres un caradura?

Pues imagina que te despiertas así prácticamente cada día, y cada día debes lidiar con decidir que partes de tus planes llevarás a cabo.
Por ti, por tu familia, por la sociedad, etc…muchísimos días sólo harás la parte de las obligaciones.

Con ese malestar diario, quién aguanta haciendo cosas que no le gustan o no son sus favoritas durante mucho tiempo?
Yo creo que nadie.

Que fácil es juzgar sin saber y hablar por hablar.

“Poco hombre”…Lemebel y el grito.

miércoles 30 de octubre de 2013

Lemebel y el grito

Poco hombre es una antología de las crónicas escritas por Pedro Lemebel durante más de 20 años, que se lanza este fin de semana en la Feria del Libro. Lejos de funcionar como una especie de museo, los textos recopilados aquí siguen luciendo urgentes y rabiosos.

Lemebel iluminó las zonas oscuras de la urbe chilena de un modo nunca antes visto. Recordó las historias que le contaron de oídas, anotó los nombres de homosexuales muertos, habló del incendio de la discoteca Divine, escribió sobre peladeros y basurales, sobre circos pobres, sobre boîtes a la deriva durante la dictadura.

Ahora que han pasado casi treinta años desde que leyó en público sus primeros textos, ahora que ya es parte de nuestro paisaje literario de modo imborrable, ahora que ya todo ha cambiado; vale la pena recordar que los libros y las crónicas de Pedro Lemebel estuvieron ahí para nosotros cuando había poco y nada. Por lo menos, fue así para mí. Lemebel era uno de los antídotos a muchas de las cosas que mis profesores enseñaban con una fe ciega que en realidad era una máscara de la ignorancia, a los lugares comunes que vendían los suplementos culturales, a lo que yo mismo creía que debía ser la literatura. Lemebel era la guerrilla, la calle, una poesía hecha de escombros y restos, de canciones perdidas, de las imágenes de ídolos musicales recortados de viejas revistas de las que nadie se acordaba, pero que estaba indudablemente viva.

Llego a esa conclusión después de leer Poco hombre, los textos que el crítico español Ignacio Echevarría recopiló y tramó como suma de su universo narrativo para Ediciones UDP: la marginalidad, la homosexualidad, las grietas de la vida política chilena, la ciudad y, sobre todo, la lengua, que Lemebel describe como una “letra que salió como estilete”, que se “enroscó de impotencia y en vez de claridad o emoción letrada produce una jungla de ruidos”.  

Los textos incluidos en el libro, antes de funcionar como una especie de museo, siguen luciendo urgentes y rabiosos. Eso porque está en ellos la conciencia de un presente que no esquivaba el pasado y el peso de un habla hecha de jirones; algo que es, en el fondo,  la vida de un país que no soporta su propia imagen. Para escenificarlo, Pedro Lemebel se quema ahí, en su propia escritura, señalando, por ejemplo, que la banalidad del mal sí podía habitar en el kitsch pinochetista, y que las viejas canciones populares (el sonido de una música AM como la  banda sonora de la memoria) son una llama que incinera todos los tupidos velos y pretensiones de nuestra cultura nacional. No digo nada nuevo con esto, pero hay que recordar la valentía que supusieron sus primeros libros, pues en ellos detallaba cómo una generación completa de homosexuales chilenos fue diezmada por el sida. Lemebel hacía que su escritura fuese el cementerio de ese lenguaje que no volverá jamás, pero que persiste justamente hecho literatura.

Creo, como lector, que nunca dejaré de estar agradecido de esa literatura. Estaba más cerca de la vida y de la realidad de lo que gran parte de los autores de su generación van a estar nunca. Aquello es terrible y triste, pero es así. Roberto Bolaño supo captarlo en su momento, pero la suya es apenas una opinión más. De hecho, a gran parte de los lectores de Lemebel ese comentario bien puede no decirles nada, pues sus libros se saltan cualquier recomendación literaria para encontrarse con el público directamente, sin mediación alguna.

Porque ahora que Lemebel es parte inevitable de nuestro campo literario, perdemos de vista esa condición combustible y volátil, esa inmediatez frágil y demoledora. Un aura peligrosa, que Poco hombre restablece y pone en perspectiva pues, como bien anota Echevarría, en el libro podemos ver el modo en que el autor cruzó los textos donde hablaba de otros para finalmente referirse a sí mismo, haciendo que su lengua fuera única e irrepetible.

Y donde hablaba también de su ciudad: Lemebel iluminó las zonas oscuras de la urbe chilena de un modo nunca antes visto. Recordó las historias que le contaron de oídas, anotó los nombres de homosexuales muertos, habló del incendio de la discoteca Divine, de la casa de Mariana Callejas, del centro de Santiago, de las poblaciones y de los estadios, escribió sobre peladeros y basurales, sobre circos pobres, sobre boîtes a la deriva durante la dictadura. De hecho, cuando Carlos Franz publicó La muralla enterrada, en el año 2001, donde detallaba la tensión entre la ciudad de Santiago y la literatura que se hacía cargo de ella, mucho de lo que decía sonaba añejo o vencido porque el autor de Tengo miedo torero había cambiado el mapa de ese Santiago literario de modo irrevocable. Libros como Loco afán o La esquina es mi corazón estaban descritos desde lo que quedaba fuera del mapa que obsesionaba a Franz, volvían sobre la tradición para increparla, para señalar sus ausencias. Dice Lemebel sobre los cadáveres que recuerda haber visto en la población en la que creció, cerca del Zanjón de la Aguada, la mañana del 12 de septiembre de 1973: “Desde aquel fétido eriazo de mi niñez, sus manos crispadas me saludan con el puño en alto, bajo la luna de negro nácar donde porfiadamente brota su amargo florecer”.

Y es esa ciudad, la de Lemebel, la que ha sobrevivido. Es el mapa de lo que Chile olvidó o desea olvidar. Una condición insobornable la vuelve obligatoria, logra que rebase a cualquier crítica que la canoniza, consiguiendo nuevos lectores y soportando la prueba del tiempo. Sus libros ya llevan más de veinte años con nosotros. Han atravesado los momentos finales de la dictadura cruzando a fuego toda la transición democrática, para iluminar una y otra vez esa sucesión de presentes extraños de los que está hecha la historia de Chile.

Todo aquello hace a Lemebel complejo y enigmático, pero también es lo que define que su obra pueda leerse como consigna. Yo mismo recuerdo haber ido a lecturas suyas en la universidad, en algún bar desaparecido, en una feria del libro en Viña o Santiago. En esas ocasiones, todo parecía un recital de rock o, mejor dicho, esa clase de recitales de rock que nunca tuvimos en Chile. Recuerdo su voz: cuando Lemebel leía había algo que estaba al borde de la iluminación y el despeñadero. Porque él leía como si estuviera a punto de quebrarse en el escenario, de dejar de ser él mismo y volverse translúcido, una sombra pesada que caía sobre el público y lo hacía trizas y lo abrazaba al mismo tiempo. Todo eso está acá en Poco hombre: la lengua, los muertos, la ciudad y esa voz que persiste en sus libros a pesar de que la enfermedad se la haya quitado. Hace un buen tiempo que ha estado acá. Sigue acá. No creo que vaya a irse nunca. 

Grita.